Hecho a tu medida

Capítulo 20: Montaje

Cuando entró a su oficina, todo parecía estar en su lugar.

Cualquier rastro de la noche que había pasado allí con ese torbellino cobrizo había sido borrada por el personal de limpieza. Un hilo de tristeza se tensó en su pecho al dejar el café que tenía en la mano sobre el escritorio.

No había toallas húmedas sobre el sillón, ni ropa mojada y, sobre todo, no quedaba ni una pizca de durazno bailando en el aire.

David suspiró.

Una exhalación pequeña, casi imperceptible, mientras colgaba su abrigo en el perchero. Cuando giró a su escritorio, vio la caja negra. Reposaba sobre algunas carpetas. Era una pequeña caja de cartón con el logo de Vairel grabado en la tapa. Sobre ella descansaba la nota de Guillaume.

Era el cinturón.

Había logrado hacer el prototipo. Miró la caja por un segundo sin pestañear; pasó los dedos por sobre el logo. Sintió el relieve y frunció el ceño en incertidumbre. Sus manos se negaban a abrirla. La apretaban, pero el movimiento parecía suspendido en el tiempo.

Esto es estúpido —se dijo a sí mismo, sacudiendo los hombros como su pudiera quitarse así la sensación de extrañeza que lo ahogaba— es solo un cinturón. Un prototipo como todos.

Con un movimiento rápido, alzó la tapa y lo vio.

La creación que había habitado solo en la mente de ese chico hasta hace unas horas, descansaba sobre papel craft como el fósil imposible de un animal que nunca había existido.

No había visto algo así en Vairel ...jamás.

Lo tomó entre sus manos, entrecerrando los ojos para entender las líneas de las costuras. Su pulgar recorrió el metal de la hebilla, lentamente, grabando en su tacto las complejidades del diseño. Tragó saliva. Sintió su peso al alzarlo apenas, como una fruta madura. Había sido un boceto inquietante, una idea peligrosa, soñada sobre papel, pero ahora ....

Eso que anidaba en su mano ya no era una idea, era una certeza. La convicción de que ese zorrito de verano era poseedor de un talento salvaje, todavía ajeno a los límites que otros intentaban imponerle.

Miró la fotografía enmarcada sobre su escritorio por puro instinto. La mirada tranquila de su padre omega le devolvió la complicidad.

—Te habría gustado —dijo David, mostrando el cinturón como si el hombre del retrato pudiera contestarle— Sé que habrías dicho que era hermoso.

La luz se reflejaba en el cuero y el metal, lanzando destellos suaves en esa mañana oscura.

—No sé cómo demonios hizo esto en una bodega —continúo David, negando con la cabeza—. No sé qué sentí cuando lo vi, pero...

Silencio otra vez.

—Papi —continúo el alfa, mirando el cinturón nuevamente. Las mejillas le ardían al pronunciar la palabra prohibida, la que no había dicho hace tantos años porque aún dolía— Tú lo hubieras entendido... me hubieras entendido, ¿verdad?

La puerta de la oficina se abrió en ese momento.

David dio un respingo que casi tira el cinturón. Había estado tan distraído en sus pensamientos, que no había registrado el aroma de Adrien hasta que estuvo adentro.

Con un movimiento seco de la muñeca, el alfa dejó caer la caja dentro del cajón del escritorio que solo se abría con su firma feromonal, lo cerró y miró al beta. Tomó una carpeta al azar de la mesa. Adrien lo miró un instante. Había entrado con la tablet en la mano y solo logró ver una ráfaga de movimiento antes de tener al David de siempre sentado allí.

—¿Qué haces? —preguntó, olvidando la formalidad por unos segundos.

Entrecerró los ojos, analizando los patrones. David nunca le ocultaba cosas pero... algo se sentía extraño.

Observó el rostro del alfa en busca de las respuestas que su boca no siempre le daba. Se apoyó contra el respaldo del sillón negro y cruzó los brazos. Los ojos de David se veían secos, distantes; era la aridez que Adrien lograba quitarle solamente fuera de Vairel.

—Revisaba los documentos para la videollamada con Milán —contestó David.

Abrió la carpeta rogando que tuviera algo que ver con la mentira que había dicho. Flexionó lo dedos que sostenían el cartón. Adrien solo apretó los labios, entrecerró los ojos y suspiró.

—Bien, pues ni te molestes —caminó con seguridad, abrió la agenda en la tablet y se la puso en frente—. De todos modos no podrás asistir.

—¿Qué?

—Sí. Mira —indicó la pantalla con el dedo— Tu papá pidió una reunión en diez minutos. Seguramente es sobre lo que conversaron ayer.

—¿Lo que conversamos ayer? —preguntó el alfa, mirando los colores de la pantalla. Las palabras de Adrien no llegaban a su cerebro.

—Sí. Ayer —repitió Adrien.

Se había enderezado.La mandíbula estaba tensa, las cejas apenas arqueadas.

—Dijiste que hablaron en el château. Pensé que era sobre Asia.

—Ah, sí —respondió David. Forzaba a sus hombros a relajarse. No entendía porqué el corazón le latía, incómodo—. Seguro es algo de eso.

—De todas formas es mejor que yo hablé con GianCarlos —dijo, revisando la tablet. Sus ojos se movían inquietos, comprobando los gráficos con absoluta eficiencia— Iré hoy. Volveré mañana temprano con una respuesta.

Adrien sonrió por fin. No se acercó. No podía hacerlo en Vairel, aunque sus piernas le dolieran por la necesidad contenida de salvar esos pocos pasos y rodear a David.

El beta no cambió su postura pero su mirada cedió, sus hombros bajaron y sus dedos le dieron un ligero apretón al brazo del alfa.

—Todo irá bien —dijo, entregándole la tablet con la carpeta del proyecto ya lista—. Amor.




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