
Los pasillos de Vairel estaban sumidos en silencio.
Un silencio espeso.
Pesado.
De esos que solo existen cuando no hay cuerpos liberando nada al aire, cuando incluso las feromonas parecen haberse replegado por respeto a la hora. David podía sentir la madera crujir bajo sus pasos.
Era tarde. ¿Las once? ¿Las doce?
Ya había perdido la cuenta.
Adrien seguía en una reunión virtual con los inversionistas coreanos, así que David decidió bajar al taller por su cuenta. Esa misma mañana, en la reunión de planeación editorial, su padre había preguntado por las pruebas textiles de la nueva colección. Claire había prometido dejarlas listas para la revisión a primera hora del día siguiente.
Esa era la razón para que David recorriera el cadáver dormido de Vairel.
O eso se dijo.
Todo esa tirantez que sentía en el cuerpo era producto de noches en vela, una cantidad inverosímil de café, y la terrible sensación de que tenía las manos atadas.
Resultaba extraño caminar por el tercer piso a esa hora.
Era natural que las oficinas ejecutivas del cuarto piso mantuvieran algo de actividad cuando terminaba la jornada laboral. Casi siempre eran David y Adrien con trabajo retrasado, antes de volver a casa.
Siempre juntos.
Por el contrario, el taller parecía caer en un letargo profundo apenas se cerraban las puertas de la Maison. Ese hábitat que de día rebosaba del murmullo de máquinas de coser y tijeras, ahora poseía una quietud que le ponía los pelos de punta.
Empujó la puerta de madera mientras revisaba un mensaje de Adrien en el celular... y se quedó inmóvil.
Había alguien.
Era una criatura sobrenatural rodeada por el caos.
David nunca había visto desorden en el taller principal. Sabía bien que Émile era estricto en mantener la organización, aún más con la colección cápsula que se les venía encima. Por eso vaciló al ver a la figura inclinada sobre el maniquí.
Una bomba de brillantina había estallado dentro de una burbuja perfectamente contenida.
Pedazos de tela tirados en el piso —retazos de seda, tul y organza arrugados como pétalos marchitos.
Alfileres sobre la mesa de trabajo como pequeñas esquirlas de luz.
Una tijera en precario equilibrio sobre la máquina de coser.
Encaje colgando de los brazos de un maniquí .
Y, en medio de todo: el pelirrojo. Ese que lo había mantenido en vela.
Tenía los audífonos puestos y se movía lentamente con una gracia tan natural, que David se quedó sin aliento. El leve balanceo de sus caderas al ritmo de una canción que solo el chico podía escuchar envió una ráfaga feromonal que golpeó a David de frente.
Un baño de miel pura.
Espesa.
Caliente.
Resbaló por su columna hasta quemar cada uno de sus nervios. Su cuerpo reaccionó aunque su mente seguía pasmada. Sus puños se cerraron en ansia viva, sus pupilas se dilataron y —en el fondo de su pecho, debajo del traje— sintió un retumbe de necesidad.
Le tomó un segundo a su cerebro entender lo que veía. Se lamió los labios al sentir el aroma a durazno maduro en la lengua, mientras el whisky de su propia aura aulló descontrolado.
Más denso.
Elevándose para devorar el dulzor ajeno.
Sin lograrlo.
El contraste entre la pulcritud del resto del taller y ese reguero palpitante era drástico, por no decir que la estación de Lucky parecía sacada de una película de guerra. David, que odiaba el desorden con la misma intensidad con la que odiaba la pereza y la mediocridad, sonrió sin entender el porqué.
Si Claire hubiera dejado un solo alfiler fuera de su sitio, David la habría amonestado. Pero ver a Lucky rodeado de ese caos le pareció... necesario. Como si el orden del mundo se hubiera equivocado y Lucky fuera el único que tuviera razón.
El chico, con concentración absoluta, sin notar la presencia del hombre que lo miraba desde el umbral, trabajaba en un vestido de tafetán rosa.
Rosa eléctrico.
El tipo de color que no había aparecido en una colección de Vairel desde los ochentas.
David observó embelesado como Lucky, sin prestar atención, tomaba un alfiler de un montón regado sobre la mesa —sorprendentemente sin pincharse— y ajustaba una flor enorme en el escote asimétrico. La forma en que se movía le recordaba a una bailarina: cómo tensaba los brazos en un arco perfecto para sostener la tela, cómo ladeaba la cabeza, estirando el cuello, para mirar la flor de seda.
Era bello.
Demasiado.
No pudo apartar la mirada de la nariz pequeña, la cintura estrecha, las piernas largas. Después, sonrojándose con visible incomodidad, alzó el rostro y se fijó en sus orejas omega.
Perfectas.
Grandes y suaves.
Hechas para sus manos.
Se apoyó en la puerta sin decir nada, bebiéndose la imagen con gula. El chico, ajeno a todo lo que no fuera su obra, tarareaba en voz baja una canción mientras ajustaba el forro.
David sabía su nombre: Lucky Clairvaux.
Adrien se lo había mencionado hace algunas semanas; también Claire y Émile al hablar de los ajustes técnicos. Lo había visto en el jardín, dibujando; en el almacén, de pie, estático. Pero nunca, hasta ahora, en su reino natural: el taller de costura.
Era allí en donde Lucky parecía atraer la luz como un meteorito en su giro imparable alrededor del sol.
Gírate —pensó David— Date vuelta. Mírame.
Recordaba los ojos azules y la forma en la que Lucky inclinaba la cabeza cuando pensaba, las orejitas omega laxas, relajadas. Pero Lucky parecía inmerso en una danza privada. Así que David Vairel se limitó a observar.
Lo que vio lo desarmó más rápido que un golpe directo a la quijada.
La precisión de sus movimientos, la agilidad de sus costuras y, por qué no decirlo, la belleza cruda de su pieza —y de él mismo— lo obligaron a pausar. Lo miró de cerca.