Cuando llegó al edificio, David ya había llamado nueve veces. A esa hora, las calles de Montmartre bullían llenas de gente. Los dueños de los locales limpiaban los tapetes de las entradas, los cafés y restaurantes sacaban a la acera los menús escritos a mano con tiza, y los turistas empezaban a inundar las plazas de vida.
Una algarabía dichosa se sentía en el aire. El olor a pan recién hecho y al chocolate que empezaba a entibiarse en los carritos callejeros golpeó a David de frente en cuanto se bajó del auto.
A pesar del sol brillante que iluminaba la mañana, el alfa traía las manos heladas y los nudillos rígidos. Una creciente preocupación le oprimía el pecho, impidiéndole llenar los pulmones del todo.
Revisó el celular nuevamente mientras caminaba hacia el edificio de piedra blanca que había visitado hacía unos días. La pantalla seguía vacía; ni una sola notificación. Con la agilidad propia de una rutina desesperada, abrió la aplicación. Sus cuatro mensajes seguían brillando con el símbolo de «no enviado» a su lado.
El revuelo en el estómago se intensificó; un ardor gélido le arañó las entrañas. Había pasado la mañana tratando de contactar al omega. Mensaje tras mensaje, llamada tras llamada sin recibir respuesta.
Los timbrazos lo mandaban directo al buzón de voz y, con cada tono, las garras del pánico avanzaban un milímetro más por su garganta hasta cortarle el aliento. Ver el edificio sin saber si Lucky estaba detrás de aquellas paredes hizo que algo primitivo y violento despertara dentro de él.
Necesitaba oír su voz.
Verlo respirar.
Saber que estaba bien.
No entendía de dónde nacía aquella desesperación, pero sus feromonas bailaban alteradas como un enorme torbellino a su alrededor. Incluso con el control férreo que trataba de implementar, las notas amargas de la preocupación envenenaban y agreaban su aura.
Con pasos acelerados y los puños sepultados en los bolsillos, apretó el celular con tal fuerza que los nudillos le blanquearon, como si pudiera conjurar una respuesta a punta de fuerza bruta.
Negó con la cabeza cuando llegó a la puerta y observó la hilera de timbres. Pocos tenían nombre. Miró las dos filas tratando de recordar si había visto algún número en la puerta del departamento, pero no recordaba nada.
Traía la mente completamente en blanco.
Timbró cada uno con dedos torpes e inquietos. Tenía la boca pastosa y seca. Se pasó la lengua por los labios.
—Buenos días, disculpe la molestia, estoy buscando a Lucky Clairvaux.
Respuesta tras respuesta, la poca esperanza que aún conservaba se moría sin remedio. Jugaba frenéticamente con el anillo del clan sin poder parar, sintiendo los bordes fríos del fénix escarlata incrustándose en la piel al darle vueltas en su dedo.
Todos sus esfuerzos fueron en vano. No había nadie que pudiera darle señas del omega. La parte racional de su mente, la que le pertenecía a Vairel, le decía que seguramente había alguna explicación lógica para la desaparición de Lucky.
Tal vez estaba con sus amigos.
Tal vez había olvidado su cita matutina.
Pero la parte que era solo de él, la parte que era David y nada más, gruñía con un desespero salvaje que lo mantenía helado a pesar del abrigo grueso.
No. Algo no estaba bien. Era un alfa sintiendo que su omega estaba en peligro.
Respiró hondo y sacó el celular del bolsillo. Marcó el número automáticamente con la opción programada y escuchó los dos timbres característicos antes de que su llamada se transfiriera al buzón de voz nuevamente.
—Mierda —murmuró para sí, apretando los dientes, y dio la vuelta para regresar al auto cuando la puerta del edificio se abrió y una mujer de edad salió con una funda de compras al hombro.
La mujer evaluó a David con sospecha, saludó rápidamente y caminó calle abajo en dirección al mercadillo. El alfa, que se había quedado congelado por un segundo, caminó tras ella, manteniendo la distancia suficiente para no asustarla.
—Bonjour, madame —dijo suavemente, forzando una sonrisa lenta y dócil para suavizar la dureza de sus facciones—. Discúlpeme por la molestia. Estoy buscando a alguien.
—Bonjour —contestó la mujer, sin mirarlo de frente, ajustando la correa de su bolsa al hombro contrario—. Pues todos los timbres funcionan.
David siguió caminando junto a ella, igualando su zancada a los pasos pequeños de la mujer.
—Lo entiendo —dijo, obligándose a relajar los hombros, proyectando una calidez contenida que, aunque la mujer no pudiera sentir sus feromonas, se percibía como un calorcito cómodo—. Es solo que no recuerdo el número de su departamento. Es Lucky Clairvaux. Un omega pelirrojo, ojos azules, inconfundible.