No quedaba nadie en Maison Vairel.
Máxime movió el lápiz de grafito por quinta vez para asegurarse que la mesa de trabajo estuviera impecable. El andar de las manecillas del reloj marcaban las 19.00 de la noche. El alfa se pasó la mano por el rostro y se puso de pie.
Necesitaba moverse. Aflojar los músculos. Despegar un poco de la presión constante que sentía en el pecho. Cerró los puños y resopló por lo bajo. Lo que estaba haciendo era una estupidez. Seguro Lucky y ese alfa imbécil que había encontrado en la bodega no estaban...
No. No podía ser.
Máxime caminó por el taller abandonado rozando la madera de las mesas con las yemas de los dedos. Sentía que el ácido de sus pensamientos lo corroía por dentro; se derramaba por sus costillas, las derretía; salía por sus poros lentamente, chorreando a su paso....
Casi podía ver el piso de mármol resquebrajándose.
Podría haberse ido hace horas, pero había encontrado pequeñas encomiendas que habían retrasado la hora de salida lo más posible. Abrió la puerta del taller y olisqueó el aire. Al principio, no sintió nada más que el leve aroma a plancha caliente y vapor. Agudizó los sentidos; el ceño se frunció, las aletas de la nariz se expandieron a su máxima capacidad, devorando el aire; percibió rastros lejanos de feromonas. El alfa cerró los ojos, una mano apoyada en el marco de la puerta; sus células buscaron en el aire el aroma conocido, amado, que ahora se le negaba.
Ahí estaba.
Durazno maduro.
Máxime abrió los ojos. Lucky seguía en Vairel. Esa había sido la razón por la que esa noche el alfa decidió quedarse esperando en el taller principal. Sabía que el omega se quedaría hasta tarde. Siempre lo hacía.
Necesitaba hablar con él. Después de lo que había visto en la bodega, Máxime no podía esperar. David Vairel había tocado a Lucky. Le había hablado con naturalidad, con.... cercanía. A su Lucky. A ese animalito delicioso que había sido de él y de nadie más. La ira seguía bullendo en su interior con cada movimiento cuando tomó su chaqueta y la mochila de su mesa.
Pronto Lucky saldría a timbrar su salida y entonces podrían hablar. Máxime podría hacerlo entrar en razón. Él podría explicarle, corregirlo, hacerle entender cuánto lo había extrañado. Apagó todas las luces y se quedó un momento en la oscuridad del pasillo, envuelto en la penumbra. Podía sentir su respiración acelerada.
Caminó con pasos decididos, los ojos verdes adaptándose a la poca luz. No tomó el ascensor. Se lamió la boca como si pudiera sentir los labios carnosos, dóciles, plegarse debajo de los suyos. Se escuchaba el resonar de sus pasos al bajar las escaleras de mármol.
Tenía los dientes tan apretados que la mandíbula le dolía. No le importaba. Llegó al lobby que estaba iluminado con las luces tenues de la noche. A través de las puertas vidrieras podía escuchar el tránsito de París, pero el retumbar de su corazón hambriento ensordecía todo. Caminó hacia la parte trasera, en dónde se encontraba la máquina de registro.
Miró alrededor buscando la mejor forma de esperar a Lucky. Los músculos de las piernas estaban tensos como cuerdas, listos para correr hacia el omega en caso de que se pusiera difícil. Máxime sonrió y se apoyó en la pared del fondo, medio oculto por una columna.
Sabía que Lu podía ser difícil. Recordaba cómo el pequeño omega podía mantenerse firme, peleando con una tenacidad que le incendiaba la sangre. Nunca había comprendido si ese fuego que Lucky traía en el cabello, en la piel, le prendían el alma de anhelo o de molestia.
Pero así era su Lu. Era lo que Máxime amaba y era lo que pensaba recuperar. Nunca se había dado por vencido. Ni siquiera cuando el omega había tomado la decisión más estúpida al irse de casa.
Máxime había retirado las aplicaciones de Lucky a las maisons cuando terminaron el Institute. Conocía sus claves, sus contraseñas; había escrito a cada una de las casas de moda agradeciendo su interés cuando llegaron los correos de aceptación, pero declinando su oferta. Motivos personales, había dicho.
No lo negaba. Pero no lo había hecho por egoísmo como lo acusaba Lucky.
Claro que no. Máxime nunca lastimaría a Lu a sabiendas. Había sido necesario. Adecuado. Lo esperado. Si pensaban tener un futuro, Lucky no podía permitirse ese sueño. Ya habían tenido que tomar una decisión imposible una vez por culpa de esas ambiciones. Máxime no estaba dispuesto a repetirla.
Resopló y se resbaló un poco por la columna.
El alfa lo había apoyado todos esos años porque quería que Lu fuera feliz. Ya habían perdido tanto... la oportunidad que se había ido por el drenaje de esa clínica de estado. La unión de los dos.
Máxime lo había hecho porque tenía el derecho, el deber, de encauzar a su omega. De cuidar de esa cabecita loca que no entendía de razones.
Escuchó pasos. Se enderezó atento, pero el aroma a fruta no vino solo. Máxime entrecerró los ojos.
Inhaló despacio.
Pimienta y whisky en el fondo.
El silencio se rompió por el ascensor al llegar. Las puertas se abrieron y dos hombres salieron al lobby. Máxime, instintivamente, se arrebujó entre las sombras que creaba la columna. Las uñas que se clavaba en las palmas formaban pequeñas medias lunas rojizas.
Desde donde estaba no podía escucharlos bien. David llevaba el portatrajes en el brazo y Lucky apretaba una caja negra contra su pecho.
El omega sonreía.
Esa sonrisa amplia, clara, de los primeros días con Máxime. El chico paró un segundo esperando a David. Giró el rostro, la luz le dio de frente. El alfa más joven contuvo la respiración. Las facciones pequeñas, delicadas, brillaban con una emoción que el alfa conocía demasiado bien. Alguna vez Lu también lo había visto con esos ojos grandes, de venado.
—... quisiera verlo....
David le sonrió y colocó la palma abierta en la espalda baja de Lu, guiándolo suavemente hacia las máquinas biométricas.