Hecho a tu medida

Capítulo 9: Corte al Bies

Lucky estaba trabajando en silencio, aunque a través de los audífonos que llevaba puestos, Chris Martins cantaba sobre el poder del tiempo y el arrepentimeinto.

Am I a part of the cure? Or am I a part of the disease ?

Sus dedos hábiles cocían los pliegues del vestido que tenía en el maniquí. Enhebraba el hilo con la facilidad que le daban horas de experiencia. Pero su mente.... su mente no estaba allí esa tarde de noviembre.

Sus pensamientos seguían prendados del olor profundo y dulce que había percicbido en el ascensor. Era whsisky y pimienta, y en el fondo begramota y vainilla. Como un arma de fuego envuelta en terciopelo.

Lista para disparar a quemarropa.

Algo en el fondo de Lucky reaccionaba a ese aroma como si hubieran encendido una bengala en sus costillas. Su corazón daba vuelcos como acrobata, mientras Lucky imaginaba esos ojos verdes clavados en él.

Las orejitas, como si comprendieran sus ansías aún antes que él mismo, se erizaron, satisfechas.

Y entonces, sin previo aviso, la puerta del taller se abrió con un susurro apenas audible que, sin embargo, partió el ambiente como una cuchilla.. Los pasos que siguieron no eran apresurados ni ruidosos, pero su sola presencia hizo que el aire pareciera tensarse al instante.

Todos en ese pequeño cosmos quedaron absortos al ver entrar a los recién llegados: impecables, ni un cabello fuera de lugar, la presencia de quienes saben que ya han ganado.

No caminaban: se imponían.

—Buenos días, Marianne. Jean-Luc —saludó Claire, acercándose con una sonrisa medida pero sincera— ¡Qué bueno verlos por aquí!

Marianne Toussaint, diseñadora principal, y Jean-Luc Béry, director creativo de Maison Vairel, estaban ahí.

Su mera presencia envió una ola de inquietud, como si un tsunami se acercara a la orilla, derribando todo a su paso.

Ellos dos eran el alma de Vairel. Su visión, sus sueños, sus deseos: todo se plasmaba en cada colección. Era su batuta la que marcaba el ritmo de cada puntada.

Acérrimos defensores de la elegancia sin pretensión y de la tradición anclada a la limpieza de líneas y patrones, eran conocidos por el lujo silencioso de sus prendas. Habían estado al frente del departamento de creación y diseño ya por veinte años, y no había quien objetara sus métodos.

Reinaban sobre su pequeño imperio con mano de hierro.

—Nos alegra verlos. Estábamos revisando el ejercicio de drapeado —indicó Émile cruzando los brazos, sin bajar la cabeza pero con respeto.

—¿Y? ¿Algo que valga la pena? —preguntó Marianne, mirando alrededor: el cabello recogido en un chignon alto, el traje blanco de dos piezas impecable— Confiamos en su criterio, Claire y Émile, para haber elegido a los mejores en este ciclo. Tienen buen ojo para esas cosa o eso esperamos.

Todos continuaron con su trabajo, pretendiendo no haberlos escuchado, sin saber a ciencia cierta si saludarlos o arrodillarse ante ellos.

Cada pasante sabía exactamente quiénes eran los que caminaban entre los bustos, examinando con ojo clínico hasta el más mínimo movimiento.

—Algunos... parecen entender que no basta con sujetar la tela. Hace falta técnica y, sobre todo, tacto —afirmó Émile lanzándole una mirada a los chicos que seguían con su ejercicio.

Jean-Luc sonrió y elevó ligeramente la ceja derecha. Su traje gris humo le calzaba como un guante. Se acomodó los lentes redondos y se detuvo frente al busto de Máxime, examinando cómo caía la tela a los costados de su pieza.

Máxime hinchó el pecho como un pavo, sonriendo con confianza al saber que su trabajo técnico era impecable.

—Interesante... La caída es limpia. La simetría, precisa —dijo Jean-Luc al fin, sin ni siquiera mirar a los chicos— ¿Quién trabajó este drapeado?

—Yo, monsieur. Máxime Rochat.

—Rochat... del Institut —contestó Jean-Luc, ahora sí mirándolo con ojos como témpanos.

Si lo había reconocido, su cuerpo no lo delataba.

—Oui, monsieur —asintió el chico con una mezcla de respeto y vanidad— Primer puesto en el certamen técnico de terminaciones. Clase de Delacroix.

—Se nota —añadió el hombre, con una leve inclinación más evaluadora que amable— Lo técnico, al menos, lo tienes claro —giró sin decir más.

La sonrisita autosuficiente de Máxime tembló por un segundo y Elián, que estaba a su lado solo tragó saliva.

Lucky seguía arreglando los pliegues de la falda con calma, mientras Nádine y Léonie, muy quietas, casi sin respirar, permanecían junto al busto.

Estaba absorto en la pieza y en el rostro del alfa que no lo abandonaba desde que se habían topado en el almacén.

Sus dedos se movían con una lentitud y delicadeza que hacían parecer que trabajaba con la seda más fina, no con simple muselina de prueba.

Revisó el boceto y las instrucciones una vez más.

Se había dado cuenta que, si movía el cierre unos centímetros a la derecha, la tela podría acompañar el movimiento del cuerpo. Tal como estaba planteada, el vestido le parecía un poco rígido: más una pieza de escaparate que una prenda capaz de respirar en un cuerpo real.

Lo ajustó con cuidado.

Sí, así estaba mucho mejor.

Miró de nuevo el boceto y pensó que tal vez podría alargar el vuelo trasero, para crear la sensación de una estela de tela al caminar.

Se mordió el labio. Pensaba en cómo extender la cola para crear una leve asimetría, sin alterar las puntadas que sus compañeras habían dado. Estaba ensimismado, con el boceto en una mano y la otra jugando con el final de su trenza...

cuando Marianne y Jean-Luc repararon en él .

Lucky no había notado el cambio sutil en el ambiente, inmerso completamente en la avalancha de ideas.




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