Hecho a tu medida

Costura 37: Presilla

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Antes de que la imagen en la pantalla plana apareciera, Bastián Van Leuven ya había acomodado la inclinación de la espalda y cuadrado los hombros en la misma posición que su padre le había enseñado cuando era niño.

Ahora estaba perfectamente sentado en el asiento de cuero negro, sin reclinarse contra el respaldar, y en su rostro de facciones angulares y varoniles no se podía ver nada más que una profunda preocupación.

Ni las enseñanzas más profundas de Bruno podían lograr que la arruga del entrecejo dejara de marcársele.

—Buenas noches, padre —dijo, alzando el mentón, deseando que el cuarto de la villa no tuviera tan buena iluminación. Estaba seguro de que su padre podría leer sus pensamientos aun a kilómetros de distancia—. La sangre nos une.

—Los nuestros, siempre —contestó el hombre de la pantalla, con los ojos azules tan parecidos a los de Bastián leyendo la estancia en un segundo.

Goren, desparramado en uno de los sillones en el fondo, saludó con la mano y una leve inclinación de cabeza. Tenía una pelota de tenis en las manos, que lanzaba al aire de cuando en cuando, destrozando los nervios de su hermano mayor con cada rebote.

—Buenas noches, papá —dijo con alegría, acercándose a la pantalla e inclinándose sobre el asiento de Bastián, casi borrándolo de vista.

Bastián, con disimulo, le dio un codazo en el costado para apartarlo. El hombre de la pantalla asintió con una sonrisa, aunque sus ojos seguían encapotados, oscuros, destilando una profunda ansiedad a través de la videollamada.

—¿Qué han sabido de su hermano? —preguntó juntando las manos sobre el escritorio de roble macizo. Bastián pudo ver las paredes del estudio detrás, libros antiguos, el ventanal que daba a un jardín muerto en invierno—. ¿Está bien? ¿Su enfermedad —la voz que Bastián conocía como ley tembló apenas en la última sílaba, una exhalación que nadie podría entender más que los tres alfas de esa habitación— está controlada?

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Goren volvió a su asiento, mirando la pantalla con concentración.

Pum.

La pelota cayó en sus manos.

La ceja de Bastián tembló mínimamente. Debajo del rango de visión de la pantalla, el alfa entrelazó las manos, apretando los dedos hasta dejarse los nudillos blancos para mantenerse quieto.

—Aún no hemos conseguido hablar con Lucky, padre —admitió el primogénito. La mirada se mantenía baja, sumisa frente a su padre y su Primus—. Pero encontramos sus registros académicos y sabemos que culminó sus estudios con normalidad.

—Eso ya lo sabíamos —contestó Bruno, apenas inclinándose hacia la pantalla, su rostro recio ocupando la mayoría de la imagen—. ¿Es todo lo que han conseguido?

Bastián tragó saliva y apretó sus dedos con más fuerza, mientras Goren se alzó de hombros con una risita. Su hermano mayor controló el impulso de partirle la cara con su estúpida pelota.

—Nos resultó más escurridizo de lo que pensábamos —se rió Goren mirando la pelota—. Nuestro príncipe sabe cómo esconderse.

—Aún no conseguimos descubrir en dónde vive —explicó Bastián con firmeza. Las pupilas se le habían dilatado, casi comiéndose el azul profundo de su mirada—. Los registros del seguro médico tienen la dirección registrada de su antiguo departamento. Y…

—El que compartía con su exnovio —dijo Goren.

Pum.

La pelota rebotó contra el piso.

—¿Exnovio? —La pregunta se asemejó a un gruñido, por la fuerza gutural que venía detrás de las palabras.

Bastián le lanzó una mirada que podría haber cortado acero, pero que en Goren no consiguió más que una media sonrisa.

—Sí, padre —continuó Bastián, revisando algunos documentos que tenía ordenados sobre la mesa de café cercana—. Lucky vivía con un alfa, pero ahora ya no están juntos. Es lo que pudimos deducir. Además, los registros académicos de Lu están sellados, aunque ya estamos trabajando en obtener la información para poder descubrir en dónde está trabajando.

—Lucky no debería estar teniendo experiencias con alfas —dijo el hombre, y tomó un sorbo del té que tenía servido junto a él—. Esto solo es prueba de que es hora de que mi dulce príncipe vuelva a casa.

Ambos hermanos intercambiaron una mirada, sostenida por un instante de tensión, antes de asentir.

—Claro que sí, padre —dijo Bastián—. Yo también estoy preocupado por Lu. Te juro —afirmó con el rostro ladeado, permitiendo que sus feromonas se expandieran apenas en la habitación—, te prometo que estamos haciendo todo lo posible por traer de vuelta a Lucky.

Bruno asintió, aunque la duda que se dibujaba en su respiración, en las arrugas de su frente, en los pómulos fuertes y atractivos, no se había movido un centímetro.

Si sus hijos eran capaces de percibir la emoción en su rostro era porque el alfa se los estaba permitiendo. Bruno era un maestro en ser lo que los demás necesitaban ver en él.




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