Émile examinó la pieza terminada. Lu contenía el aliento mientras jugaba con un retazo de paño negro, apretándolo entre sus dedos fríos y sudorosos.
—Muchacho —dijo el hombre, repasando la punta del bigote con los dedos. Una y otra vez, como quien acaricia a un gato esquivo—, ¿reforzaste las costuras en los arcos?
Lucky se acercó para ver mejor la intersección en la tela que Émile estaba señalando, sintiendo las piernas pesadas por la falta de sueño.
—Sí, la reforcé dos veces —indicó con el dedo en dónde había asegurado la unión de la sección desplegable del modelo—. Pensé que la gravedad no permitiría que se extendiera, pero encontré la solución con la overlock. La repasé dos veces antes de insertar las varillas internas.
Émile cruzó los brazos en el pecho, ignorando los murmullos del taller. Claire asintió, inclinándose para verificar las costuras de la base del abrigo.
—Lu —dijo Claire, con los ojos abiertos de par en par—, no pensé que terminarías algo así.
Las palabras de la diseñadora eran como un bálsamo que se derramaba sobre los músculos cansados, el pulmón ardiente y los dedos llenos de ampollas de Lucky. Muchos de los detalles de la pieza habían sido cosidos a mano tras horas y horas de enhebrar hilo, hacer nudos y pasar la aguja hasta perder la sensibilidad en las yemas. Ahora, por fin, Lu podía ver la imagen que se le había venido a la mente en medio de la lluvia.
Y Claire pensaba que era bueno. Aún cuando la presentación frente a Marianne del día siguiente fuera mal, ese pequeño reconocimiento le hinchó el pecho de orgullo. Él tampoco había pensado que lo terminaría a tiempo.
Pero pasar la noche en vela tuvo su recompensa. Lo había logrado; pasara lo que pasara después, tenía algo que mostrar.
—Dios sabe que lo intenté —dijo Lu, recorriendo la manga con las yemas de los dedos y acariciando el paño con devoción—. Me gusta mucho cómo quedó.
—Es interesante —dijo Émile, revisando el dobladillo del cuello alto que cubriría medio rostro del modelo.
—Claire me dio la idea con lo que dijo del paraguas —dijo Lu, e hizo una pausa para limpiarse las manos en el delantal antes de tomar los bocetos y mostrarles la idea base.
Claire tomó los dibujos, inspeccionando las formas que conformaban el abrigo. A simple vista era una pieza rígida, casi militar, con terminaciones en cuero negro que cubrían los dobleces de la tela ahí en donde estaba construida como una catedral. Había arcos, recovecos, nervaduras en la construcción del torso y, sin embargo, seguía la silueta femenina.
—Pensé en una estructura rígida, diseñada para proteger, para cubrir —murmuró Lu, señalando con el dedo uno de los bocetos con el entusiasmo de un niño. Sus orejitas se irguieron apuntando a Claire—. Como un paraguas. De ahí salió la idea de la estructura como una fortaleza. Eso es Vairel. Un bastión de la elegancia.
Émile escuchaba atento. Se acercó a revisar las terminaciones de la cadera. Entrecerró los ojos y, con un movimiento que hablaba de años de destreza, sacó la lupa de su bolsillo y examinó las costuras.
—¿Remataste por detrás? —preguntó, acercando la lupa al mover una tira de cuero con una uña perfectamente cortada—. Debiste ajustar por el revés para que quedara así de limpio.
—Sí —dijo Lu, mostrándole el mecanismo escondido dentro de la manga—, como me enseñaste, Émile. Y todavía falta la sorpresa… ¡Les va a encantar! Estoy seguro.
Se le escapó una tos húmeda, fangosa, que le desgarró la garganta y reverberó alrededor del taller, llamando la atención de todo el personal. Lucky se disculpó, dando una inhalación profunda, ahogando un gemido de dolor mientras apretaba las costillas, tal como le habían enseñado de pequeño.
—Lu —dijo Claire con los labios apretados en preocupación—, te dije que no te mojaras. Has tosido toda la tarde.
Lu sentía la enfermedad creciendo… diminutas partículas de mal que se esparcían en su interior, contaminando sus bronquios, calentándole la sangre en oleadas de fiebre. Tragó saliva con dificultad.
—Es verdad, chico —dijo Émile con las cejas juntas como orugas—. Debes irte a descansar, ya.
—Les prometo que me iré pronto a casa —dijo con las orejitas gachas—. Ya está todo terminado.
Lucky le dio una inhalación más a su inhalador, apretando el recipiente plástico con fuerza hasta sentir el frío del gas en el paladar e ignoró las miradas desconfiadas que ambos le lanzaron. Había perdido la cuenta de cuántas veces lo había usado ese día.
En el borde de su mente, sabía que era solo una solución temporal para el verdadero problema. Ese que crecía silenciosamente.
Pero ahora podría irse a casa con David y todo estaría mejor. Había acabado su pieza, y por fin podría descansar.
—Entonces —continuó una vez la tos cedió, aunque el silencio se rompía por el silbido metálico que salía de su pecho—, si halas esta pequeña palanca en la manga… —los ojos azules brillaron otra vez, encandilados bajo la iluminación perfecta del taller— ¡Voilà!
Claire dio una exclamación de sorpresa, llevándose una mano a la boca para cubrir el gritito de emoción que se le escapó.
Las costuras de la espalda se abrieron de un tirón, y dos estructuras que recordaban alas de murciélago se desplegaron, revelando la arquitectura interna que se había mantenido escondida hasta ese momento.