Hecho a tu medida

Capítulo 22: Costura Francesa

Escuchaban jazz suave mientras el Porsche navegaba el tráfico de París con presteza. Lucky miraba por la ventana de vez en cuando. Las puntas de sus orejitas estaban plegadas, casi doblando la extensión en dos. Lucky trataba en vano de ponerlas rectas, pero el cansancio acumulado que sentía en los huesos ganaba.

— Me muero por ver las imágenes impresas —dijo David.

Tenía una mano en el volante. Llegaron a un semáforo. A pesar del frío, era una noche clara, por primera vez en días sin amenaza de lluvia.

—Imagínate yo —contestó Lu, girando el rostro. Miraba solamente a David— Van a quedar increíbles.

El alfa también giró el rostro en el mismo instante y sus miradas se encontraron. Un segundo en que se hablaron sin decir nada. El semáforo cambió; David aceleró y continuaron su viaje. Por un momento, solo hubo silencio en el auto, la voz del cantante medio amortiguada por el sonido del corazón de ambos.

David estiró una mano y la colocó sobre la pierna de Lucky. Fue un gesto rápido, fluido, casual. Lucky sintió la electricidad que le recorría la pierna. Los vellos pelirrojos se pusieron de punta. Las puntas de sus orejitas se irguieron por unos segundos.

—No tenías que traerme —dijo Lucky. Puso la mano sobre la de David. Ya no lograba apartar los ojos del rostro del alfa. Recorrió la nariz recta, los pómulos suaves, la mandíbula perfilada.

El peso dulce de sus manos entrelazadas sobre su pierna palpitaba dentro de él.

—Ya te dije que no seas tan Lucky —dijo David bromeando, dándole un guiño a Lu—. No podías regresar solo tan tarde.

—Creo que no podré dejar de ser muy Lucky —dijo el omega, riéndose. La mano pequeña apretó apenas los dedos más grandes que tenía debajo—. Y estoy más que acostumbrado a coger metro.

—Seguro que sí —contestó David mirando al omega de reojo. Empezaban a aparecer casitas pequeñas, edificios antiguos, el tráfico se volvía más pesado mientras más se aproximaban a Montmartre—. Sé que eres el zorrito más independiente.

La voz de David estaba cargada de algo tibio y juguetón. Lucky lo escaneó un momento buscando el dejo de burla que hubiera esperado en una frase así, pero no encontró ninguno. Se relajó un poco más, acomodándose en el asiento.

—Pero —continuó David. El auto subía por una vía empinada. Las callecitas cada vez estaban más pobladas, los turistas caminaban a los lejos y la música que venía de los pequeños bistros aledaños se filtraba dentro del Porsche— que puedas cuidar de ti mismo, no significa que siempre debas hacerlo solo.

Los ojos de venado se abrieron apenas, acomodándose a la oscuridad.

Por un segundo, Lucky vio a Bruno en David.

En ese minúsculo instante suspendido en el tiempo, las facciones del alfa mutaron en algo más recio, más viejo y más poderoso. Lucky pensó percibir el olor a oxígeno de su padre, pero el hombre que se asomó en su imaginación no era el que lo había amenazado con traerlo a casa.

No.

Al que Lucky confundió con David, era el hombre que lo cargaba de niño cuando estaba enfermo. El que lo arrullaba cuando Lucky estaba atado a un tanque de oxígeno. Era el alfa grande y poderoso que lo había protegido días y noches, horas enteras, semanas consecutivas, sin darse cuenta que era él mismo quien asfixiaba a su hijo.

Hubo un tiempo en que Lucky amó ser protegido.

Cuando decidió dejar el clan, había entendido que la protección puede fácilmente transformarse en control. Pero ahora, después de la sesión editorial, con la calefacción del auto encendida, Lucky pensó que tal vez... solo tal vez, podía darse el lujo de ser suave.

—Mira, Lu —dijo David, señalando un puesto vacío en una de las calles secundarias— Ese puesto está libre.

—¿Eh? —Lucky salió del ensueño— Puedo caminar desde aquí —dijo ya recogiendo su bolso— No tienes que estacionar. Mi depa está cerca.

—Hey, zorrito —dijo David, tomándolo de la mano suavemente para detener el movimiento— Espera. Me muero de hambre.

David movía el auto con destreza hasta hacerlo encajar en el puesto. Apagó el motor y se volteó para mirar al omega.

—¿No tienes hambre? —preguntó, sonriendo. Con una mano diestra, acarició el cabello de Lu — ¿Por qué no comemos algo? Prometo no demorarte —le dio un empujoncito juguetón a una de las orejas omega—. Vas a estar en la cama máximo a las doce. Como Cenicienta.

—¿Cenicienta? —se rió Lu— Creo que podría acomodar algo en mi apretadísima agenda de pasante.

—Monsieur Clairvaux —David arqueó una ceja, ya acomodándose la chaqueta— ¿de verdad, podría darme algo de su tiempo?

Lucky asintió y le sacó la lengua.

—Molestoso —dijo Lu. No pudo evitar sonrojarse.— Pero debemos apurarnos porque a las doce me convertiré de nuevo en calabaza.

—La calabaza más bonita de todo París —dijo David.

Se bajaron del auto. El frío de la noche les pegó de frente. Lucky sintió esa ligera vibración en el pecho que anunciaba que su pulmón estaba acomodándose, contrayéndose por la neblina.

Inhaló profundo y se envolvió en el abrigo grueso. Su pecho tendría que resistir porque nadie, ni nada, le iba a arruinar esa noche con el alfa que lo esperaba afuera del auto.

David se había puesto el abrigo gris sobre el traje, y se frotaba las manos envueltas en guantes de cuero negro. El corazón de Lu dio un vuelco. Sus orejitas se inclinaron hacia el hombre. Bajó la mirada, las pestañas rojizas acariciando sus mejillas sonrosadas; no quería que el alfa viera el hambre súbita que había aparecido en los ojos azules.

Lu se quedó de pie por un momento. Sin decir nada, solo emborrachándose con la imagen de David Vairel a lado de su auto negro. El omega romántico que vivía en su interior suspiró. El resto de Lucky estaba demasiado ocupado observando los hombros de David.

El abrigo marcaba la amplitud de la espalda.

La luz de las farolas recortaba la mandíbula masculina.

Incluso los malditos guantes parecían contribuir a la fantasía.




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