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Capítulo 24: Abertura

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Los labios de David lo incendiaban por dentro. Donde sus bocas se conectaban con hambre, calor se derramaba por cada terminal nerviosa de Lucky. El alfa acunó su rostro pequeño entre las manos, mordiendo su boca con una necesidad que le retorcía las entrañas.

El omega gimió contra él, pegando sus caderas a las de David. Sus dedos torpes forcejearon con las mangas del abrigo, enredándose, perdiendo el beso por la urgencia.

—Déjame ayudarte, zorrito —David rió contra su labio hinchado, desenredando la tela.

—Maldito abrigo —murmuró Lucky, lanzándolo al sillón.

Se miraron, apenas separados. La respiración de ambos agitaba el aire viciado de feromonas. David escaneó cada rasgo: los orejeros a medio sacar, los ojos azules brillando en la penumbra lunar.

El lobo dentro de él aulló con los dientes afuera.

El calor creció, denso y pegajoso, humedeciéndole las palmas.

—Lucky... —murmuró sin aliento—. Dios.

—¿Lo quieres? —preguntó el omega. Las mejillas encendidas, los labios rojos y mordidos. El pecho de Lu subía a descompás, pero su mirada no soltaba los ojos verdes— ¿Me quieres? ¿Así?

David no respondió.

No pudo.

Las llamas que lo consumían se alimentaron de sus dudas como paja seca. Sus cuerpos chocaron al abalanzarse. El aire escapó de sus pulmones cuando, poseídos de un deseo desbocado, se devoraron las bocas. David rodeó a Lucky por la cintura; sus brazos apretaron el torso pequeño, dejando marcas rojizas en la piel hipersensible.

Se movieron por la habitación a ciegas.

Las manos de Lucky recorrieron los músculos de la espalda ancha, clavando las uñas como garritas que pedían más. David tropezó con la mesa.

Rieron.

En pocos pasos llegaron a la cocina. Lucky sintió el filo del mesón clavándose en su espalda, pero no le importó. Nada importaba excepto la lengua de David dentro de su boca.

David se quitó el abrigo. Lucky tomó sus manos y las llevó a su boca. Despacio, como un gatito hambriento, tomó el guante de cuero entre sus dientes y jaló. El cuero se despegó con un susurro, liberando la piel caliente. El alfa tragó saliva, hipnotizado por los labios cerrándose sobre la tela.

Un guante.

Luego el otro.

Cuando el segundo cedió, Lu examinó la mano desnuda de David y, con las pestañas rozando sus mejillas, introdujo el pulgar en su boca.

La súbita humedad, el calor de la saliva, envió una descarga eléctrica directa a la entrepierna del alfa. Veía hipnotizado cómo el omega succionaba el dedo como un cachorro, lamiendo la base con un juego sucio y lento. David movió el dedo, acariciando los dientes lisos, la lengua que se acoplaba dócil, envolviéndolo.

Lucky sacó el dedo de su boca. Estaba resbaloso, rojo por la presión. Miró a David con las pestañas temblorosas, la boquita entreabierta, la saliva brillando en sus labios trémulos. Sostenía la mano del alfa contra sí como un objeto precioso.

—Zorrito —jadeó David.

Lucky caminó hacia él. Se detuvo a centímetros de su cuerpo. El alfa no se acercó más, pero cuando sintió su calor, rodeó su cintura y lo atrajo de golpe. No buscó sus labios, sino su cuello. Ese punto en su nuca que encerraba la esencia del omega.

Lucky ladeó la cabeza ofreciéndose; las orejitas gachas, las puntas rojas bajo el pelaje.

El aroma que se desprendía de su glándula era embriagante. Un olor a miel fermentada, a almizcle caliente. El omega soltó un quejido cuando sintió la boca cerrarse sobre su carne. David lamía y succionaba esa unión delicada entre la nuca y los hombros estrechos.

Lucky inclinó la cabeza, los ojos cerrados; la presión en sus pantalones crecía y aquella humedad conocida empezó a mojarle los muslos por dentro.

David mordisqueaba con ansias mientras Lucky forcejeaba con los botones pequeños de su camisa. Separó las piernas apenas, dándole espacio al alfa para encajarse entre ellas.

Un botón.

Dos.

Tres.

Hasta que la piel del alfa apareció. La bufanda de renos cayó al suelo. El gorro quedó olvidado. Y Lucky, ávido, empezó un bamboleo delicioso contra el muslo de David. Su miembro duro se restregaba contra la tela del pantalón del alfa, buscando fricción, buscando cualquier cosa que aliviara la presión ardiente entre sus piernas.

El alfa gruñó contra su cuerpo. El jersey de Lucky le estorbaba. Quería piel. Necesitaba sentir el cuerpo flexible bajo sus dedos. Se apretó contra él.

—Déjame ayudarte —dijo David contra sus labios hinchados, tirando del jersey.

El omega alzó los brazos y el alfa, de un tirón preciso, lo dejó al descubierto. Lucky rodeó su cuello. David lo izó de la cintura y lo sentó sobre el mesón. Sus bocas se devoraron: dientes chocando, lenguas succionando.

Sus pieles se encontraron.

Los pezones pequeños, erectos, rosados, se pegaron al pecho firme del alfa. David se apartó un segundo para recuperar el aliento. Quería memorizar las curvas suaves, los hombros redondeados, la estrechez de la cintura.

Entonces las vio.

Las cicatrices.

—David —jadeó Lu, de repente cohibido. Sus manitas, que habían estado ancladas a su cuello, subieron a cubrirse el pecho—. No me mires. ¿Podemos hacerlo sin que mires?

El alfa se quedó inmóvil.

No había estado preparado para las delgadas líneas que cruzaban el pecho de Lu, bajaban por su tórax, rodeaban su cintura. Algunas casi transparentes, otras rojizas y notorias; una ligeramente elevada.

Bañado por la luz azulada de la luna, con la cabeza gacha y el cabello largo cubriéndolo como un manto, para David no hubo ser más precioso que ese zorro herido.

Bañado por la luz azulada de la luna, con la cabeza gacha y el cabello largo cubriéndolo como un manto, para David no hubo ser más precioso que ese zorro herido




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