Hecho a tu medida

Capítulo 18: Embebido

El miedo súbito que lo inundó lo detuvo en seco al escuchar el chirrido de las ruedas contra el asfalto mojado.

Lucky alzó los brazos en un intento inútil de protegerse, esperando el impacto que nunca llegó.

En su mente, no era un auto lo que venía a arrollarlo, sino el peso de todo Postdam reclamando su libertad. El auto frenó a centímetros de él. Los sensores del Porsche chirriaron una fracción de segundo antes, corrigiendo el frenado como si la máquina tuviera mejores reflejos que su dueño.

El agua sucia que empezaba a bajar calle abajo salpicó de entre las llantas del auto negro, bañando a Lucky de pies a cabeza como una ducha helada y asquerosa. El omega apoyó las manos temblorosas en el metal caliente del capó, esperando irracionalmente que los hombres de su padre bajaran para arrastrarlo de vuelta al Schloss.

No era rabia lo que sentía, era el colapso de un animal que ya no tiene a dónde huir.

Sentía que había corrido un maratón, boqueando por un aire que la lluvia y el pánico le negaban. El sobresalto de unos segundos antes se le borró del rostro y le dio paso a un terror tan primario que Lucky no pudo hacer más que mirar al auto.

El conductor corrió hacia él sin importarle la lluvia. Lucky cerró los ojos, apretando el celular contra su muslo como si pudiera ocultar la sentencia de muerte que acababa de leer.

—¿Estás bien? —Lucky reconoció el aroma a whisky y pimienta antes de abrir los ojos. El aroma golpeó sus sentidos como una advertencia biológica. Sintió que sus orejas se pegaban a su cráneo en un gesto de sumisión involuntaria.

David estaba demasiado cerca ahora. Las manos le recorrían los brazos, los hombros, como si necesitara comprobar que no estaba roto en ninguna parte.

—Lucky… mírame. ¡Por Dios, pensé que…!

Lucky intentó responder, pero el aire seguía entrando mal.

—Yo… —tragó saliva— estoy bien.

Se abrazó a sí mismo, hundiéndose en el abrigo empapado, sintiéndose más pequeño que nunca frente al heredero de los Vairel. Pero la calidez que emanaba de David era la única luz en su noche más oscura.

A pesar del frío calándole los huesos, la presencia del alfa envió una descarga de calor contradictoria directamente a su estómago. El aura de protección era un muro de vapor. Un calor invasivo que le exigía a sus músculos dejar de temblar, una orden biológica que su orgullo intentaba rechazar pero que su cuerpo aceptaba con una rendición humillante.

Lo había estado esperando todo el día, pero no así; no derrotado por su pasado.

—Te atravesaste sin mirar, zorrito —dijo David, dando un paso hacia él. El ceño fruncido, pero no parecía enojo.

Parecía miedo.

—No estaba pensando —murmuró.

David trató de acercarse más extendiendo una mano enfundada en guantes de cuero.

Lucky dio un paso hacia atrás, lejos de su alcance. Tenía la piel ardiendo por el agarre fantasma de su padre, y el peso del apellido Van Leuven le advertía que no debía dejarse tocar por un Vairel.

Ni siquiera ese Vairel.

—No quise… —continuó David,

Lucky tragó saliva. El pecho todavía le dolía por la carrera, por el susto, por el mensaje.

—No fue tu culpa —susurró.

Pero no sonó convencido.

David alzó la vista y se fijó, de verdad, en la imagen que tenía enfrente.

Lucky estaba de pie en medio de la calle, con el cabello empapado enmarcando su rostro como un velo. Sus ojos grandes, bonitos, vibraban con emoción contenida. El alfa asumió que era ira, pero sus ojos verdes se suavizaron al ver cómo Lucky seguía temblando detrás de los mechones mojados.

David sintió un tirón en el pecho, una respuesta animal a ese aroma a durazno y lino que ahora llegaba a él mezclado con el ozono de la tormenta.

¡Tug!

—Lucky —trató David, modulando el tono instintivamente. Bajó la frecuencia como quien se acerca a un animal asustado—. Vas a enfermarte. Déjame ayudarte —ofreció, sacándose el abrigo—. Estás temblando.

Por un instante, David se sorprendió de sí mismo.

Esa urgencia por tocarlo, por cubrirlo, no era apropiada. No era profesional. No era él. Y aun así, no podía detenerla.

Una sonrisa mínima le tembló en la boca a Lucky, al ver al alfa, que también estaba empapado, mirándolo como si necesitara comprobar que seguía entero. Había algo casi irreal en ver al CEO de Vairel bajo la tormenta, mojado y consternado, ofreciéndole el abrigo como si el mundo pudiera arreglarse con un simple gesto.

—Es… la lluvia. Y el susto —dijo Lucky, dejando que David lo cubriera con el abrigo—. Creo que mi cerebro decidió tomarse la noche libre.

El sonido de los claxons era ensordecedor, pero Lucky no lograba prestarles atención.

No podía.

Mejor dicho, no quería despegar los ojos de David. Toda su atención estaba atrapada entre las manos del hombre sobre él, en la forma cuidadosa y torpe en que intentaba cubrirlo de la lluvia.




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