Cuando David llegó al taller principal, Lucky ya no sentía los dedos. Los tenía ateridos, con múltiples curitas cubriendo aquellos pinchazos y cortes que no había previsto. Émile le había dicho que era inevitable; hasta los mejores costureros terminaban lastimándose las manos en medio de la carrera loca por terminar una pieza, pero aun así el dolorcito incisivo le pulsaba debajo de las uñas y no lo dejaba pensar con claridad.
Lu sintió su proximidad tan pronto el alfa caminó por el pasillo; la estela de las feromonas lo había buscado desde que David bajó del ascensor, adelantándose a su dueño como sabuesos. Su aura de dominancia llegó al omega unos segundos antes, reptando por debajo de la puerta entreabierta, abriéndose paso a través de las mesas de corte, hasta llegar a su destino.
Lucky alzó la mirada al sentir las volutas casi imperceptibles jugar con su cabello y enroscarse tentativamente alrededor de sus orejitas omega. Sus ojos se incendiaron con expectación y sus pupilas se dilataron al percibir la presencia que se acercaba a través del largo pasillo del segundo piso.
Las feromonas de David también alcanzaron al otro miembro del taller capaz de sentirlas. El mismo halo juguetón que caramelizaba a Lu, bajando sus defensas y calmándolo como si una mano tibia le acariciara la nuca, encontró a Máxime y empujó levemente a su propia aura.
Este último se detuvo en medio movimiento; las manos rígidas que sostenían la aguja se habían crispado. Las fosas nasales de Máxime se expandieron, buscando el origen de aquella sensación, mientras su propia aura, densa como el cuero caliente, se expandió cubriendo la mesa de trabajo como un territorio que defender.
Cuando David Vairel entró al taller, el ruido de las planchas de vapor, las máquinas de coser y el ronroneo natural de los chismes que se acumulaban en la habitación cesaron de sopetón, como si un telón hubiera caído y todos esperasen ver qué había detrás. Lucky se había puesto de pie un segundo antes de que el alfa abriera la puerta, y esperaba con las manos lastimadas escondidas en los bolsillos junto al maniquí.
Émile y Claire dejaron de hablar al verlo y se acercaron al alfa con el ceño fruncido. Su presencia en el taller principal era inusual, por decir lo menos. Era muy raro verlo en territorio enemigo y menos aún… solo.
—Lord Vairel —dijo Émile, con voz grave—. ¿En qué le podemos ayudar?
Lu no había dicho palabra; mantenía la mirada clavada en el piso, aunque cada fibra de su cuerpo le pedía a gritos que se acercara a David. Las mejillas se le colorearon al percibir que todos miraban al alfa, como si se tratase de una aparición.
Lu sentía el aire denso y percibió cómo la musculatura del hombre vibró con contención cuando sus propias feromonas de omega salieron al encuentro para saludarlo.
En medio de los ojos curiosos, el omega sintió la única mirada que no estaba sobre David. Giró el rostro, buscando las cuchillas que se le clavaban en la nuca. Máxime lo observaba con los brazos cruzados desde su mesa de trabajo. Tenía el rostro tensionado, contorsionado en un gesto de puro disgusto. Un escalofrío helado le recorrió la espalda al omega, quien apartó la vista como si se hubiera quemado.
—Émile —dijo David, inclinando la cabeza en saludo—. Claire —la sonrisa era pequeña, minúscula, escondida entre su frialdad usual, pero Lucky la reconocía—. Me comentaron que ya se había hecho el encargo para la primera prenda editorial de Projet Levant.
Ambos asintieron, aunque el entrecejo de Émile continuaba fruncido.
—Sí, mi lord —dijo Claire entusiasmada, caminando hacia el maniquí—. Madame Toussaint se lo asignó a Lucky —señaló al omega con la mano—. Se lo había presentado antes. Es uno de nuestros pasantes, ¿lo recuerda?
—Me parece que sí —contestó David, arqueando una ceja—. Clairvaux, ¿verdad?
Claire miró primero a David y después a Lucky. Algo en aquella respuesta pareció hacerla vacilar apenas un segundo. El omega no lo notó. Estaba demasiado ocupado tensando la mandíbula para evitar que la sonrisa se le escapara.
David giró hacia Lu y su sonrisa apenas se amplió en la comisura de los labios. El omega se mordió la cara interna de la mejilla para no echarse a reír enfrente de todos. El calor que había empezado en sus mejillas se derretía hacia abajo, calentándole el torso, las manos, hasta la punta helada de los dedos.
—Sí, mi lord —contestó, con las orejitas pegadas al cráneo en sumisión fingida—. Permítame explicarle la pieza.
David asintió, apenas notando cómo las feromonas más jóvenes de Máxime los rodeaban poco a poco.
Sentía una ligera molestia en la periferia de la mente, como un picor hostil que no podía atender en ese momento. Su aura de dominancia se expandió con peso aplastante mientras escuchaba a Lu, apabullando la estela del alfa más joven. David dibujó un gesto de sutil suficiencia cuando el aura de Máxime tuvo que replegarse frente al olor dominante que él emanaba.