Hecho a tu medida

Capítulo 23: Pespunte

Estaban sentados en las gradas de piedra de la Basílica del Sacre Coeur. Los crepés estaban a medio terminar, enfriándose rápidamente bajo la brisa nocturna. David tenía las manos manchadas de chocolate, un rastro oscuro y dulce que contrastaba con su habitual postura impecable.

A su lado, Lucky se apegaba un poco más a él, buscando calor de forma casi inconsciente, permitiendo que la cercanía aliviara el frío calador de París. A sus pies, la capital francesa se desplegaba como un manto interminable de joyas titilantes.

La ciudad de las luces.

Desde esa altura, la torre Eiffel se veía pequeña, un faro geométrico apenas brillando en la inmensidad de la noche. El frío y la hora tardía habían dispersado a la mayoría de los turistas; la gran escalinata, por lo general abarrotada, ahora solo albergaba a algunos locales que hablaban en susurros, compartiendo botellas de vino baratas.

—A veces no puedo creer que esté aquí —dijo Lucky, rompiendo el silencio antes de darle un mordisco a su crepé. Sus facciones suaves se perfilaron contra la iluminación difusa de la basílica—. Que vivo en París.

—¿Te gusta vivir aquí? —preguntó David. Su mirada estaba fija en el horizonte, perdida entre las luces doradas de los bulevares.

—Lo amo. Aun cuando bajo del metro abarrotado con ese olor... —Lucky frunció la nariz con una mueca adorable, logrando que ambos soltaran una risa suave que se evaporó en el aire helado—. Camino, veo la torre Eiffel a lo lejos y vaya... Todo vale la pena.

David desvió la vista de la ciudad para enfocar al omega. El brillo de los ojos de Lucky reflejaba la noche.

—¿Extrañas tu hogar?

—A veces. Extraño muchas cosas de allá —contestó Lucky.

Masticaba lentamente, con la mirada fija en el papel encerado de su comida. Luego, dejándose llevar por la quietud del momento, se apoyó un poco más en el costado de David.

En ese espacio abierto, expuesto al viento, el sutil cambio en la atmósfera fue instantáneo. Lucky sintió las feromonas de ambos expandiéndose, entrelazándose de una manera tan suave que apenas parecía real; un hilo cálido que los aislaba del resto del mundo.

—Extraño a mi papá —confesó de pronto, con un nudo repentino en la garganta que hizo que su voz sonara más pequeña—. A mis hermanos. Mi casa, mi cuarto... la comida de mi tierra.

—¿Fue muy malo? —preguntó David.

Su tono bajó una octava, cargado de una genuina y contenida preocupación. Se acercó un poco más, reduciendo la distancia milimétrica que los separaba para ofrecerle el hombro a Lucky como un refugio natural.

Un poco más adelante, un grupo de chicos medio borrachos comenzó a cantar a Edith Piaf. Sus voces, raspadas por el alcohol y la melancolía, se alzaban en la noche, rebotando contra las piedras centenarias de la iglesia.

—Al contrario. No era una prisión. Nadie me tenía encadenado —dijo Lu. Dejó caer la cabeza en el hombro de David, encontrando una solidez reconfortante en el cuerpo del alfa—. La gente siempre cree que uno se va de su hogar porque lo trataron mal, porque huye de un infierno.

David se limpió las manos melosas en la servilleta de papel, arrugándola entre sus dedos largos antes de volver a mirar la silueta de la torre Eiffel en el fondo. Escuchaba con absoluta atención, manteniendo el cuerpo firme para no romper el equilibrio de Lu.

—Me querían —continuó Lucky. Sus orejitas, usualmente tan expresivas, se contrajeron gachas contra su cabello, buscando protección. Acomodó la cabecita mejor en el hueco del cuello de David, respirando el aroma del alfa—. Querían protegerme. Querían que estuviera seguro. Que estuviera cómodo. Que fuera feliz.

—No suena tan mal —comentó David en voz baja, pensando en las estrictas y frías dinámicas de su propio entorno.

—Depende de quién decide cómo se ve la felicidad —replicó Lu, con una madurez silenciosa que golpeó el pecho del alfa.

David asintió con la cabeza, asimilando las palabras. Abajo, los chicos cantaban al unísono, balanceándose de lado a lado. Las voces graves inundaban el ambiente, entibiando el aire helado.

—Y tú —preguntó Lu, interrumpiendo el flujo de sus propios pensamientos. Dejó el crepé a medio terminar sobre sus piernas, liberando sus manos—. ¿Siempre quisiste dirigir Maison Vairel?

David no respondió de inmediato.

El viento levantó algunos mechones del cabello de Lucky y, más abajo, uno de los chicos desafinó estrepitosamente, provocando las carcajadas del grupo. Por un instante, la ciudad siguió viviendo ajena a la conversación que acababan de tener.

—No.

La respuesta de David fue tan seca y fulminante que Lucky se incorporó apenas, despegándose de su hombro para mirarlo directamente a los ojos.

—¿No? —dijo con las cejas levantadas. Las puntas de sus orejitas se irguieron al instante, inclinándose hacia delante, captando cada matiz de la reacción del alfa.

—No especialmente —insistió David, apartando los ojos por un segundo, como si admitir aquello en voz alta fuera un pecado corporativo.

—Pensé que ibas a decir que sí —Lucky lo miró con una genuina sorpresa reflejada en su rostro —. Es decir, eres tú. Es tu legado.

—Todo el mundo piensa eso —respondió David con una leve sonrisa amarga, desprovista de humor.

Lucky asintió despacio. Respiró una vez, dos, rumiando el peso de lo que el alfa acababa de soltar. Era una grieta en la armadura del director implacable.

—¿Entonces qué querías hacer?

David soltó una risita nerviosa, un sonido extrañamente juvenil en él. Para evadir la intensidad de la mirada de Lu, le dio un mordisco rápido a su propio crepé, con tan mala suerte que terminó dejándose una mancha notoria de chocolate cerca de la comisura de los labios.

—No te rías, pero... quería restaurar muebles.

Lucky se terminó de incorporar por completo, girando el torso hacia él. Al ver el rostro habitualmente serio de David empañado por esa mancha de chocolate y notar la suavidad casi tímida en sus labios, no pudo contenerse.




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