Hecho a tu medida

Capítulo 12: Forro de Contraste

Cuando salió de Maison Vairel, el silencio de París cayó como una mortaja. Las calles normalmente tan vivas, estaban desoladas a esa hora de la madrugada .

2:00 am.

No podía creer que se hubiera quedado tanto tiempo en la maison, pero Lucky se conocía y sabía que cuando empezaba algo, le era casi imposible parar. Especialmente si ese algo era un vestido rosa eléctrico.

Cuando tomó el metro, el vagón estaba casi vacío. Unos punks al final del andén que lo miraron fijamente, como saludando, y una mujer mayor con uniforme de enfermera eran los únicos allí.

Lucky se arrebujó la bufanda y pensó en él.

En David.

Sin ningún esfuerzo, como si estuviera preprogramado en su cerebro desde hace años, su mente viajó rauda hacia el alfa que por un momento había hecho a Lucky temblar.

El omega ya lo conocía, aunque conocer podría ser una mentira. No había sabido si su nombre hasta esa noche. Pero lo había sentido en las fibras profundas de su ser, en la mente, y en esas fantasías que vivían con él cuando estaba solo en su departamento.

Sonrió.

Con todos los dientes. Con la confirmación de ser visto.

David había entendido el vestido. Esas manos fuertes habían tocado las costuras con una delicadeza que Lucky agradecía. El vestido era, después de todo, una criatura salida de sí mismo.

El tren llegó a su estación y Lucky, al bajarse, no pudo evitar un bostezo. Sentía las piernas pesadas, los ojos le ardían por el esfuerzo de enhebrar hilo una y otra vez, pero caminaba ágil, saltando los escalones de Montmartre de dos en dos.

Dámelo a mí.

Eso había dicho el alfa en el taller. Sin ningún intermediario.

Las voces de los noctámbulos que salían de los bares cercanos llenaban la noche. Una pareja se besaba en uno de los callejones. Lucky, al doblar una esquina, creyó sentir el aroma ácido y dulce de la bergamota y el whisky. Como si un hilo invisible se hubiera quedado anclado al taller en esa noche de noviembre.

Recordó el roce. Ese suave murmullo de piel contra piel.

Miró sus dedos mientras subía los escalones. Aún sentía la marca de ese toque. Ardía, como si pequeños dientes lo hubiesen mordido. Su cuello palpitó anhelante.

Vio la plaza desnuda, sin los artistas callejeros que en el día abarrotaban cada ladrillo. Una ráfaga de viento le despeinó el cabello mientras no podía dejar de pensar en la forma en la que David lo había mirado. No con posesión, no con esa hambre que Lucky había aprendido a identificar desde que era un niño.

A pesar de su aparente hosquedad, Lucky no ignoraba los efectos de su apariencia. Conocía de sobra la forma voraz en la que un alfa podía mirarlo. Desde su fiesta de debut, con dieciséis años, y las primera negociaciones de matrimonio entre su padre y otros Primus, Lucky había entendido que su valor radicaba en el color de su cabello, en las orejas grandes, en los ojos azules.

A nadie le importaba si Lucky amaba a los dragones, o si conocía todos los nombres de las constelaciones en el cielo.

El deseo de otros no recaía en su habilidad para entender los patrones de una pieza conceptual, sino en qué tipo de cachorros podría producir para su alfa. Lucky amaba la belleza, en las hojas, en las estrellas, en las flores de un jardín salvaje, pero no en sí mismo.

Aprendió a odiar su belleza o por lo menos desestimarla.

Sentía que eran los grilletes que lo ataban a un destino ante el que no quería doblegarse. Y cuando un alfa lo veía, Lucky podía adivinar en el fondo, allí donde las palabras bonitas y las sonrisas no llegaban, esa glotonería que lo asustaba.

Pensó en Máxime.

En como el hambre de su ex novio lo había ahogado. Con un pequeño temblor, que atribuía más al frío de la noche que a los recuerdos bastardos, Lucky reconoció lo fácil que había sido rendirse. Solo ... dejarse ir.

Pero los ojos de David habían sido diferentes.

Las pupilas no habían estado dilatadas con deseo, sino con ... entendimiento. La mirada no se había detenido en Lucky, sino que había viajado más allá.

David no se había sorprendido con la incongruencia del diseño y la aparente falta de armonía. David había visto los bocetos y cuando había alzado la vista y visto a Lucky, el chico sintió que una espina deliciosa se clavó en lo profundo de su pecho .

Una esquirla de deseo tan exquisita que no pensaba poder sacársela.

Ni querer hacerlo.

Algo caliente y esponjoso creció en su interior. Sus orejitas omega bajaron suaves, rendidas. Tranquilas. Sus mejillas ardían cuando llegó al edificio de piedra blanca. No había luces encendidas. Todo parecía estar suspendido en ese limbo entre la noche y el día que Lucky disfrutaba tanto.

Buscó las llaves en su bolso, distraído, respirando el suave olor a oxígeno que venía de sí mismo. Esa electricidad en el aire que Lucky producía cuando algo lo emocionaba y sus feromonas despertaban inquietas.

Entonces algo invadió el aire, una nube conocida que lo envolvió como un tsunami que le cortó la respiración.

Cuero caliente y tabaco. Algo ácido, dominante al fondo.

Fuego, lava y brea tóxica.

No, por favor.

—¿Buscando las llaves, Lu? Tienes las manos temblorosas. Estás forzando demasiado esos pulmones, te lo he dicho mil veces.

Lucky dio un salto instintivo que lo dejó de espaldas a la pared.

Sus orejitas omega se alzaron inquietas. Vibraban, el pelaje erizado, expandiéndose. Las manos le temblaron tanto que las llaves cayeron al suelo de piedra.

Tum.

Tum.

Su corazón le partía las costillas.

El alfa lo miraba desde las sombras que creaba el arco de la entrada. El rostro torcido en una mueca de complicidad, parcialmente oculto. La mirada depredadora recorría a Lu buscando una grieta, una pequeña debilidad que pudiera usar a su favor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.