—Está deliciosoooo —dijo Lu, después de darle un sorbo a su bebida—. ¡Qué rico, David!
El alfa sonrió al ver la mirada de ilusión brillando en los ojos del omega. Sus orejitas estaban atentas mientras Lucky se lamía los labios, instintivamente, luchando por no perderse ni un sorbo.
—Cuando vi semejante aberración en el menú —continuó David, saboreando su propio café negro—, supe que te encantaría.
—Bueno, es la primera vez que pruebo un latte de choco-tiramisú —admitió, con la boca manchada de chocolate— y debo decir que es la mejor bebida del mundo mundial.
David asintió, estiró una mano y le limpió la boquita con el pulgar. Lucky ladeó la cabeza y lo miró con los ojos entornados, sintiendo una descarga eléctrica y cálida erizarle la nuca.
—Bueno, ahora que estás casi seco y alimentado —continuó David, recogiendo los envases vacíos—, es hora de que me expliques qué está pasando con ese dichoso encargo. Sé que ayer desaparecí. Lo siento mucho, mi Lu.
Después del intento fallido de besos sensuales que había terminado con la lluvia de materiales y Lucky y David en el piso, habían dedicado la buena parte de media hora a recoger todo el desastre.
Al momento de ordenar los estantes, Lucky se había fijado en la caja de sombreros que había tratado de tomar en varias ocasiones y que ahora había dejado en el estante bajo con emoción contenida.
La revisaría después, con más calma. Había algo en ella que le llamaba la atención como una bengala. Era hermosa, de construcción sencilla pero elegante, y aunque el cuero estaba cuarteado por el tiempo, la belleza y calidad del material era evidente.
En ese momento, la caja verde permanecía inocua ocupando su nuevo lugar en la bodega, ajena a las repercusiones que su contenido podría acarrear.
Lucky se había cambiado y habían desayunado entre besos y conversación sencilla, nada importante. El omega había sonreído con ligereza bajo el toque manso de David, escondiendo la tos molesta y rasposa en el fondo de su pecho.
—Supongo que no hay forma de escapar —murmuró Lu, esquivando la mirada penetrante del alfa mientras se apretaba los muslos.
—¿Qué sucede, zorrito? —preguntó el alfa con el entrecejo fruncido—. ¿Por qué no quieres contármelo?
Una mano grande, pesada, tibia y posesiva, se posó sobre la más pequeña de Lu y le dio un apretón firme. Lucky suspiró y bajó la mirada, observando las manos entrelazadas.
—No es eso —dijo. Se desenganchó del agarre con pesadez, tomó el brief del proyecto y se lo extendió—. Solo no quiero causarte problemas.
Las manos le sudaban y un silbido tenue en su respiración rompió el silencio mientras David ojeaba la carpeta. Lucky había retirado la mano y retorcía los dedos, enganchando las uñas en el hilo suelto de la manga de la camisa.
—No entiendo —dijo David. Lucky podía percibir cómo las notas oscuras de su aura se intensificaban, densificando el aire hasta volverlo sofocante, casi espeso—. ¿Te pusieron a cargo del proyecto creativo de Projet Levant?
Lucky asintió despacio. Sentía las mejillas ardiendo bajo una oleada de calor violento y molesto.
—Solo de una pequeña parte. Es una pieza conceptual —dijo con hilo de voz—. Me lo dieron ayer.
David cerró la carpeta con delicadeza, aunque sus nudillos estaban blancos, secos de tensión, de tanto apretar el cartón. El chasquido al cerrarse retumbó como un disparo.
—¿Quién fue?
—Marianne y Jean-Luc —no pudo evitar el resentimiento que se filtró en las palabras. Solo con pronunciar los nombres, sintió el regusto amargo de las gotas de veneno destilando en su lengua.
David lo miró por un segundo. Sus pupilas se dilataron bruscamente, y los iris verde esmeralda casi desaparecieron por completo bajo un pozo negro e instintivo.
—Son unos malditos imbéciles —dijo en un susurro tan cargado de peligro que envió escalofríos helados recorriendo toda la columna del omega—. Una editorial conceptual sobre la identidad de Vairel no es un encargo para un pasante.
Entonces Lu alzó la mirada que había tenido fija en la taza de cartón. Las orejitas se le erguieron apenas, aunque las puntas seguían gachas, dobladas como si llevaran sobre ellas un peso que no podían sostener.
—Entonces crees que no puedo hacerlo —dijo Lu. Las palabras salieron más amargas de lo que planeaba. Esa costumbre que tenía de siempre probarse a sí mismo hacía imposible que la desconfianza en las palabras del alfa no dejara una huella ardiente en su orgullo.
Se puso de pie y se alejó de la mesa, dándole la espalda a David. No quería, no podía verlo a los ojos cuando el alfa le confirmara que ese encargo era demasiado para él.
—No quise decir que no pudieras —dijo David. Lucky sentía su mirada clavada como un peso físico en la espalda. Las feromonas del alfa se acercaron, rodeándolo, tanteando su cabello, sus orejas, hasta posarse inocentemente en su glándula—. Pero es una tarea enorme incluso para alguien con años dentro de la Maison. ¿Cuánto tiempo te dieron?
El aura de dominancia se había incrementado, apretando el aire hasta unos decibeles implacables que empezaban a apabullar la resistencia biológica del omega. Presionaron un milímetro en la glándula, como si dedos helados hubieran decidido acariciarle el cuello y paralizarle la respiración.