Hecho a tu medida

Capítulo 16: Puntada de Retroceso

La sala de fitting no se parecía en nada al taller.

Era la primera vez que Lucky entraba, y no pudo evitar que se le escaparan miradas de curiosidad.

Todo era… blanco.

Sorprendentemente limpio y ordenado. La luz de las innumerables lámparas de techo hacía que la claridad le hiriera los ojos. No era la luz natural que inundaba el taller, piadosa y cálida. No, esta era luz blanca, diseñada para caer como una cascada sobre los presentes; perfecta para encontrar hasta el más mínimo error de costura.

Marianne y Jean-Luc ya estaban allí, presidiendo la sala como jueces de la inquisición. Ella sostenía su taza de té con una elegancia gélida, mientras Jean-Luc examinaba las prendas con una expresión de absoluto aburrimiento, como si nada en ese mundo fuera lo suficientemente digno de su mirada.

—… deberíamos haber cambiado el forro interno —estaba diciendo Jean-Luc cuando Lucky entró a la habitación.

El omega cargaba el vestido mientras sentía la mirada de Adrien en su nuca como un peso físico. Sus orejas, de un rosa pálido, se tensaron hacia atrás, captando el más mínimo roce de los zapatos de Adrien contra el suelo.

El aroma de Lucky, usualmente fresco, empezó a tornarse denso, una nota de ozono antes de la tormenta que delataba su ansiedad.

Caminó con la espalda recta, sosteniendo el fucsia no como una carga, sino como un estandarte. David no estaba allí para ser su escudo, así que Lu decidió que él mismo sería su propia espada.

Adrien caminaba un paso detrás de él, con una mano en el bolsillo y la otra señalando el vestido con una elegancia despectiva.

—Cuidado donde pones eso, Clairvaux —murmuró Adrien al pasar por su lado, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No querrás que Marianne piense que estamos abriendo una sección de saldos.

—Colócalo ahí —le dijo Èmile en un susurro, señalando el riel más alejado—. No te muevas. No toques nada.

—Sí, señor —contestó Lucky.

Era incapaz de controlar la reacción de sus orejas, que temblaban ligeramente ante el tono gélido de los diseñadores. Pero Lu no bajó la mirada, la mantuvo fija en el espejo, observando su propia creación.

Si David estuviera ahí, quizás habría una chispa de calidez en esa sala ártica, pero en su ausencia, Lu solo tenía su propia convicción.

Nika, todavía con el chupete, se apoyó sobre la mesa central después de saludar con desgano.

—Acomódate en el vestidor, Nika —instruyó Claire, ya tomando el primer look del riel—. Estamos en cronograma y no tengo ganas de explicaciones hoy.

—Perfecto, tampoco tengo ganas de dar ninguna —dijo Nika, caminando hacia el vestidor con dos asistentes siguiéndole los pasos.

Pocos minutos después, salió ya vestida con el primer look de pasarela. Era un traje de dos piezas estructurado, impecable.

—Look 17. Sastre gris de lana estructurada —dijo Claire, verificando la información en el cronograma de pasarela.

—¿Esto es para la pasarela o para demandar a mi ex marido? —dijo Nika, subiéndose al estrado.

Nika Korsokova no era solo una cara bonita sobre un par de piernas interminables; era el terremoto que David había invocado para sacudir los cimientos de Vairel.

La 'Top Model' del momento, una fuerza de la naturaleza que habitaba el extraño limbo entre la alta costura y el estrellato de las redes sociales. Verla allí, quejándose del diseño más seguro de la Maison, era ver el choque frontal entre el futuro que David planeaba y el pasado que Marianne y Jean-Luc se negaban a soltar.

—Es un corte perfecto. Preciso. Atemporal —contestó Jean-Luc, frunciendo el ceño.

—También lo es la muerte. Y mira lo que inspira —rezongó Nika, alzando los brazos.

Jean-Luc la ignoró, como era su costumbre. Solo se acomodó los lentes y caminó alrededor de Nika para ver el traje desde todos los ángulos.

—No se necesitan cambios en este —dijo Marianne, al fin.

—Qué tragedia —contestó Nika, bajándose del estrado y ya marchando al vestidor.

Look 26, listo —pensó Lucky, con la leve esperanza de que Nika se hubiese olvidado del vestido fucsia.

Lucky estaba absorto en sus pensamientos, con los brazos cruzados y la mirada al frente; por eso no vio a Nika tomar el vestido fucsia del riel y entrar al vestidor. Pero claro que sintió el silencio que los cubrió repentinamente como una mortaja cuando volvió a entrar, ya vestida, alzando la falda con las dos manos.

Se reía entre dientes como una niña traviesa.

Lucky alzó la vista a tiempo para ver cómo Marianne y Jean-Luc cruzaron miradas, sus ojos enfriándose, las manos tensas a los lados.

Nika dio un saltito de felicidad y se subió al estrado, admirando el vestido. Parecía una mancha de sangre en medio de la habitación blanco nuclear. Lucky cerró los ojos y trató de dar un respiro profundo: no podría ser más obvio que esa pieza no era de Vairel.




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