Hecho a tu medida

Capítulo 17: Entretela de Crin

Sus pasos lo arrastraron al jardín interno, como si ese camino se hubiese grabado en la configuración de su alma. Cuando el sol le golpeó el rostro, dejó salir por fin una exhalación que había estado atrapada en lo hondo de sus pulmones.

Se desplomó en el banco de piedra y permitió que la tos lo despedazara.

Se dobló sobre sí mismo.

Dolor.

Un látigo que lo mantenía en su sitio.

Sacó el inhalador de su bolsillo. Lo sostuvo en la mano un instante pero no lo usó; se bebió el ardor en la garganta, como si ese dolor pudiese de alguna manera acallar la humillación ardiente que Adrien le había inyectado bajo la piel.

Entonces, alzó la mirada y vio los pájaros anidando en los árboles. Uno alzó el vuelo y una pluma cayó junto a Lucky.

La pluma se burlaba de él con su ligereza, como si flotara en un aire a punto de volverse irrespirable.

Me han cosido las alas… Y se atreven a llamarlo volar —pensó amargamente.

El tiempo se había detenido.

El sol brillaba con una intensidad muerta, como un cometa detenido a la mitad de su vuelo, congelado en el vacío. Y aun así, en algún rincón perdido detrás del frío y del cansancio, algo en él susurró lo mismo que decía siempre, en los días más duros.

Sobrevive, Lucky.

Escuchó el repiqueteo metálico de unos zapatos de suela dura sobre la grava. Pasos medidos, quirúrgicos, que Lucky reconoció antes de alzar la vista: el eco de la eficiencia.

Adrien lo observaba desde el borde del jardín. La luz se reflejaba en sus lentes, borrando sus ojos. Su impecable traje oscuro no era una estatua de cera; era una armadura de burócrata diseñada para no dejar pasar la luz.

—Monsieur Clairvaux. —Adrien arrastró el apellido con un deleite gélido—. Espero que hayas disfrutado del sol.

Adrien se acercó lo suficiente para que Lucky sintiera el frío que emanaba de su traje, una temperatura que no pertenecía al jardín. Con un dedo enguantado, Adrien ancló la barbilla de Lucky, forzando el hueso hacia arriba hasta que el omega tuvo que elegir entre romperse el cuello o mirar la luz cegadora.

—Míralo bien, Clairvaux. Es el último sol que verás en mucho tiempo. David está demasiado ocupado para perder el tiempo escoltándote al lugar que te corresponde.

El corazón de Lucky latía al compás, distante, casi mudo. El omega se puso de pie con una cortesía suicida.

Se estaba preparando para lo que venía. Cada gesto era un blindaje.

—Qué detalle —susurró Lucky, sonriendo apenas.

Adrien no se movió; esperó a que Lucky caminara delante para poder vigilarle la nuca durante todo el descenso.

Caminaron a través de pasillos que parecían estrecharse con cada paso que daba, como si la Maison quisiera tragárselo y escupir las espinas vacías. Las puertas de madera lo acechaban descaradas, juzgando sus decisiones, burlándose en susurros que Lucky no podía acallar.

Tragó saliva, desesperado por hacer que el nudo de la garganta desapareciera.

El silencio de Adrien era más pesado que cualquier ruido. El vacío químico de su condición Beta era una pared de vidrio. No había rastro de humanidad, solo una esterilidad quirúrgica que succionaba el aire

Al pasar junto al taller principal, el zumbido de las máquinas de coser y el siseo de las tijeras golpearon a Lucky como una ola gigante que lo arrastró hacia lo profundo del mar.

Bastó un murmullo para hacerle temblar el pecho.

Lucky apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas que aún recordaban la caricia del tafetán fucsia. Al otro lado de la puerta del taller, el siseo de las tijeras no era música; era el ritmo de su propia ejecución.

Sus orejas omega, sensibles a cada vibración, se pegaron doloridas contra su cráneo, intentando silenciar el sonido de la seda siendo cortada. Adrien se detuvo un segundo, inhalando el rastro de pánico agrio que Lucky no podía ocultar.

—Hueles a derrota, Clairvaux —murmuró Adrien al ver el temblor en sus hombros—. Es un perfume mucho más honesto que tu ambición.

Sus piernas se negaban a moverse, las suelas parecían soldadas al piso.

Era Odiseo atado al mástil de su empeño y a las órdenes que no podía desobedecer. Voluntad incauta y olvidadiza dispuesta a ahogarse.

Lucky buscó desesperadamente una mota del aroma de David entre el vaho del taller, un hilo de whisky al que aferrarse, pero Adrien se interpuso físicamente, bloqueando el aire. El beta acortó el paso justo frente a la puerta del taller y sonrió levemente al notar el temblor en los hombros del omega. Con los ojillos brillando le indicó con un gesto de cabeza que siguiera su camino.

Dejaron el segundo piso atrás; bajaron las escaleras.




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