Hecho a tu medida

Capítulo 19: Ballena

David, con el cabello húmedo después de la ducha, observaba el departamento desde la mesa del comedor. Todo estaba en silencio.

A lo lejos, opacado por los cristales gruesos de los ventanales, la lluvia seguía. Monótona.

El olor del café caliente se escondía entre las ranuras del piso de madera oscura, mientras David le daba sorbitos a su taza. Miraba correos electrónicos en la pantalla de su ordenador, pero sus ojos barrían el texto como si no lo entendiera.

Había reescrito una respuesta ya cuatro veces.

Frunció el ceño.

Las palabras estaban atrancadas en su cerebro. Su mente usualmente tan precisa, se enredaba con sus propias ideas.

Cerró los ojos y, por un momento, una ráfaga cobriza destelló en su mente.

Con movimientos rápidos, como si no quisiera darle tiempo a la razón para alcanzarlo, abrió la plataforma de Vairel. La pantalla parpadeó mientras se cargaba el portal de Talento Humano.

Miró la barra de búsqueda. Necesitaba un solo nombre. Los datos que le interesaban aparecieron. Deslizó la página hasta encontrarlo: un número telefónico.

Solo quiero asegurarme de que todo esté bien —se dijo a sí mismo cuando sacó su celular y anotó el número.

Dudó un segundo en el nombre de contacto.

El celular se sentía pesado en sus manos. Frío. Tan diferente a la sensación de cabello mojado y piel caliente que lo inundaba por dentro.

Zorrito — escribió.

El nombre quedó brillando en la pantalla unos segundos más de lo necesario. Ridículo. David jamás había guardado el contacto de alguien del trabajo de esa manera.

En ese instante la puerta de su departamento se abrió.

Adrien cruzó el umbral con las manos ocupadas por una bolsa gigante de panadería. Tenía la sonrisa media oculta por la bufanda.

—No pensé que estarías despierto tan temprano el sábado —dijo, dejando la bolsa sobre el mesón del comedor y colgando la bufanda— Quería darte una sorpresa.

El pequeño beso de Adrien no lo tomó por sorpresa. Era cálido, esperado, reconocible en esa mañana de invierno.

—Huele bien —dijo David, poniéndose de pie.

Abrazó a Adrien por la espalda, hundiendo el rostro tenso en el cuello del beta. La piel era suave, delicada bajo sus labios; un refugio que había sido suyo desde hace años.

El faro en medio de su tormenta.

—Bueno —susurró entre risas, al darse vuelta y mirar al alfa a los ojos. La mirada era intensa— Te traje tus croissants favoritos, algo de miel y ese queso asqueroso que amas.

David sonrió; las venas en su pecho se aflojaron apenas, reconociendo el toque familiar. Se inclinó lo suficiente, aún rodeando al beta por la cintura, y atrapó sus labios en un beso profundo y hambriento. El alfa, alto y grueso, envolvió el cuerpo más pequeño, mientras acariciaba la piel caliente por debajo del suéter de lana.

—No me imagino mejor forma de empezar el sábado —dijo, al separarse de Adrien.

Los lentes estaban un poco chuecos por el beso. David los arreglo despacio, al ver los ojos cerrados un momento más de lo necesario.

Una ternura feroz despertó en su interior.

—Bueno señor Vairel —continuó Adrien, caminando hacia la cocina. Era el único que conocía qué había allí. David no sería capaz de nombrar en dónde guardaba los sartenes aunque su vida dependiera de ello— Siéntese. Le haré un desayuno con el que ni el Riz podrá competir.

Después de veinte minutos, cuatro canciones de jazz que Adrien tarareó completas, y una quemada de tostada (que David olvidó revisar mientras Adrien freía el tocino), tenían un pequeño festín sobre la mesa de la cocina.

La pequeña. La que usaban los fines de semana.

Adrien empujó la bandeja de dulces con suavidad hacia David.

—Te salvé el de almendra antes de que una turista me apuñalara por él —dijo, sirviendo el chocolate caliente.

Si su naturaleza no lo traicionara, Adrien hubiera percibido las notas de violeta en el aire. El aura íntima de David flotaba en el departamento como un animalito sosegado.

—Pero sobreviviste, ¿no? —bromeó David, dándole un mordisco al pan.

—Apenas. Creo que me insultó por lo menos en tres idiomas —contestó Adrien, inclinándose para limpiar la boca del alfa.

Una ligera exhalación dejó sus labios mientras observaba a David. El último latido se quedó suspendido en el tiempo, mientras Adrien contemplaba la forma infantil en la que el hombre se lamía los labios.

Nadie lo vería así.

Adrien era el dueño de ese David.

—Hoy no tienes permitido trabajar —declaró mientras servía café en la taza del alfa—. Ni responder correos. Ni mirar reportes. Ni aterrorizar diseñadores.




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