Hecho a tu medida

Capítulo 11: Línea de Tensión

Si esto funcionaba, iba a romper algo más que una regla.

David estaba frente al vestido. Podía ver los detalles minúsculos: los pliegues de la falda cosidos con precisión milimétrica; la costura invisible de la cintura; las cuentas cosidas a mano en el diseño de la pechera.

Eso no se enseñaba en la escuela. No era técnica. Era otra cosa.

Era historia.

Era rabia.

Era vida pura gritándole en la cara.

—No. No lo pienso cargar —dijo Lucky, al ver a David analizar la prenda—. Va a ir suspendido con una costura interna.

Por un momento, David no supo de qué le estaba hablando.

Ah, sí... ¡el bies !

Giró el rostro y fijó la mirada en Lucky: en los ojos imposibles. Y ahí estaba otra vez.

Duraznos.

David inhaló despacio. Esta vez, consciente.

—¿Lo probaste? —preguntó, aún sin atreverse a tocar el vestido. No estaba seguro de si evitaba la tela... o acercarse demasiado. O si era su propio cuerpo el que estaba empezando a reaccionar antes que él.

—Aún no. Me faltan los refuerzos —dijo Lucky.

El omega hizo una pausa, sosteniéndole la mirada el tiempo suficiente como para obligarlo a reaccionar, y señaló la costura del ruedo.

David lo sintió.

Ese cambio mínimo. Esa respuesta cuando su corazón le rompió las costillas de emoción.

—Pero creo que puede funcionar. Y si funciona, no va a parecerse a nada de aquí.

David no sabía si podría funcionar. Ni por qué, de pronto, todo en él estaba demasiado atento a ese vestido. Como si sus sueños estuvieran cosidos en medio del tafetán.

Eso era exactamente lo que lo inquietaba. Dudaba que Marianne supiera si el vestido sería un éxito o un fracaso. Menos aún Jean-Luc.

¿Por qué?

Porque no se hacía así. Iba en contra de las leyes de la gravedad, del sentido común.

Sobre la mesa de trabajo, David vio el cuaderno de dibujo. Ahí estaba el boceto del vestido que empezaba a respirar, en contra de todo pronóstico, como una reina prehistórica alzándose de entre sus huesos.

Los trazos eran firmes, crudos, con una fuerza que intentaba rasgar el papel. David estiró el brazo y lo tomó sin pedir permiso, y Lucky no se lo reclamó.

El chico permanecía de pie a un lado, con los brazos cruzados como conteniendo el arrebato de arrancharle el cuaderno.

A lado del dibujo del vestido, había diagramas de caída y fórmulas que calculaban la física del peso de la tela. Lucky no improvisaba: indagaba, entendía, rehacía. Y eso era más peligroso. Mucho más de lo que debería ser en un lugar como ese.

David sabía que nadie se esforzaría así si no tuviera que probarse algo.

Se vio a sí mismo en ese momento: la sed inmensa de ser más.

—¿Siempre trabajas así? —preguntó, pasando las páginas.

Más criaturas imposibles hechas con lino y seda.

Más locuras sacadas de una imaginación gemela a la suya en intensidad y deseo.

Sintió vértigo.

—No siempre —contestó Lucky, limpiando la mesa disimuladamente.

Acomodó los alfileres en la caja, recogió la tijera, dobló un poco de muselina.

—Solo cuando tengo poco tiempo... y demasiadas ideas. No sé si encaja del todo. Pero necesitaba intentarlo. Quería probar algo con líneas interrumpidas.

—¿Quién te enseñó a construir así? —preguntó.

—Nadie. Solo copié, me equivoqué, volví a intentar —dijo Lucky, bajito, como si le estuviera contando un secreto íntimo—. Después... algunas cosas empezaron a salir.

—Pero no quiero parar —continúo Lucky, regalándole una sonrisa cómplice.

El omega no hubiera llamado más atención ni aunque hubiera gritado a voz en cuello en medio del taller. Su prenda ya lo hacía por él.

David estiró la mano y tocó la costura del costado, la que le daba la forma a la cintura. La rozó apenas con la yema de los dedos, como si esperara sentir la quemadura del tafetán rosa.

Pero la sensación de un abismo abriéndose a sus pies, no venía de la tela.

—¿Piensas reforzar esa curva?

—Pensaba probar con entretela parcial —contestó Lucky.

Y esta vez sí lo miró, sorprendido de que David hubiera notado ese detalle.

Directo. Sin suavizarlo. Sin esconder nada.

Los ojos azules lo analizaban, más claros, con una chispa que empezaba a arder.

—Pero si le parece que no es suficiente... puedo volver a la versión anterior —se inclinó ligeramente hacia David, que seguía con el cuaderno en las manos, y señaló una notita al final—. Tal vez esta es más... aceptable.

—No —contestó David, más súplica que orden.

Le entregó el cuaderno. El aire entre ellos ya estaba demasiado cargado. Lucky estiró la mano y, sin querer, por un instante de electricidad cósmica, sus dedos se rozaron.

Ninguno se apartó de inmediato, como si moverse fuera la decisión equivocada.

David sintió cómo algo se tensaba en su interior. Lucky retiró la mano como si le hubiese salpicado aceite hirviendo.

Demasiado rápido. Demasiado evidente.

Las orejitas volvieron a pegarse al cráneo, traicionándolo sin remedio. Delataban una docilidad aprendida que no coincidía en absoluto con la violencia creativa de su trabajo.

—Prueba con esta. Quiero ver qué pasa— dijo David, pasándose una mano por el cabello desordenado. Lucky asintió despacio, pegándose el cuaderno al pecho, sosteniéndolo entre las dos manos— Termina la prenda, y avísame cuando esté lista.

David sonrió. No pudo evitarlo. Como si algo en él ya hubiera decidido.

Él.

No le dio la sonrisa con colmillos —la de las juntas, la de las campañas.

No.

Le dio la real, la que sólo Adrien conocía.




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