Hecho a tu medida

Costura 38: Tensión de Hilo

La entrada de la galería antigua era inmensa y, para Lucky, increíblemente impresionante

La entrada de la galería antigua era inmensa y, para Lucky, increíblemente impresionante. No eran solo los adornos de la puerta barroca, ni el piso de mármol perfectamente lustrado a pesar de los cientos de años que habían transcurrido desde que manos hábiles lo habían encajado.

No, Lucky estaba acostumbrado a las delicadezas de la vida que podían costar una fortuna, pero que, por gran parte de su vida, habían sido cotidianas.

Era el calor suave de David junto a él al cruzar las puertas de roble, era el brillo de los escaparates en donde se exhibían las piezas textiles de la maison anfitriona, era el retumbar sordo de su corazón al tomar la mano del alfa con cierto miedo, con los dedos apretados a los suyos, aún inseguro de ese lugar tan nuevo junto a él. Las orejitas omega estaban erguidas, atentas a cada murmullo y eco que resonaba alrededor. Vibraban en las puntas con un cosquilleo de emoción contenida mientras Lu ponía un pie tras otro, conteniendo el aliento hasta que la garganta le raspó sutilmente, pero con una sonrisa amplia que no podía ocultar.

Los demás invitados se movían por la gran estancia en trajes de noche, elegantes, perfectamente acicalados para la ocasión. Lu sonrió. Le recordaban a unos pavos reales, inmensos y hermosos, desfilando en dos patas para que el resto de la parvada viera sus colores. Ladeó la cabeza, pensando, con un chispizco de orgullo, que él también era un pavo real.

¿No había buscado entre su ropa lo más lindo que pudo encontrar?

Cuando David saludó con una leve inclinación de cabeza a un hombre de calva brillante y lentes de carey, el pavo real pelirrojo hinchó más el pecho, sintiendo una ola de calor reconfortante mientras se aferraba con más firmeza a su brazo. A lo lejos, a través de los invitados, los meseros, el brillo y la luz cálida de las lámparas de techo, podía ver el reflejo de los vidrios de exhibición y, detrás, enjauladas como fieras salvajes, manchas de color que lo llamaban como una sirena a un marinero.

Un canto dulce, embriagante, inevitable. El mismo chispazo eléctrico que sentía en las yemas de los dedos cuando creaba una pieza.

Se mordió el labio con deleite cuando se acercaron a una de las vitrinas en la que estaba exhibida una pieza pictórica creada completamente con caucho reciclado de llantas industriales. Los ojos se le abrieron de par en par, fascinados, cuando vio cómo el diseñador y los costureros habían logrado moldear el material hasta convertirlo en esa pieza de arte.

—¡David! —susurró con la voz ligeramente ronca—, David, mira esto. Mira esas líneas. Son perfectas. Nunca se me hubiera ocurrido que se podría lograr una caída así con una doble sisa. Es... es...

Los adjetivos que buscaba se perdieron en medio de la emoción que le encendía las mejillas. Sentía la mano del alfa sostenida entre sus dedos, pero su completa atención estaba en la vitrina.

Miraba con tal intensidad que sus pestañas casi rozaban el cristal.

David solo apretó la manita con cariño, mientras acariciaba la palma con el pulgar, trazando círculos pausados.

—Impresionante —ofreció el hombre entre risas—. Sabía que te iba a gustar, Lu.

El omega asintió, la respiración agitada por el entusiasmo. Analizó cada detalle, caminando alrededor de la vitrina como un niño en la tienda de dulces buscando el mejor premio. David lo seguía, arrastrado de la mano, pero Lu tardó un segundo en darse cuenta de que el alfa ni siquiera estaba mirando la pieza, sino la chispa viva en sus propios ojos.

David lo seguía, arrastrado de la mano, pero Lu tardó un segundo en darse cuenta de que el alfa ni siquiera estaba mirando la pieza, sino la chispa viva en sus propios ojos

—Dios —dijo Lu, moviéndose a la siguiente vitrina en la que un vestido de noche confeccionado con una nueva fibra hecha de hojas de palma brillaba detrás del cristal—. ¿No crees que es el color más bonito que hayas visto jamás?

El alfa rio y frunció el ceño, fingiendo concentración. Se rascó la barbilla mientras el omega señalaba los detalles con el dedo, temblando apenas por la prisa.

—Creo que no —dijo David—. He visto mejores.

—¿Mejores?

Lu se giró indignado, con el brochure de explicación en las manos. Picó el pecho del alfa con la punta del papel, mientras entrecerraba los ojos.

—Este verde esmeralda —dijo alzando el mentón y mirando a David como quien mira a un completo ignorante— jamás —continuó, haciendo un énfasis enfático— ja-más se podrá conseguir en un sintético. Solo la naturaleza es capaz.

David no pudo contener la risa y terminó atrayendo a Lucky por la cintura, pegándolo a su pecho firmemente. Se acercó lo suficiente para que nadie pudiese escuchar lo que iba a decir y habló en su oído, bajito, forzando a Lucky a agudizar el oído para poder discernir las palabras en medio de la música.

—Tus colores —susurró David. Su aliento cálido envió un temblor eléctrico por toda la columna del omega— me gustan más. Sobre todo cuando te sonrojas, mi pequeño zorrito.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.