Una de las orejitas omega de Lu dio un leve tirón, orientándose hacia la fuente del aroma, mientras la otra se quedó quieta, gacha y relajada, inclinándose ligeramente hacia el alfa que lo estrechaba. Estaban juntos, Lucky y David, arrebujados en toallas y mantas sobre la pequeña cama, sintiendo el compás pausado de sus propios pechos al respirar, sin hablarse después del baño que habían tomado.
David había lavado el cabello sudado de Lu, mientras el omega se adormecía a intervalos en medio del agua caliente de la bañera. También había limpiado la piel húmeda con jabón suave, peinado el pelaje de las orejitas con mimo, y sostenido el cuerpo laxo de Lu contra su pecho mientras las olas de tos rompían el chapoteo del agua.
La medicina que había tomado apenas llegaron al departamento, el baño caliente, y el arrullo del cuerpo más grande junto a él, le habían quitado el filo más peligroso a la opresión que el omega sentía en el pecho, reduciéndola a un latido sordo.
—Vamos a llegar muy tarde —susurró Lucky contra la piel del pecho de David, sintiendo la vibración de su respiración bajo los labios.
Solo hubo un suave gruñido por respuesta. Lu se apoyó en un codo para ver el rostro del alfa. Lo que vio le sacó una sonrisa de deleite: David estaba adormilado, con las pestañas larguísimas y copiosas pegándose a las mejillas. Se veía tranquilo… en paz debajo del cubrecama de hortensias.
—David —dijo Lu, posando un beso suave en la mejilla rugosa—. Vamos, alfa perezoso.
Le hizo cosquillas entre risas. David solo sonrió complacido, recomponiendo su agarre para atrapar las manitas traviesas que se metían debajo de la bata demasiado pequeña.
—No me importaría quedarme aquí —dijo el alfa, atrayendo a Lucky con el brazo hasta pegarlo contra su cuerpo pesado por el sueño. Hundió el rostro en la nuca de Lu, aspirando hondo para beberse el aroma del omega hasta la última gota—. Podemos pedir algo de comer y quedarnos calientitos en la cama.
Las pupilas de David se habían dilatado tras la sombra de sus párpados semiabiertos. Pegó su cuerpo más a Lu, envolviéndolos en una misma toalla cuando la suya terminó abriéndose. El omega suspiró, amoldando su espalda de lleno contra el alfa.
—Suena tentador, Lord Vairel.
—Tú, yo y una pizza con extra queso y pepperoni —dijo David, dejando una estela de besos tibios en el cuello de Lucky, que se removió en sus brazos soltando una risita.
—¿Es todo lo que tiene que ofrecer, mi lord?
—Bueno, ¿qué tal una pizza y un postre ridículamente azucarado?
Lucky bajó el rostro y besó a David. Se acomodó para acunar su rostro entre las manos, acariciando la mandíbula definida. Sentía el roce áspero de la barba debajo de los pulgares.
El calor lo inundó.
No la sensación calcinante de la fiebre que ya había bajado y esperaba detrás del analgésico como un perro rabioso listo para ser liberado. No, este era una tibieza que nacía del centro del omega y se derramaba por sus venas, empapando cada centímetro con la deliciosa sensación de pertenencia.
Pensó en Máxime súbitamente. Lo había amado de verdad. Y, aun así, nunca se había sentido así, con esa entrega casi dulce en los huesos.
Los brazos de David le rodearon por completo y una idea extraña, alimentada por la sensación nueva, echó raíces en su mente.
¿Y si David era su mate destinado? ¿Podría haberlo encontrado al fin?
Lucky se separó del beso y lo miró de frente; sus ojos se encontraron con los ojos oscuros del alfa en medio de la luz trémula del departamento. David lo miraba. La mirada le pesaba, serena, y el arco de sus labios hablaba también de una profunda felicidad.
No, es muy pronto —se dijo Lu, sin apartar la mirada.
No se conocían lo suficiente.
Aunque sintiera una conexión poco probable con un hombre con el que apenas había tenido una cita.
Aunque quedarse en la cama con él sonara como la mejor idea del mundo.
Un mate era peligroso para un omega. El reconocimiento de una pareja destinada, el despertar definitivo y consciente del vínculo, conllevaba inevitablemente la necesidad avasalladora de la marcación, y la marcación… esa venía con matrimonio, cachorros, jaulas y muros.
Lucky no se lo podía permitir.
No ahora.
—Dijiste que iríamos si me sentía mejor —dijo Lu, forzando el tono para recuperar esa felicidad sin mancha de hace unos minutos.
El alfa asintió y se desenredó de las mantas para sentarse. Tomó su celular y marcó. Lucky se sintió destemplado de repente al clavar la mirada en la espalda desnuda de David.
¿Eres mi mate? —se preguntó, mientras escuchaba desde una distancia irreal cómo David le daba instrucciones a la mucama en su departamento sobre la ropa que debía enviar a la casa de Lu.