Hecho a tu medida

Capítulo 26: Punto atrás

Cuando la puerta del ascensor se abrió en el lobby de Maison Vairel, David respiró hondo antes de poner un pie sobre el suelo de mármol.

El olor conocido le golpeó el rostro, apartando de su expresión cualquier rastro de vulnerabilidad. Su cuerpo reconocía la presencia de la maison en lo profundo de sus huesos.

El omega de recepción saludó con voz educada; un «Lord Vairel» suave, casi un susurro en medio del ajetreo de la mañana.

Todo seguía aparentemente igual.

Un engranaje perfecto. Una fortaleza de mármol y herrajes negros donde cada alma —desde las costureras hasta los jefes de departamento— se movía con la precisión de un reloj suizo.

David, sin embargo, podía fingir todo lo que quisiera, pero en su médula sabía que el hombre que pisaba ese suelo hoy no era el mismo alfa del día anterior.

La piel de los dedos le quemaba. El recuerdo de la respiración de Lucky contra su cuello todavía le arañaba las costillas, un rastro animal y sucio que la colonia de trescientos euros no lograba sepultar.

El contraste era un ácido que le carcomía el estómago: el CEO brillante caminaba sobre el suelo pulido, pero el hombre que habitaba ese traje a medida todavía seguía atrapado entre las sábanas revueltas de un departamento que no le pertenecía.

Algo pequeñísimo, una partícula de carne y músculo, se había movido irremediablemente. Apenas un milímetro, pero bastaba para que todo el equilibrio construido durante años comenzara a inclinarse.

Su máscara titubeó; la sonrisa imperceptible que siempre aparecía sin esfuerzo tardó un segundo más en formarse cuando saludó a quien, sentado en el sillón de cuero negro del lobby, había girado la cabeza al verlo acercarse.

—Monsieur Vairel —dijo Adrien, acomodándose los lentes. Estaba con las piernas cruzadas y la tablet ya en la mano—. Bonjour.

Mon chéri —asintió David, tomando la taza de café que Adrien le estiraba—. ¿Qué tal todo en Milán?

Era la rutina de los días en que no llegaban juntos. Adrien siempre pasaba por la cafetería más cercana, compraba la bebida favorita de David y lo esperaba en el lobby. Siempre había sido así: él aguardando en medio de la grandeza del lugar, con la taza humeante en una mano y la mente ya ocupada en la agenda del día.

David encontraba un extraño confort en saber, desde que abría los ojos, que Adrien estaría allí, esperándolo en ese sillón.

Estoy a punto de destruir todo —pensó David.

Y lo peor era que ya no estaba seguro de querer detenerse.

Miró al beta. Cómo entornaba los ojos al mirarlo; la forma en que su cuerpo parecía rotar hacia él de manera inconsciente; cómo sus músculos se acomodaban al ritmo del alfa. Igual que un reloj de muñeca corriendo al pulso de su dueño.

No se lo merece.

—Moví la reunión de hoy con Zúrich para las cuatro —le dijo Adrien, poniéndose de pie mientras le entregaba el dispositivo. El alfa solo asintió—. El equipo legal pidió media hora más para revisar el contrato.

—Bien, gracias, chéri.

David miraba las barras de colores en el calendario de la pantalla, aunque su cerebro no registraba nada. Los datos no llegaban a su mente, completamente empañada por la presencia del beta y por la culpa; la horrible revelación de lo que estaba dispuesto a hacer por no perder a Lucky.

Caminaron juntos, hombro con hombro, dos hombres de traje que dirigían ese imperio.

Adrien miró de reojo al alfa mientras esperaban el ascensor. Su ceño se frunció apenas al notar la rigidez con la que David sostenía la tablet. Sus ojos parecían pegados a un punto fijo.

Ha estado tan ocupado.

—Los consultores entregaron el informe definitivo de Japón —dijo, tratando de romper su abstracción. David giró el rostro y lo miró como si no supiera de qué hablaba—. Ya tenemos suficientes datos para cerrar la etapa de análisis.

—Perfecto —contestó David al subir—. Entonces podemos empezar con la estrategia creativa.

Estaban solos. El espacio estrecho del ascensor le dio a Adrien una excusa para cruzar una pequeñísima línea que siempre mantenía en público. Se acercó al cuerpo más grande, pegando su hombro al del alfa hasta sentir la tibieza de su piel a través de la lana del traje.

—Exacto —dijo el beta. Su mano reptó, tímida, hasta encontrar los dedos de David. Los tomó entre los suyos y les dio un apretón juguetón—. Te extrañé mucho, amor —susurró, como si temiera que el cubículo vacío fuese testigo de la confesión.

David sonrió y le devolvió el gesto, pero sus ojos seguían sin encontrarse con los de Adrien.

David sonrió y le devolvió el gesto, pero sus ojos seguían sin encontrarse con los de Adrien

La respiración de Adrien se cortó a medio camino; sus pulmones se negaron a responder. Aun cuando su condición de beta le impedía oler las emociones de David, podía sentir en la piel cuando algo andaba mal con el alfa.

Esa mañana, el instinto que había afilado como garras a través de los años le aseguraba que algo definitivamente iba mal.

—El siguiente paso es definir la identidad de la Maison para Projet Levant —contestó Adrien, apartando la mano en cuanto la puerta se abrió en su piso. Como siempre, dejó que David saliera primero, tomando la iniciativa.

Pasaron entre oficinas y cubículos, recibiendo las inclinaciones de cabeza y los saludos corporativos que el cargo de David requería.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.