Hecho a tu medida

Capítulo 15: Prueba de orillo

El trayecto hacia la sala de fitting se sentía como una marcha hacia el patíbulo, pero con Nika Korsokova al lado, parecía más una procesión triunfal. Caminaba con el vestido fucsia colgando de su brazo con una familiaridad insultante.

Lucky los seguía con las orejas rígidas, vibrando con una frecuencia eléctrica que delataba la ansiedad que su rostro intentaba ocultar, pero también una expectación hambrienta.

Por un lado, sentía que caminaba hacia su propia ejecución; por otro, el corazón le galopaba con la idea insensata de que David estaría allí.

Quería que lo viera.

Quería que David leyera en cada puntada del fucsia lo que él no se atrevía a decir en voz alta: que era un artista, que tenía fuego, que era digno de estar a su lado.

Entonces, el aire cambió.

No fue un ruido, sino una presión. Una onda de choque invisible que hizo que los vellos de la nuca de Lucky se erizaran.

El aroma a whisky y pimienta negra de David inundó el pasillo, pero esta vez no venía solo. Estaba envuelto en algo más denso, más seco y antiguo: el aroma de un alfa que ya no necesitaba demostrar su poder porque él era el poder.

—Mierda —susurró Nika, aunque su sonrisa se ensanchó—. El Gran Jefe está de cacería.

David apareció al doblar la esquina, caminando con esa zancada de depredador elegante que Lucky ya conocía. Venía hablando animadamente con Adrien, quien sostenía una tablet y asentía con una eficiencia que gritaba su posición de mano derecha. A su lado, un hombre de cabello canoso y ojos que parecían dos esquirlas de granito dictaba órdenes sin mirar a nadie.

François Vairel.

—... y los informes de logística de la seda de Lyon estarán listos al mediodía, señor. —decía Adrien, cuya voz cortante y segura marcaba el ritmo de la caminata de sus jefes.

Lucky se detuvo en seco.

Su instinto, pulido por años de disciplina Van Leuven que intentaba enterrar, tomó el control de su espina dorsal.

Antes de que su mente pudiera protestar, Lucky bajó la mirada, ocultando sus ojos azules tras las pestañas, y ejecutó una reverencia ceremonial tan fluida y dócil que parecía sacada de un manual de etiqueta de siglos pasados. Dobló levemente la rodilla, inclinó los hombros con una fluidez que gritaba aristocracia y mantuvo las manos entrelazadas frente a él.

Era el saludo de sumisión total destinado solo a un Primus.

Sus orejas se pegaron completamente a su nuca, en una señal de respeto absoluto que dejó a Claire y a Émile, que venían detrás, en un estado de shock silencioso. Intercambiaron una mirada rápida; nunca habían visto a un pasante saludar con semejante código.

David se detuvo, sorprendido por la deferencia de Lucky, y una chispa de incomodidad cruzó su rostro al ver al omega tan encogido.

Sin darse cuenta, como si su cuerpo estuviera poseído por una voracidad insaciable, dio un paso, adelantándose al grupo hasta quedar enfrente del chico.

Su nariz se movió imperceptiblemente, como cuando un lobo olfatea a su presa. Sus pupilas se dilataron al sentir el durazno y el lino; debajo del traje caro, los vellos de su brazo se erizaron.

Era una bestia lista para despedazar carne tibia.

—Padre —dijo David, rompiendo el silencio y atrayendo la atención de François hacia el chico.

El nombre resonó en los oídos de Lucky como un disparo.

El mundo se detuvo.

Padre.

Padre

No, no podía ser.

Sus orejas vibraron violentamente antes de quedar rígidas, estáticas. Miró a David y luego al hombre de granito a su lado. La mandíbula, los ojos, la forma de proyectar su aroma... todo estaba ahí.

¡Y el olor!

La capa superficial era la misma . El sello feromonal era tan parecido que Lucky se sintió mareado. Instintivamente, ocultó sus manos en los bolsillos para que nadie viera la forma frenética en la que temblaban.

David no era solo un ejecutivo.

David era el heredero de la Maison. El hijo de François.

Un Vairel.

El apellido se materializó en el aire, pesado y venenoso. Era una sentencia de muerte.

El aire se le escapó de los pulmones, no por la hipoplasia, sino por el peso de siglos de odio entre sus apellidos. Estaba frente al enemigo.

Y lo peor de todo era que seguía deseando que el enemigo no dejara de mirarlo.

—Él es Lucky Clairvaux. —dijo David, sonriendo con ojos llenos de dulzura inesperada— Es el pasante que ha estado trabajando bajo la supervisión de Claire. Su talento ha sido una adición necesaria para esta colección.

Lucky giró el rostro hacia David, ignorando por un instante el peso de la mirada de François.

Sus orejas vibraron sutilmente, un gesto que David ya empezaba a identificar como una señal de deleite.

Lucky sostuvo su mirada. Esos ojos tibios y suaves, tan raros en un alfa.

Las entrañas se le retorcían dolorosas. Un puño gigante, una mano de hierro construida con la sangre que le recorría las venas, había tomado su diafragma y lo estrujaba con ira.

No quería creerlo.

David era el heredero del clan que su padre, Bruno Van Leuven, le había enseñado a despreciar desde la cuna. Estaba frente al hijo del diablo, y el diablo acababa de llamarlo por su nombre con una ternura que le desgarraba el alma.

—Usted es muy generoso, Monsieur David —dijo Lucky, bajando el tono de voz lo justo para crear una burbuja de intimidad—. Me esfuerzo para que la Maison esté a la altura de su visión... aunque a veces mi propia visión sea un poco rebelde.




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