Hecho a tu medida

Costura 31: Margen de Costura

Cuando David salió, Lucky pudo por fin dejar salir la tos que había estado sosteniendo. Era una tos húmeda, pantanosa, que le recordaba al omega cómo el frío de la noche había calado poco a poco, centímetro a centímetro, a través de lana y denim, hasta llegar a sus huesos. Y, por último, a su pulmón enfermo.

Se limpió el rostro con el dorso de la mano, tratando de quitarse de la sien el cabello mojado. El toque le dejó una huella ardiente en la frente.

Caminó hacia las bolsas de plástico y ordenó con cuidado los diferentes envases sobre la mesa. Suspiró hondo, tratando que su pulmón se expandiera tan solo con su voluntad. Pero el órgano maltrecho se resistía, logrando que el aire entrara viscoso como brea.

Sin embargo, a pesar de la película de sudor frío que cubría su cuerpo, una sonrisa tímida afloró en los labios de Lu. Abrió una de las cajas y el olor dulce y penetrante de las confituras le inundó la nariz. Salivó un poco, tal vez su cuerpo recordaba que estaba hambriento, aun cuando Lucky no parecía darse cuenta del vacío en su estómago.

Destapó el resto de los envases. Pancakes cubiertos de miel de maple, huevos revueltos, fruta, algunos panes de sal. David había comprado demasiado.

Lucky sonrió.

Por supuesto que había comprado demasiado.

Destapó las dos tazas. Un espresso y, en la otra, una mezcla lechosa y dulce que olía casi a postre. Acercó esta última a la nariz y aspiró con gusto antes de colocarla junto a los pancakes.

Cuando terminó de acomodar el desayuno, David todavía no había vuelto.

Lucky miró hacia la puerta.

Esperó.

Sus orejitas, que habían reaccionado a la llegada del alfa, cayeron inertes, temblorosas. El omega sentía el sudor escondido por el pelaje. Acomodó la orejita tupida con torpeza, y se limpió las manos sobre el pantalón húmedo.

Se sentó a la mesa y tomó el inhalador que llevaba en el bolsillo. Una inhalación profunda y el salbutamol viajó a través de su laringe hasta llegar al centro de su pecho. El alivio químico luchó contra la opresión, pero su pecho se resistía, terco, tan parecido a su dueño.

Otro arranque de tos hizo que el cuerpo pequeño se estremeciera desde la base de la columna.

— No ahora —susurró, frunciendo el ceño. Los ojos le escocían con el calor que la fiebre le enviaba a las cuencas pero que no le llegaba a la piel— Maldita sea.

Entonces la puerta se abrió, y entró el hombre al que el omega esperaba con una ilusión casi infantil.

—Perdóname, zorrito —dijo David acercándose para darle un beso en la frente—. Estuve corriendo como loco por todo Vairel.

Lucky rió y se puso de pie demasiado rápido. El suelo pareció inclinarse apenas bajo sus pies. Tuvo que tomar aire.

Una vez.

Otra.

La segunda respiración se enganchó a medio camino, quemándole la garganta, pero Lucky ya estaba sonriendo cuando David llegó hasta él.

—¿Estás bien?

—Me levanté muy rápido —respondió, como si aquello explicara todo.

Y antes de que David pudiera mirarlo con demasiada atención, Lucky le rodeó el cuello con los brazos.

—No pensaste en dejarme plantado, ¿verdad, Lord Vairel? —preguntó con las mejillas encendidas.

El alfa acunó su rostro y le dio un besito en la punta de la nariz.

—Después de todo lo que hice para encontrarlo, jamás lo dejaría plantado, Lord Lucky.

El nombre dicho en broma llegó como una bomba. El pulso de Lucky dio un vuelco violento. Retrocedió medio paso, sus orejitas se tensaron y la mano que sostenía el blazer de David se cerró en un puño.

Lord Lucky Van Leuven.

El solo pensamiento envió una corriente eléctrica a través de sus venas, quemando cada célula.

David arqueó una ceja, sorprendido, notando apenas el cambio en el rostro del omega que se recompuso en segundos.

—Mira lo que conseguí —dijo David, mostrándole una camisa de rayas diplomáticas—. Siempre tengo algo de ropa en mi oficina por si acaso.

Lucky, con la sonrisa inerte que se obligó a pegar en el rostro, tomó la camisa y la acercó a su rostro. Cerró los ojos y aspiró profundo. Sus orejitas se alzaron ante el aroma a pimienta y whisky que estaba impregnado en la prenda.

—Está limpia —dijo David, con una sonrisa—. Pensé que aunque no es de tu talla, es mejor que estar mojado todo el día. Pero si quieres puedo buscar algo en el cuarto de inventario y...

—Esto es perfecto.

—Que bueno —dijo David, con las mejillas encendidas—. Sería un honor que mi omega bonito use mi camisa todo el día.

—Bobo —dijo Lu. Apretaba la camisa contra su pecho.

—Y mira —explicó el alfa mostrándole el pantalón que llevaba en la otra mano— encontré esto en el almacén; creo que son de tu talla.

Lu recibió el paquetito, ladeando el rostro. Tenía la mirada fija en las prendas.

Era un pantalón jean negro, un cárdigan gris, y un par de medias.

—¿Estás vistiéndome entero? — preguntó entre risas.

—Lo estoy —dijo David, acercándose hasta rodearlo por la cintura—. Pero solo si me dejas vestirte de verdad.

Lucky se mordió el labio y sus orejitas cayeron de lado, pegándose al cráneo con docilidad. Su aura se expandió apenas, el durazno se acercó tímidamente a David, hasta rozar el límite de sus feromonas.

—Bueno, primero debes desvestirme —murmuró Lu. Los ojos azules brillaban en la luz tenue de la bodega— antes de poder vestirme.

David sonrió, una sonrisa franca que aflojó su mandíbula. Se relamió los labios y dio el medio paso que lo separaba de Lu. Sus cuerpos estaban alineados, juntos, tan cerca que ni un hilo podría pasar entre ellos.

—Soy muy bueno desvistiendo —dijo el alfa, tan cerca de los labios del omega, que su aliento cálido se mezcló con el suspiro que se escapó de la boquita rosada.

Lucky respiraba deprisa. Cada bocanada llegaba acompañada de un silbido tenue, perdido entre suspiros y el roce de la ropa.

—¿Y también eres muy bueno vistiendo? —preguntó Lucky, mordiendo el labio inferior de David.




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