Hecho a tu medida

Capítulo 5: Hilván

Lucky estaba trabajando en la pequeña mesa que le servía a modo de comedor y estación de trabajo. Del maniquí medio derrumbado que había logrado comprar en los mercados de pulgas colgaba un vestido.

Rosa eléctrico.

Iluminaba el departamento mejor que los pocos focos encendidos.

Había trabajado en ese vestido por el último año. Con esfuerzo y, aunque le doliera admitirlo, con la ayuda de Máxime había logrado comprar el tafetán y la seda.

Fue su proyecto final en el Institute. Una de las últimas piezas originales que Lucky había sido capaz de costear antes del cataclismo, como le gustaba llamar a la pelea que había separado definitivamente el camino de Máxime y el suyo.

Hubo opiniones divididas entre sus profesores. Algunos admiraban el riesgo de las costuras, la forma antinatural en que desafiaban la creatividad. Otros habían considerado que el trabajo de Lucky era demasiado temperamental.

Caprichos de un omega.

Lucky se había empecinado.

Y lo que había comenzado como una tarea académica más, se había convertido en la obsesión de los días vacíos. Revisó sus notas nuevamente y frunció el ceño. Tenía una imágen tan clara en su mente que casi podía tocarla. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, de repetición tras repetición, no lograba que ese vestido se sintiera terminado.

Tomó un alfiler para probar otra posición del escote. Revisó el boceto que tenía sobre la mesa. Y, distraído, se pinchó el dedo.

El dolor fue súbito e intenso.

Una gotita de sangre brilló en su mano mientras Lucky tomaba un retazo de tela que tenía sobre la mesa y lo envolvía molesto. Miró el dedo vendado, la sangre apenas manchando la tela blanca, y su mente viajó, a la velocidad de la luz, a otra noche frente a su vestido rosa.

Lucky había estado trabajando hasta tarde en ese departamento pequeño y húmedo que había compartido con Máxime. Años de noches y días compartidos habían suavizado ese lugar que Lucky había considerado su hogar. Sobre la mesa del pequeño estudio descansaban los bocetos de ambos. Los de Máxime —fríos, en grafito y negro— estaban en un orden quirúrgico; los de Lucky eran un grito de seda y crayón.

El abrigo negro de Máxime colgaba del solterón destartalado que tenían junto a la puerta y sobre la mesa de café, con la que Máxime siempre se tropezaba, varios portaretratos de plástico daban la bienvenida.

Máxime y Lu sonreían con el sol detrás desde una playa tranquila.

Máxime rodeaba a Lu con el brazo mientras él se reía girando el rostro para besar al alfa.

Máxime con un premio en la mano, la mirada de arrogancia brillando en sus rostro. Lu, orgulloso, sosteniendo la otra.

Ambos en un carnaval que habían visitado. Lu con el rostro lleno de algodón de azúcar, Máxime rodeándole los hombros. Apretando, pegándolo a él con una sonrisa con dientes.

Retazos de una historia que habían cosido juntos.

Lucky se inclinaba sobre el maniquí, probando la caída de una tela. En su mente, la visión del vestido recién nacido ardía . Con prisa, acomodó el doblez por quinta vez.

Entonces lo sintió.

El aroma que tanto amaba, el cuero caliente y el tabaco seco, le llegó un microsegundo antes que las manos que se cerraron sobre las suyas. Trató de apartar las manos para seguir trabajando, pero Máxime entrelazó sus dedos con las suyas.

Lucky sonrió, aún sin soltar la tela que tenía en las manos.

—Suéltalo, petit —dijo Máxime, abriendo los dedos de Lucky y dejando que la tela resbalará a sus pies —. Estás temblando y vas a arruinar la seda.

Lu amaba el calor del cuerpo más grande. Sintió como ese nudo que llevaba siempre en el pecho se aflojaba. Sin pensarlo, se apoyó contra el pecho firme.

Máxime.

El choque feromonal fue tan intenso que Lu tuvo que cerrar los ojos para no marearse. Las orejitas omegas, que habían estado rígidas, atentas, se dejaron caer a los lados. Un suspiro se quedó colgando de sus labios cuando Máxime bajó sus manos entrelazadas y rodeó a Lucky con los brazos.

—Solo… —Máxime le apartó el cabello del cuello y pegó el rostro a su piel. Buscaba el olor de Lu con la misma ansia que el omega sentía— un segundo más, Máxime. El drapeado no cae como quiero.

Los labios de Máxime empezaron el viaje a su cuello. Besaba detrás de su oreja, con dientes y labios que dejaban la piel de Lu ardiendo. Lucky se revolvía, con la mano del alfa apretando su cintura. Dejaban marcas rojizas que se volverían púrpuras con los días.

Máxime decía que amaba lo delicada que era la piel de Lucky. Un lienzo en blanco en donde dejar su huella.

Lucky también adoraba verse al espejo y trazar con sus dedos las marcas que Máxime dejaba. Aún no tenía la marca definitiva.

Eso vendría después. Con el matrimonio. Con el compromiso de una vida juntos. Pero esos pequeños retazos de pertenencia lo hacían soñar en un futuro.

Uno donde Máxime fuera su alfa de verdad.

Para siempre.

—Si no ajusto el peso en la cadera, el movimiento se pierde —dijo Lucky.

La parte racional de él, el diseñador que tenía que entregar ese vestido en unos días, trató de apartarse de Máxime. Tenía poco tiempo y su nota final dependía de ello. Su graduación dependía de lograrlo.

Dio un paso suave alejándose del alfa.

—Lo que se pierde es tu tiempo. —dijo Máxime, tomando a Lu de la cintura y girándolo hasta tenerlo frente a él— He dicho que lo sueltes. Mírame.

Con la mano libre, el alfa enganchó el mentón de Lu, obligándolo a subir el rostro. No fue un gesto delicado; fue un anclaje. La presión de su pulgar en el labio inferior de Lucky le impidió protestar, convirtiendo su boca en una invitación muda.

Las rodillas de Lucky temblaron al sentir la mirada intensa. Los ojos de Máxime estaban oscuros, velados por una capa de deseo que Lu podría haber reconocido aunque no sintiera el aura íntima de Máxime rebotando contra las paredes.




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