La medianoche estaba cerca. Lu lo podía sentir en los huesos y en la suave cadencia de la luna siguiendo su curso en el cielo. Miró hacia uno de los ventanales enormes que adornaban el castillo, y a través de los vidrios tintados, intentó adivinar las pocas estrellas de esa noche de invierno.
El omega suspiró, apretando los dedos alrededor de la mano que lo sostenía, buscando anclarse en la calidez de su piel. David hablaba con alguien del medio, algún administrativo insulso sin una pizca de creatividad que solo había recorrido a Lucky con la mirada, de las orejas a los pies, como quien tasa una pieza de colección, antes de darse vuelta y atrapar al alfa en una larga perorata de números.
Su mirada deambuló por la estancia, parándose de tanto en tanto en los vestidos que llevaban las damas y los trajes omega, más delicados que los de un alfa o beta. En su mente, reestructuraba dobladillos, añadía pedrería, cambiaba cortes y le daba a cada pieza una nueva vida. Por fuera, sentía los pómulos entumecidos por mantener por tanto tiempo la sonrisa educada. Esa que le habían enseñado a punta de vara de corrección cuando era niño y demasiado impetuoso para quedarse quieto; una rigidez fría que aún le tensaba la nuca.
David asentía con educación y se reía con ganas, aunque el timbre estaba totalmente mal. Lucky sabía que no era una risa verdadera, el hombre insulso sabía que no era una risa verdadera, y el alfa también lo sabía. Pero todos reían y sonreían y agradecían y hablaban como si fueran los mejores amigos.
Lucky se sintió en casa.
Nunca pensó que estar haciendo esto voluntariamente al lado de un Primus, pero la vida era caprichosa y allí estaban.
—Ha sido un placer hablar contigo, George —dijo el alfa al fin, dándole un apretón a la mano pequeña para darle ánimos al omega—. Espero verte en el partido de este fin de semana.
—No podría perdérmelo —contestó el beta, alzando su vaso de whisky—. Aunque dicen que los Beaumont tienen caballos nuevos, ¿quién sabe? Tal vez hasta le ganen a los invictos Vairel.
David rió y la orejita izquierda de Lu se agachó, aplastada por el aburrimiento.
—Ya veremos —dijo el alfa en tono de despedida.
Cuando estuvieron solos, Lucky bostezó tan repentinamente que su mano no alcanzó a subir y cubrir su boca.
—Lo siento, zorrito —dijo David, sonriendo al darle un beso en la mejilla—. George Leclerc es insoportable.
—Ya lo noté —dijo Lu, cerrando la boca. Sus orejas volvieron a erguirse al sentir el calor punzante del pulso del alfa cerca de su cuello—. No entendí nada más que quieren ganarte en el partido de polo porque tus caballos son pésimos y los beau-algo tienen unos mejores caballos y te harán tragar polvo.
—Vaya. Me alegra tu confianza.
Lucky solo asintió, alzando el mentón con falsa altivez.
—¿Eres malo en polo? —preguntó, hincando un dedo entre las costillas de David—. ¿O los malos son tus caballos?
Tomó otra copa de champán. Habían sido algunas esa noche y la cabeza se le empezaba a poner plácidamente acolchada, como si su cerebro fuera un algodón esponjoso.
—Soy bastante bueno —dijo el alfa, dándole un apretón juguetón en la cintura—, a decir verdad.
Entonces la expresión de David cambió. Fue una reestructuración casi imperceptible de sus pómulos, de su mirada, de la línea de su mandíbula. Lu giró el rostro, y entonces vio a la pareja que se acercaba en medio de un murmullo bajo.
Sus ojos viajaron como dardos hacia el omega mientras su boca quedaba laxa, abierta como una bisagra dañada, sin poder contener su admiración. Directamente hacia ellos, caminaba uno de los omegas más hermosos que Lu jamás hubiese visto.
La mano que tenía entrelazada con la de David se quedó petrificada al ver el cabello con suaves rizos, rubio clarísimo, y las orejitas de lince perfectas, erguidas con una disciplina pasmosa. Lucky se revolvió en su traje, un latido incómodo encendiéndose bajo su piel, y miró su propio cabello de soslayo. No pudo controlar la mano traidora que terminó arreglando apresuradamente el pelaje de su oreja izquierda.
El omega caminaba delicadamente, como si flotara en medio de la habitación, colgado del brazo del padre de David. Lord Primus François caminaba medio paso y un suspiro enfrente del omega, que sonreía con la barbilla altiva. Los ojos avellana con destellos dorados escaneaban su entorno, mientras asentía a los saludos de los invitados.