Hecho a tu medida

Costura 40: Piquete

David podía ver las estrellas apenas visibles entre las pesadas nubes de invierno. Fijó sus ojos en aquellas bolas de gas, lejanas, inalcanzables, y un suspiro se le atragantó en el fondo del pecho como un nudo de hielo. El aire de la terraza en la que estaba de pie le heló las manos que sostenían un nuevo vaso de whisky a medio terminar. Tomó un sorbo y el calor agresivo del licor se quedó atrapado en su garganta.

Los pasos ligeros detrás de él rompieron el poco silencio que había encontrado.

—Está helando —dijo el omega rubio, mientras la nota dulce y fresca de la pera blanca envolvía de golpe al alfa—. No entiendo por qué quieres convertirte en una paletita.

La voz de Étienne era suave, risueña, filtrando el murmullo de la sala repleta de invitados que quedaba más atrás. El omega llegó a donde David se apoyaba en la baranda de piedra y le quitó el vaso de la mano con soltura.

Le dio un sorbo largo, casi terminándose el líquido oscuro de un trago.

—No bebas así —dijo David entre risas, sintiendo cómo la tensión de los hombros cedía apenas. Se aflojó el corbatín unos centímetros—. Sabes cómo te pones cuando estás borracho. Padre no tendrá tanta conmiseración esta vez.

—Por un momento hasta yo me creí tu acto de Primus malo —dijo Étienne entre risas, limpiándose los labios con el dorso de la mano, despojándose de la delicadeza habitual. A veces, cuando estaban solos, David podía ver al niño campesino que había llegado a sus vidas hace años.

—Esa era la idea —contestó David, terminándose lo que quedaba del whisky—. No puedo mostrar debilidad ante los Van Leuven.

Étienne rió. Se dio la vuelta y se apoyó de espaldas a la baranda para poder ver al alfa de frente.

—Cada vez suenas más como él —dijo entre risas, entrecerrando los ojos—. Dejas de ser David y te vuelves más Vairel.

David no respondió. Sentía la presencia felina de Étienne demasiado cerca. El lince blanco de Étienne corría silencioso por la terraza, con su aura suelta y juguetona, rozando las pantorrillas de David. El alfa rió en voz baja y liberó a su propio lobo, grande y castaño. Ambas auras se expandieron y las feromonas jugaron bajo las estrellas.

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—Esa también es la idea —dijo David, recargando su peso en Étienne sin apartar la vista de los jardines en penumbras.

El rubio no contestó. Solo se recargó en los codos y estiró el cuello hacia atrás hasta que su nuca estuvo completamente arqueada y miraba a David casi de cabeza.

—A mí me gusta el David que se escondía para no cenar con su padre y se encerraba conmigo a comer chucherías los sábados en la noche.

Ambos rieron. El aliento de los dos creaba delgadas volutas de humo que quedaban suspendidas sobre ellos en el aire helado. Étienne enderezó el rostro y miró el salón por los ventanales. Los invitados eran una masa informe que se movía al ritmo de la música.

—¿Tu estrellita de Navidad sabe en lo que se está metiendo? —dijo en un susurro. Sus orejitas felinas se movieron por fin después de toda la noche; dieron un estirón, alargándose, para luego dejarse caer con cansancio sobre los rizos rubios.

—¿De qué hablas, Étienne? —contestó el alfa. Sintió la mandíbula endurecerse al instante, los músculos de la cara reaccionando con rigidez a la mención.

El rubio estiró todo el cuerpo y se pasó una mano por las orejas, masajeándolas para devolverles la circulación.

—Ya sabes, el zorrito —soltó con tono socarrón mientras se frotaba las orejas ateridas por el esfuerzo de haber evitado su movimiento en el salón—. Es agradable, lo admito —dijo entre risas—. Bellísimo, educado, pero tiene un defecto enorme.

David bajó la cabeza, negando despacio.

—Sabe pensar —dijo el rubio, despegándose de la baranda y caminando por la terraza—. Quiere una carrera, es independiente —decía mientras enumeraba con los dedos, marcando un paso rítmico sobre el piso de piedra—. Cero vocación de consorte ornamental.

David giró y miró al rubio. El cabello se le despeinó con una ráfaga de viento que terminó helándole el rostro.

—Esos no son defectos —contestó el alfa, marcando cada palabra. No se acomodó el cabello; dejó que las hebras bailaran salvajes en el viento. Tendría tiempo de peinarse luego—. Son sus mayores virtudes. Lu es… es… —la palabra adecuada se le escapaba, así que la desesperación lo hizo soltar todo lo que se le venía a la mente— inteligente, persistente, divertido, gracioso, tenaz…

Étienne silbó y se paró justo enfrente de David. Arqueó una ceja perfecta mientras escrutaba el rostro del alfa. Detrás de él brillaban las luces doradas del salón.

—Estás enamorado —dijo, con la severidad de un juez que dicta sentencia.

David resopló y desvió la mirada, girando el rostro para esquivar los ojos inquisidores del omega.

—No seas ridículo.

Étienne no se dio por vencido; con dedos finos y uñas afiladas aprisionó la barbilla cuadrada del alfa, forzando su cabeza hasta que David no pudo evitar cruzarse con su mirada.

El alfa no se rindió tan fácil: mantuvo los ojos bajos a propósito, luchando contra la urgencia física de apartarse con brusquedad. El omega ancló las garras en su piel, forzando su voluntad como cuando eran adolescentes.

David nunca había logrado ganarle a Étienne en ese juego de verdades.

—David —amonestó el omega.




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