
La conversación del auto había fluido sin sobresaltos, con los dos concentrados en asuntos de Vairel que David utilizó como un escudo para protegerse de la creciente desolación que lo inundaba. Adrien se había mantenido calmado, acogedor, con la mano tibia sobre la de David mientras el Porsche cruzaba las calles nocturnas de París.
Sin embargo, bajo esa apariencia tranquila, el beta había notado cómo David no le devolvió la presión de los dedos ni una sola vez en todo el trayecto.
David se aflojó la corbata en el primer semáforo, se desabotonó los puños en el segundo y, para la última cuadra antes de llegar al departamento de Adrien, el estómago se le había anudado con tanta fuerza que apenas lograba tomar aire.
Siguió a Adrien por el pasillo conocido, recorriendo la alfombra gastada y pasando frente a las puertas de vecinos que había visto cientos de veces. Cuando entró al vestíbulo, el olor a pino le pegó en el rostro como una bofetada. Aún con la falta de feromonas, el alfa había aprendido a asociar el aroma de Adrien a cosas concretas.
Pino.
Bosque.
Limpio.
Pequeñas señales sensoriales que lo anclaban con facilidad.
—Amor —dijo Adrien mientras se despojaba de la chaqueta—. Qué día de mierda.
El beta la colgó en el perchero de la entrada y se zafó la corbata con un gesto cansado. Sus ojos buscaron la mirada de David, pero el alfa mantenía la vista fija en el suelo. David solo lo observó desde el umbral, incapaz de moverse.
Se sabía un cobarde.
Se frotó las manos frías y dio un paso vacilante hacia la sala. El sofá blanco que habían escogido juntos, la alfombra peluda donde se habían sentado tantas noches con café malo y pizza fría, el tocadiscos vintage que David le había conseguido a Adrien... Todo en ese departamento contaba la historia de sus años juntos.
El alfa tragó saliva y cerró los ojos un segundo, esperando a que Adrien se diera la vuelta.
—Estamos tan cerca, cariño —dijo el beta. Abrió la cava de vinos y tomó una botella—. Pero siento que estamos entrando en la peor parte del proyecto.
—Supongo que todo se pondrá más difícil ahora —dijo David sin sentarse, dejando en claro en su tono que no hablaba solamente de Projet Levant.
Adrien se giró con las dos copas de vino en las manos. Escaneó el rostro del alfa, fijándose en las pequeñas arrugas marcadas alrededor de los ojos verdes y en la forma estática en la que David se había plantado en medio del salón. Había una rigidez anormal en la postura del alfa, una distancia invisible que hizo que a Adrien se le oprimiera el pecho con un mal presagio.
En un segundo, Adrien detectó la tensión rígida bajo la camisa.
David estaba estresado, eso era obvio. El beta se acercó con una sonrisa dulce en los labios y puso la copa en la mano del alfa.
—Brindemos por nosotros —dijo.
Con un paso seguro acortó la distancia. El calor del cuerpo de David lo recibió, como siempre.
Era ese el hogar que Adrien ansiaba. El pulso se le aceleró al sentir el aroma masculino de David; inhaló la nota de sándalo en su cuello como un perro hambriento.
David sonrió con los labios tensos y chocó su copa. Tomó el vino de un solo trago.
Adrien arqueó una ceja y saboreó apenas un sorbo. Sí, David había estado extrañamente callado ese día. Con movimientos ligeros, se quitó los lentes y los colocó en la mesita auxiliar. Sus miradas se encontraron, y un respiro se quedó atrapado a medio camino entre los pulmones de Adrien y su boca.
—Amor —susurró Adrien. Estaban tan cerca.
La mano de David cayó como un yunque sobre su cadera; pesada, firme, apretando la carne blanda bajo la tela. El beta se inclinó apenas, irguiéndose en puntillas, y buscó la boca de David.
Y la encontró.
Los labios reaccionaron debajo de los suyos con un calor familiar que sabía a las notas frutales del vino. Se besaron, suave y lento al principio. Mientras Adrien sacaba la camisa de David del pantalón, las manos del alfa subieron por su cintura buscando contacto, deslizándose sobre la tela de la camisa del beta hasta encontrar el calor de la piel viva.
Adrien estaba ardiendo. Besaba a su alfa con abandono. Con la desesperación de la noche en Milán, con la conciencia de que David no había dormido en su departamento. El beta albergaba la certeza de que, tal como en otras exploraciones nocturnas, sería capaz de traer a David de vuelta arrastrándolo con el fuego de su propio cuerpo.
El beso lento creció como una llamarada contenida entre los cuerpos que se fundían. Adrien empujó levemente. El alfa cayó sobre el sillón y miró a Adrien con ojos vidriosos, contenidos y salvajes a la vez.
El beta frunció el ceño apenas.
Para este punto, David siempre se veía deshecho y feliz; las barreras de los Vairel bajaban mientras Adrien lo complacía. Pero esa noche algo estaba fuera de lugar.
Ocultó el temblor de sus manos con habilidad mientras se sentaba a horcajadas sobre el alfa, presionándose contra su regazo con la fe ciega de quien intenta aferrarse a un barco que se hunde.
—Necesitas relajarte, amor —dijo, desabrochando los botones uno a uno mientras dejaba besos húmedos en el cuello de David.
Lamió la carne firme al tiempo que se balanceaba sobre su regazo. Sentía el miembro de David despertando bajo el movimiento.
Eso era lo que deseaba, lo que David necesitaba esa noche.
No conversación, no ternura.
Adrien mordió el labio de David; el gemido del alfa se ahogó entre sus lenguas ávidas. El beta le daría descontrol, frenesí; sexo duro y rápido que le limpiara la mente de cualquier pensamiento fuera de ese salón.
Igual que siempre.
—Adrien… —murmuró el alfa cuando ambos estuvieron sin camisa. El pecho recio se encontró con la fuerza del beta, de torso más esbelto pero igualmente firme.