Hecho a tu medida

Capítulo 7: Estudio de caída

Clasificaban telas en un silencio que se sentía como una cápsula. Lucky, con los audífonos puestos pero sin música, estaba absorto en las diferentes texturas, como si ese pequeño universo fuera lo único que existía para él.

Las orejas omega permanecían erguidas pero relajadas, orientadas hacia adelante, inmóviles, como si todo su cuerpo se hubiera alineado con la tela.

Amaba el tacto de los hilos, la forma en que los patrones se encontraban con las yemas de sus dedos y cómo la luz se reflejaba diferente en cada hebra. Era como si le hablaran en susurros, cómplices en un diálogo: una conversación secreta que no quería compartir con nadie más.

Y cuando eso pasaba, Lucky no tenía más remedio que hacer realidad lo que le pedían:

un vestido con un volumen imposible, una blusa sin espalda, un pantalón ancho y fluido.

Claire interrumpió el silencio para explicarles su primera tarea de esa mañana.

—El taller funciona como un solo cuerpo. Aquí ayudarse no es una cortesía: es una obligación. Hoy haremos un ejercicio simple pero esencial: el drapeado de una muselina sobre un busto de sastre. Harán una falda con estas direcciones —dijo, señalando los bustos distribuidos alrededor del taller—. Lo haremos en pequeños equipos. Queremos ver cómo miran la tela, cómo la sienten.

—No importa si lo han hecho mil veces. Aquí todo se vuelve a aprender. La tela no miente y tampoco lo hace la forma en que la tocan —indicó Émile mientras distribuía los equipos— Lucky, Nadine y Léonie trabajarán aquí. Máxime y Élian, vengan para acá.

El diseño de la falda que les habían dado era de línea evasé, con pliegues profundos que nacían en la cintura y caían hacia el suelo. Estaban pensados para crear un volumen suave sin perder la fluidez de la tela, como si flotara alrededor del cuerpo.

El reto estaba en esos pliegues: la transición de la cintura al bajo debía ser perfecta para que la tela no pareciera forzada o arrugada. El más mínimo error en la caída rompería la armonía y haría que la falda pareciera torcida o rígida.

Lucky llevó la muselina en los brazos y su tijera. Léonie, algunos alfileres, y Nadine estaba ya de pie frente al busto que se les había asignado. A unos pasos, Máxime y Elián ya acomodaban los materiales en la mesa más cercana.

Lucky observó a sus compañeras y se hizo una promesa: daría lo mejor de sí. Bien sabía que no jugaba bien en equipo y que muchas veces podía ser... imprudente.

—Recuerden: la muselina no es solo un lienzo. Es la voz de la prenda antes de existir. Déjenla hablar —instruyó Claire caminando alrededor.

Se detuvo a observar a Nadine, que ya estaba acomodando la muselina sobre el busto con los brazos cruzados y una mirada crítica, como si ya supiera lo que debía hacerse y estuviera esperando que el resto la siguiera— Léonie, ayúdala a fijar los pliegues antes de que se pierdan.

Lucky las observaba, pasándoles alfileres cuando los necesitaban, un poco detrás de ellas. Nadine apenas lo miraba; parecía asumir que ya tenía el control de la pieza. Léonie, en cambio, le lanzaba alguna que otra mirada rápida, como si dudara en hablar.

Lucky sintió cómo una de sus orejas giraba apenas hacia atrás, atenta a algo que no se estaba diciendo.

A los omegas se les enseñaba desde pequeños a controlar eso. Las orejas debían quedarse quietas, elegantes, obedientes: parte del decoro que se esperaba de ellos.

Lucky nunca lo había conseguido del todo.

Las suyas siempre terminaban delatándolo antes que sus palabras.

Trabajaron en silencio durante algunos minutos, con Lucky intentando ayudar sin interferir. Y entonces, lo vio.

La tela estaba mal colocada.

Si Nadine seguía haciendo pliegues sin enderezarla primero, la caída se arruinaría.

—No me gusta que quede tan suelta en la base. Léonie, ¿ves este exceso? —preguntó la chica.

—Sí... pero creo que la caída tiene sentido —contestó la rubia, sin sonar muy convencida, tocando la tela suavemente, como si esperara que la tela respondiera por ella.

Lucky se mordió el labio mientras le pasaba otro alfiler a Nadine.

No, ese no era el problema. Estaban apretando demasiado. La tela no resistiría tanta presión y terminaría rompiéndose.

—Si la tensan demasiado, va a perder la fluidez —dijo Lucky, en voz baja, acercándose al busto.

—¿Ah, sí? ¿Y tú lo sabes hacer mejor? —le increpó la chica sin mirarlo a la cara.

—No intento corregirte. Solo... la tela ya lo está diciendo—contestó Lucky, tocando los pliegues de la cintura—. Mira, aquí se nota la tensión. Tal vez podríamos quitar algunos pliegues o ampliarlos.

Léonie lo miró un segundo más de lo necesario. Lucky sintió el impulso antes de pensarlo: las orejas se le alzaron apenas, traicionándolo. Bajó la cabeza de inmediato, fingiendo concentrarse en la muselina.

—Perdón —dijo ella enseguida—. No quise incomodarte.

Lucky negó con la cabeza.

—No pasa nada.

Léonie dudó, como si estuviera midiendo si seguir o no. Al final habló, en voz más baja, casi confidencial.

—Es solo que... no conozco muchos omegas. Como tú.

Lucky levantó la vista, alerta.

—¿Como yo?

—Sí. —Hizo un gesto vago, señalándolo entero, no solo las orejas—. Así.

Se encogió un poco de hombros.

—Siempre me han parecido... muy lindos.

La palabra cayó entre ellos con una suavidad incómoda. Lucky apretó los dedos alrededor de la cajita de alfileres.

Lindos.

No fuertes.

No capaces.

No talentosos.

Lindos, como algo que se mira y se protege, como algo que no muerde.

—La gente suele pensar que eso significa que son dóciles —añadió Léonie, sin mirarlo del todo—. O suaves. Como si fueran... fáciles de llevar.




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