Cuando abrió los ojos, lo primero que sintió fue el dolor punzante en medio del cráneo, como si un taladro gigante hubiera empezado en su sien y hubiera seguido y seguido sin detenerse hasta encontrar el centro mismo de su cerebro.
La luz que se filtraba por las cortinas que había olvidado cerrar le escoció los iris, quemándole la vista. La alarma no había sonado aún, pero David sentía el cuerpo tieso como un tronco; intuía con amargura que no tendría ni un minuto más de descanso. El corazón le latía de forma irregular, cada latido a destiempo del siguiente, retumbando contra sus costillas.
La sensación inicial lo confundió al girarse y no encontrar el cuerpo caliente que esperaba.
El lugar a su derecha estaba vacío. No había piel sensible, ni ojos verdes mirándolo adormilados; no quedaba más que sábanas arrugadas y un vórtice de recuerdos que le aprisionó el pecho hasta dejarlo sin aire.
El alfa se sentó en la cama, aún con la ropa arrugada de la noche anterior puesta. Inhaló hondo y olisqueó el aroma salado de las lágrimas que tenía pegado a la piel.
Lágrimas propias que no se sentía con el permiso de derramar; y, las que más le dolían, las que Adrien había derramado, cortándole la carne con cada gota.
Se puso de pie y se estiró, mirando por la enorme ventana de la habitación. Las luces del amanecer aún permanecían a una hora de distancia, sobre todo en diciembre. Caminó descalzo hacia la cocina; el calor del mármol temperado trepó por sus plantas y sus piernas, aunque por dentro David se seguía sintiendo completamente congelado.
Le dio una última mirada a la habitación antes de salir y se pasó la mano temblorosa por el rostro. El departamento estaba sumido en una oscuridad densa.
Su mente traicionera, empeñada en recordarle la alimaña que era, lo envió en un viaje directo al fin de semana anterior: Adrien besándolo quedamente en la cocina, mientras el aroma a croissants y café recién hecho los envolvía.
Ahora no quedaba nada de esa complicidad fácil. En ese nuevo día que se aproximaba solamente quedaba David, de pie en su comedor sosteniendo una botella de agua fría con los nudillos tensos.
Observó el departamento sumido en la penumbra. Creyó ver la silueta postrada de Adrien en el piso. Los hombros encorvados, el rostro desencajado. El estómago le dio un vuelco violento mientras la bilis amarga subía por su esófago.
Adrien había llorado.
Desconsoladamente.
Visceralmente.
Con un dolor tan profundo y crudo, que David no había sabido qué hacer para calmarlo.
Se sentó a la mesa y tomó un sorbo largo directo del envase. La botella temblaba en sus manos. El agua helada le golpeó las entrañas, congelando esa incomodidad que llevaba en los nervios.
Apoyó la botella de vidrio con cuidado y el sonido del cristal chocando con la madera le recordó el vaso roto que había quedado a los pies de Adrien.
Se frotó la nuca con rudeza. Tenía los dedos ateridos.
Había creído que tendría tiempo. Que podría proteger el corazón de Adrien mientras entendía qué demonios estaba ocurriendo dentro del suyo.
Se equivocó. Nada había ido de acuerdo al plan.
El castillo de naipes que había construido en su mente esa mañana se había desmoronado con el primer sollozo del hombre al que…
¿Amaba?
Cerró los ojos solo un instante.
La palabra se le vino fácil, con la práctica de años, pero se quedó atragantada detrás de los dientes, amarga y falsa. Terminó el agua y miró su celular.
5:30 AM.
Maldijo por lo bajo. Sin pensar, con una necesidad visceral que crecía en sus músculos, en sus huesos, escribió una sola frase:
¿Ya estás despierto, zorrito?
Le había prometido a Lucky desayunar con él antes de ir a Vairel. Después de haberlo dejado todo el día solo, después de lo que pasó en su departamento, era lo mínimo que le debía.
Deber.
La frase retumbó dentro de David como una sentencia. Sabía que no era verdad. No le debía nada a Lucky Clairvaux, pero lo ansiaba con una desesperación que le abrasaba la garganta.
El recuerdo llegó acompañado de una tibieza inesperada. Después del desastre de la noche anterior, lo único que quería era verlo.
Sostenerlo.
Ahogarse en él sin remedio.
Caminó hacia las puertas vidrieras que daban a la terraza. La torre Eiffel brillaba a la distancia, rodeada de las pocas estrellas que lograban sobrevivir a la luz artificial.
David abrió las puertas y caminó con decisión hacia el barandal. La brisa de la madrugada le acarició el rostro y su piel conjuró a Lucky, su aliento cálido contra su mejilla en Montmartre.
El frío se coló por la camisa arrugada; la llovizna helada volvía a caer y la bruma se quedó suspendida sobre las hebras de cabello que se escurrían por su rostro. Recordó la carita delicada, los ojos grandes y la forma impetuosa, de animalito salvaje, con la que lo había amado mientras David se desvivía de anhelo.