
Ese día se aseguró de llegar temprano. Había llegado 20 minutos antes, pero no quiso entrar demasiado temprano y parecer ansioso.
Aunque ya lo estaba: las manos le sudaban con un desagrado creciente. No podía creerlo. No sólo porque no había dormido en toda la noche, sino porque, de verdad, ese día empezaba su pasantía.
Frente de Vairel una pequeña plaza, uno de esos lugares encantadores con adoquines y banquitos de piedra, acogía a las palomas y a cualquiera que quisiese resguardarse del frío.
Ahí estaba Lucky, mirando su reloj de tanto en tanto y observando con atención a los que entraban al edificio.Para cada uno de esos desconocidos este era un día más, un lunes común y corriente, que vendría y se iría sin pena ni gloria.
Para él era el principio de su propia historia.
Marie, su madre por elección y ternura, solía decirle que el destino obraba de maneras misteriosas. Lucky nunca le creyó de verdad.No veía qué clase de razón pudo haber tenido el destino para darle esa infancia de mierda, pero ese lunes sentía algo en su interior: una vibración, un eco que retumbaba.
Eran las 8:50, así que Lucky se puso de pie.
Jugaba distraídamente con la trenza de un cobre profundo que siempre llevaba hecha para apartarse el cabello del rostro, cuando su celular vibró. Le echó un vistazo rápido a la pantalla:

Sonrió y guardó el celular en el bolsillo de su abrigo con cuidado.
Se imaginó a Thomas cambiándose al overol de trabajo en el taller de mecánica y a Didi ordenando todo en la tienda antes de abrir, seguramente con un café gigante junto a él y bostezando sin parar. Los dos ocupados y, aun así, listos para darle ánimos.
Qué suerte tengo—pensó Lucky.
Las orejas se relajaron apenas, cayendo en un ángulo más suave, como si ese pequeño gesto de compañía hubiera aflojado algo en su pecho.
El chico omega de la recepción, que se llamaba Armand, le indicó con un gesto apurado dónde estaba el taller.
Segundo piso.
Cuando entró, Claire y Émile ya estaban allí, esperando a que todos los pasantes llegasen para empezar.
—Buenos días, Monsieur Clairvaux —saludó Claire extendiendo la mano y dándole un suave apretón— Bienvenido a Maison Vairel. No habíamos tenido oportunidad de vernos después de la entrevista, pero estamos muy felices de que esté aquí .
—Yo también —sonrío Lucky observando el taller. —Estoy muy feliz de estar aquí. De verdad.
Émile le dio una leve inclinación de cabeza y un apretón de manos breve. El bigote perfectamente cuidado, la cinta métrica ya al cuello.
Lucky entró al atelier sin poder contener un suspiro de asombro. Era maravilloso.
Por un instante, sintió que ese lugar podía ser suyo también.
Los grandes ventanales que daban al patio interior de Maison Vairel, cubiertos apenas por cortinas de lino blanco, dejaban entrar una cascada de luz que iluminaba las ocho mesas de corte distribuidas a lo largo del taller.
Sintió algunas miradas detenerse un segundo más de lo necesario en sus orejas omega.
Curiosidad, cálculo, una atención que no todos recibían.
—¿Cómo se siente? —preguntó Claire, haciéndole señas para que la siguiera— ¿Está listo para su primer día? —le dio una leve palmadita en el hombro— Esta es su mesa de trabajo.
—Listo. Nervioso. Pero definitivamente listo —sonrió, ladeando apenas la cabeza.
Claire lo dejó allí, frente a su estación.
Bajo una de las ventanas estaba la mesa de madera clara. En pequeños compartimentos, todo perfectamente ordenado, estaba lo necesario para materializar su sueño más loco: tijeras afiladas pero de una precisión quirúrgica —perfectas para cortar las telas más delicadas— una cinta métrica nueva enrollada, muselina para las pruebas de prendas, carretes de hilos de diversos colores y, finalmente, justo frente a él, un cuaderno de bocetos con el logo de Vairel.

Lucky lo tomó, sintiendo el peso del papel grueso, y pasó los dedos suavemente sobre la portada. Sentía el relieve de la inscripción y, justo debajo, su nombre: Lucky Clairvaux.
Era la primera vez que veía esas cuatro palabras juntas: su nombre y Vairel.
—Van Leuven.
Lucky se quedó helado, plantado frente a su mesa.
—No sabía que estarías aquí.
No necesitó girarse para saber quién era.
Reconoció la voz al instante porque la había escuchado todos los días durante tres años en el Institut y en el pequeño departamento que alguna vez compartieron en París. La había esuchado en susurros entre sábanas blancas, en risas en cafecitos de medio pelo y a gritos, cuando el amor de Lucky nunca era suficiente para ganar.
Máxime estaba allí.
Y su olor también.
El aura de Máxime se adelantó unos pasos: densa, seca, con una nota metálica que recordaba al sudor limpio después del ejercicio y a algo amargo, como cuero caliente. No era desagradable, pero ocupaba espacio.
Demasiado familiar.
EL cuerpo de Lu reaccionó antes de que su mente pudiera recordarle por qué debía odiarlo.
Lucky tensó la mandíbula sin darse cuenta. Las orejas se erizaron primero, traicioneras, antes de que lograra obligarlas a bajar. Su propio aroma se volvió más frío, más contenido, como siempre hacía cuando no quería ser leído.
Máxime estaba más grande que la última vez que lo había visto hace meses. Más ancho de hombros, más sólido. Ocupaba el espacio con naturalidad, como si el taller hubiera sido diseñado pensando en cuerpos como el suyo. Era un alfa en toda forma.