Antes de abrir los ojos, Lucky sintió la calidez de la mañana sobre los párpados y, a su lado, el peso reconfortante de un cuerpo más grande. Guiado por el instinto —esa necesidad que crecía en su interior como flores abriéndose paso en primavera—, se giró apenas unos centímetros y se arrebujó contra él, como si entre los dos el invierno no existiera.
El brazo de David lo rodeó de inmediato; la carne se sentía firme bajo sus dedos. Lucky inhaló hondo, manteniendo los ojos cerrados. El aroma de David lo inundó, reclamando cada rincón; las feromonas del alfa viajaron por su sangre, recorriendo sus arterias y marcando el territorio en cada latido.
Lucky sonrió. No quería despertar todavía; necesitaba quedarse anclado a él un momento más, con el tímido sol invernal bañándolos a través de los ventanales y esa paz recién encontrada que le revolvía la cabeza.
Con cuidado, como si el pestañeo más tenue pudiera romper el hechizo, Lu abrió los ojos. Lo primero que vio fue el rostro relajado de David. La curva de la mandíbula había perdido su tensión habitual; las líneas de las mejillas y de la frente descansaban.
La sonrisa de Lu se ensanchó. Recorrió con la mirada ese cuerpo firme, apenas cubierto por las sábanas.
Es hermoso —pensó, apoyándose en el antebrazo para contemplarlo mejor— No creí que pudiera verse tan... tranquilo.
Las mejillas se le incendiaron al recordar la noche anterior. La forma casi animal en la que se había entregado, cómo sus esencias se habían fundido en un vaivén de feromonas y piel palpitante. Y cómo, después de todo, el alfa lo había acunado contra su pecho, encajando la cabecita de Lucky en su hombro mientras sus manos grandes desenredaban los nudos de su cabello despacio, con una paciencia infinita, hasta que el omega se quedó dormido.
Lucky se inclinó un poco y posó un beso suave en los labios de David. Un roce tímido, una caricia que se resistía a despertarlo. Con movimientos milimétricos, se zafó de la enredadera de brazos y piernas y salió de la cama. El frío de la mañana le erizó la piel al instante; la pálida luz del sol no hacía nada por calentar el departamento. Pero allí atrás, escondidos bajo las mantas y enroscados el uno en el otro, el invierno no se había atrevido a tocarlos.
De pie a un lado de la cama, envuelto en un saco deshilachado que hacía las veces de bata, Lucky observó a David una vez más. Quería grabarse esa imagen en la retina con fuego, con deseo, con amor. Era la primera vez que ese hombre dormía en su cama.
Una punzada de incertidumbre hizo temblar su interior mientras caminaba hacia el baño.
La primera... ¿Habría más, después?
El pensamiento lo congeló en el umbral del baño. El frío de la baldosa se le coló por la planta de los pies. Giró el rostro, mirando a David un segundo más.
No, no estaba seguro de que existiera un después.
David era un futuro Primus. Él, un omega sin clan. Lucky ya había aprendido que los clanes no escribían finales felices para historias como la suya.
Dejó correr el agua de la ducha; el vapor no tardó en llenar el pequeño baño, pegándose a su piel enrojecida. Lu contempló su reflejo desnudo en el espejo. Recorrió con los dedos los moretones que empezaban a florecer en su cintura, en sus caderas, en sus muslos; allí donde David, en medio de la pasión, había apretado con fuerza, la silueta se tintaba de un violeta tenue que cambiaría con los días.
Un memento vivo de la entrega de la noche anterior.
Lucky inclinó su cuello de cisne y acarició la piel delgada. Los labios del alfa habían sido devoradores, carnívoros en su arrebato; la zona estaba tan sensible que ya se formaban pequeños cardenales. Su interior volvió a encenderse; alas de mariposa, suaves y quebradizas, despertaron en sus entrañas.
El agua cayó muy caliente, tal como a él le gustaba. Se lavó el cabello con el champú caro, el único lujo que Lu se permitía, y el aire se inundó de un aroma dulce a almendras. Se apoyó contra la pared de la ducha y cerró los ojos. Con el corazón un poco apenado, dejó que el agua borrara los rastros físicos de David sobre su cuerpo. En medio del vapor, en ese capullo de intimidad, se permitió procesarlo todo.
Lucky se estremeció.
En su mente revivió el beso húmedo en la bodega; Montmartre, la intimidad fácil que había crecido entre ellos como si siempre hubiera estado ahí, dormitando, esperando esa noche para despertar por fin. La vibración en su pecho creció; las alas de las mariposas comenzaron a golpearse contra sus costillas y sus pulmones, llenándolo de una ansiedad viscosa que detestaba.
Esas cosas, las más felices, nunca duraban.
Salió de la ducha, se arregló el cabello y se peinó las orejitas omega con esmero. El vapor todavía olía a almendras y a violetas, pero en lo profundo, la mezcla de pimienta y durazno prevalecía. Lucky buscó en el gabinete antiguo y sacó la botellita del supresor de olor.