Hecho a tu medida

Costura 28: Toile

—¿Qué es Vairel? —susurró Lucky bajo la luz titilante de la lámpara, sintiendo la garganta seca de tanto repetirlo

—¿Qué es Vairel? —susurró Lucky bajo la luz titilante de la lámpara, sintiendo la garganta seca de tanto repetirlo.

La pregunta llevaba ocho horas persiguiéndolo, pesándole en la nuca como una losa de plomo.

Sobre la mesa de su pequeño taller del subsuelo, entre el olor a grafito molido y polvo acumulado, tenía decenas de ideas desparramadas. Su mente había comenzado esa tarea como un auto de carreras, listo para arrancar hacia la meta. Pero después de todo un día de barajar posibilidad tras posibilidad, sentía que su cerebro se había secado.

Como un río que se perdía bajo tierra.

Se dejó caer en la silla de madera con un crujido que reverberó en la habitación vacía, sacudiéndole la columna vertebral. Tomó uno de los bocetos y recorrió las líneas con dureza, hundiendo la yema del dedo hasta doblar la orilla del papel. La idea era buena, una de las últimas que había tenido, pero su instinto le decía que no era la respuesta que le estaban pidiendo.

La idea era buena, una de las últimas que había tenido, pero su instinto le decía que no era la respuesta que le estaban pidiendo

El brief había sido claro: necesitaba una pieza conceptual que representara la esencia de Vairel. Se frotó el rostro con rabia, resopló alto y dejó escapar un gemido ahogado, tratando de sacarse de adentro la presión del fracaso que lo paralizaba.

¿Cómo podía saber qué era Vairel?

Lo único que había entendido hasta ese momento era que Vairel parecía saber exactamente quién era mientras Lucky apenas empezaba a descubrirlo.

Sus diseños, así como su presencia, parecían causar un tumulto de emociones que Lucky no entendía del todo. Miró la carpeta con el nombre del proyecto sobre la tapa: Projet Levant.

Por donde salía el sol.

Una palabra que Lu había leído una o dos veces en códices medievales en el castillo de su madre.

Sabía que era el nuevo proyecto de David, pero... no lograba comprender por qué se lo habían dado a él precisamente. Todo olía a trampa, a una carnada puesta con demasiada elegancia.

Caminó por la habitación, rozando los rollos de tela con las yemas de los dedos, sintiendo con el toque tímido las diferentes texturas frías y rugosas. Sí, entendía el objetivo del encargo, pero no entendía por qué la cúpula creativa se había empecinado con él.

Después del fitting, había jurado no volver a meterse en problemas. Solo ansiaba terminar la pasantía, aprender todo lo que pudiera y salir de Vairel con la frente en alto. No iba a conseguir un trabajo ahí, de eso estaba seguro.

Aun así, no todo había sido malo. La idea de que la pasantía tuviera una fecha de caducidad ya no le producía el mismo alivio.

Lucky había encontrado algo que lo hacía igualmente feliz. Sonrió con una nueva luz que le iluminó el rostro y aflojó la rigidez de su mandíbula. El pecho se le aflojó unos milímetros que le permitieron respirar mejor.

Sus orejitas se irguieron y vibraron en las puntas, erizándole el vello del cuello. Lucky no pudo evitar poner una mano en su piel, justo donde el moretón empezaba a sanar. Un escalofrío de placer le recorrió el cuerpo, encendiéndole la sangre por un segundo.

Sin detenerse a pensar, sacó el celular del bolsillo con dedos ansiosos y miró, por décima vez ese día, buscando la notificación que anhelaba.

Deslizó el dedo sobre la pantalla aunque ya conocía el resultado.

Vacía.

Ni un mensaje.

Ni un "¿Cómo vas?".

Ni un punto.

El corazón le dio un vuelco violento que se transformó en un nudo frío en el estómago.

—Dijo que iba a estar ocupado —murmuró para sí mismo. La sonrisa le tembló en los labios antes de caerse por completo. —No pasa nada.

Con un suspiro pesado que le hundió los hombros, se sentó encima de la mesa, que crujió bajo su peso, y tomó el cuaderno de bocetos.

—¿Qué es Vairel? —se repitió nuevamente.

Sus dedos se movieron lentamente sobre el papel, dejando trazos inseguros y perdidos que no lo llevaban a ninguna parte. Entonces, mientras revisaba el diseño que había estado haciendo, la puerta de la bodega se abrió de golpe.

El respingo que Lucky dio fue tan violento que casi se cae de la mesa; sus orejitas, completamente aterradas, se pegaron de llano al cráneo mientras el aire se le atascaba en el pecho.

El respingo que Lucky dio fue tan violento que casi se cae de la mesa; sus orejitas, completamente aterradas, se pegaron de llano al cráneo mientras el aire se le atascaba en el pecho

Las dos figuras que habían entrado lo miraban con una sonrisa en los labios. Claire sonreía mientras Émile miraba el desastre de la bodega con el entrecejo fruncido en desaprobación.




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