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Costura 33: Retazo

Las pertenencias dentro de la caja le devolvieron la mirada cuando Lu retiró la tapa de cuero con los dedos temblorosos

Las pertenencias dentro de la caja le devolvieron la mirada cuando Lu retiró la tapa de cuero con los dedos temblorosos. Los ojos del omega estaban maravillados, sus manos flotaban sobre la variedad de objetos sin decidirse a tocar nada. Sentía, muy en el fondo, que sería un gran atrevimiento profanar con sus yemas todas esas pertenencias que habían esperado décadas ser encontradas.

Con un toque suave, casi como si estuviera pidiendo permiso a un fantasma, metió las manos y tomó el cuaderno que reposaba sobre las demás pertenencias.

La tapa era también de cuero, pero el material era de una variedad suave, flexible, desgastada por un uso antiguo. Lucky lo examinó bajo la poca luz que se filtraba en la estancia.

Tenía algunas manchas por el paso del tiempo, pero se había mantenido sorprendentemente intacto a pesar de la humedad de la bodega. El diseño era simple, cuero negro, y en la esquina izquierda inferior tres iniciales grabadas con hilos de plata ya oxidada: T.S.C.

Lu frunció el ceño, sintiendo una ligera punzada de curiosidad, al repasar el relieve metálico con el pulgar. Pensó un momento, buscando en su memoria algún recuerdo que esas tres letras trajera a la superficie. Pero su mente se quedó en blanco. No se le ocurría ni una sola persona que conociera con esas iniciales.

Entonces examinó el cuaderno con más detenimiento; analizó cómo las hojas se expandían, algunas arrugadas en los bordes, seña inconfundible de que había sido llenado, amado y usado con mimo.

Al omega le oprimió el pecho un dejà vu que lo remitió a los cuadernos de bocetos que tenía guardados en su departamento, llenos de ideas que no habían cobrado vida.

El cuaderno estaba atado con una una cinta decorativa de satén oscuro con el mismo símbolo de la grulla. Una exhalación se le atascó en el pecho, espesa por el polvo acumulado en el ambiente.

Tosió una vez.

Dos, la garganta raspándole en medio de la penumbra antes de atreverse a retirar la cinta.

La primera página lo recibió con el boceto de una silla.

Era un dibujo de líneas simples que, sin embargo, captaba la esencia del mueble de madera. Lucky lo observó mientras se mordía el labio, saboreando el retrogusto de David en la lengua. Giró el cuaderno para ver las líneas que se habían dibujado tan perfectamente, que por un momento Lu pensó que podría estirar la mano, romper la frontera de papel, y tomarla hasta tener un mini modelo a escala en su palma.

Alrededor del dibujo central, aparecían pequeños garabatos de partes de la silla; aquí una pata, allá un respaldar, a la izquierda un acercamiento a las vetas de la madera. En el borde inferior de la página, el autor había escrito una sola anotación que le sacó una risilla baja a Lu.

Bonita. Incómoda como el demonio. Mamá dice que sentarse derecho forma el carácter. Creo que solo forma dolor de espalda.

Lu, encantado, pasó la hoja y se encontró con un dibujo en acuarela

Lu, encantado, pasó la hoja y se encontró con un dibujo en acuarela. La pintura se había secado hace años, pero los colores que el artista había escogido aún brillaban ante el omega. El azul del cielo, el rojo de los peces nadando en la fuente, el verde del pasto. Lu siguió con la mirada el patrón de las pequeñas flores de los arbustos decorativos. Sintió el papel grueso y rugoso rugir despacito entre sus dedos.

Era un cuaderno de dibujo tal cual se lo había imaginado.

Pasó página tras página, decenas de garabatos y dibujos aparecían a sus ojos. Algunos eran lugares —una cafetería, un parque, una iglesia—, otros, objetos, cajas de música, muñecas de porcelana, un viejo relicario.

—Así que eras un artista, T.S.C —murmuró Lu con una sonrisa. Algo se había calentado en su corazón—. Igual que yo.

Dejó el cuaderno a un lado y reparó en el resto de los objetos que aguardaban su atención. Vio algunas entradas a eventos, teatro, conciertos, y unos pocos boletos de tren amarrados con una cinta púrpura. Encontró algunas polaroids ya gastadas en los bordes, lugares en París que Lu reconoció de sus vagabundeos por la ciudad y otras instantáneas de naturaleza que no supo identificar.

Lucky se sentía como un niño con el corazón latiéndole aprisa por esa curiosidad que había sentido al explorar los pasadizos interminables del Schloss, descubriendo sus secretos.

Mezclados entre las fotografías también encontró varios sobres. Los analizó a contraluz, notando el peso de los folios al moverlos e hipnotizado al verificar que todos estaban llenos. No había remitente ni destinatario, ni nada que le diera una pista sobre a quién habían sido dedicadas las cartas.

Examinó los sobres. Era papel grueso, costoso y escaso. Dejó las cartas a un costado, para seguir inspeccionando el interior de la caja. Estaba forrado con una tela preciosa, teñida de un púrpura profundo. Pasó los dedos para sentir la textura. Era seda real, helada al primer tacto.

Lucky tenía los ojos abiertos de par en par para no perderse ni un solo detalle. Inspeccionó la tapa y en el costado izquierdo, casi escondido por el borde, vio de nuevo las iniciales bordadas en la seda.




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