Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 1: El precio de la paz

El segundero del reloj de pared en mi oficina era lo único que rompía el silencio. Frente a mí, los estados financieros de la última auditoría mostraban una perfección casi aburrida. Números limpios, cuentas claras, una vida en orden. Había pasado tres años construyendo este muro de normalidad, lejos de los gritos y el olor a pólvora que marcaron mi infancia.

Pero la paz, en mi familia, siempre ha sido un préstamo con intereses demasiado altos.

La puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso. No hubo un "con permiso" ni una llamada de la secretaria. Solo el sonido de unas botas de cuero italiano sobre el parqué y ese aroma a tabaco caro y sándalo que conocía demasiado bien.

No levanté la vista de la pantalla. Mis dedos siguieron tecleando con una calma rítmica, aunque mi mano derecha ya se había desplazado, casi por instinto, hacia el borde del segundo cajón de mi escritorio. Donde descansaba mi verdadera seguridad.

—Estás perdiendo el tiempo con esos números, Elena —la voz de Dante Moretti era profunda, vibrante de una autoridad que no pedía permiso para existir.

Dante no era un hombre que recibiera órdenes. Había sido el socio estratégico de mi padre, el dueño de las rutas y la fuerza que mantenía el equilibrio en la ciudad. Un hombre tan poderoso como peligroso.

—El tiempo nunca se pierde cuando sabes exactamente cuánto dinero tienes, Dante —respondí, cerrando la laptop con un clic seco. Finalmente lo miré.

Él estaba allí, llenando el espacio con su presencia imponente. El traje hecho a medida ocultaba apenas los músculos tensos de alguien que vive con el dedo en el gatillo. Sus ojos, oscuros y evaluadores, recorrieron mi oficina con una mezcla de curiosidad y desprecio. Para él, yo era la heredera que había preferido los libros contables a las balas.

—Tu padre ha muerto —soltó. Su tono no buscaba consolarme, sino ponerme a prueba.

El aire se volvió pesado, pero no permití que mis hombros cedieran. El dolor por la muerte del "Don" era una cuenta que saldaría después, a solas. Ahora, el tablero de ajedrez se había movido.

—¿Fue Viktor? —pregunté. Mi voz sonó tan fría como el hielo de un vodka.

Dante arqueó una ceja, claramente sorprendido por mi frialdad. —Tu primo no perdió ni diez minutos. Ya está en la mansión, convenciendo al consejo de que tú eres una civil que huyó a jugar a las empresas. Dice que el trono le pertenece por derecho de sangre. Mis negocios con tu padre están en riesgo, Elena, y no pienso dejar que un idiota como Viktor los hunda.

Me puse de pie con una lentitud calculada. Me ajusté el saco y tomé mi bolso, asegurándome de que el peso extra en el fondo no se notara.

—Viktor siempre fue bueno para hablar, pero pésimo para las estrategias —dije, caminando hacia él—. El trono no es de quien se sienta primero, sino de quien tiene la inteligencia para mantenerlo. Si quieres proteger tus negocios, Dante, más vale que me acompañes.

El trayecto en la camioneta blindada de Dante era un recordatorio de todo lo que había intentado dejar atrás. Él no me miraba como a una jefa, sino como a una socia potencial... o una rival.

Justo cuando cruzábamos el sector industrial, una camioneta gris se cruzó en nuestro camino, obligando a Dante a frenar en seco. Por el espejo lateral, vi otra cerrar el paso por detrás.

—¡Abajo! —gritó Dante, sacando su propia arma mientras abría la puerta.

El sonido de los cristales blindados recibiendo impactos de bala llenó el habitáculo. Dante devolvió el fuego con una ferocidad letal, pero estaba en una posición de desventaja. Un tirador desde el techo de la camioneta enemiga lo tenía en la mira.

No esperé. Me deslicé por el asiento trasero y saqué la Beretta 9mm que guardaba oculta. Salí del vehículo con un movimiento fluido, rodando sobre el pavimento para buscar cobertura.

Dante estaba lidiando con los hombres de frente, pero no había visto al tirador de arriba que se preparaba para darle el tiro de gracia.

Me puse de rodillas, sostuve el arma con ambas manos y exhalé. Tres disparos precisos. El tirador del techo cayó como un fardo. Sin dudar, giré y eliminé al segundo hombre que intentaba flanquear a Dante por la izquierda.

El silencio volvió a la calle. Dante se giró, con el rostro manchado de pólvora y una expresión que nunca le había visto a un hombre de su estatus: puro asombro. Miró los cuerpos y luego mi postura perfecta de tiro.

—¿Dónde diablos aprendiste a hacer eso? —preguntó, con la respiración agitada.

Me levanté con calma y guardé el arma.

—Dante, mi padre no me mandó lejos para protegerme —le dije, mirándolo a los ojos con la misma intensidad que él usaba—. Me mandó para que el mundo no viera en qué me estaba convirtiendo. Si vamos a ser socios, será bajo mis reglas. Ahora conduce, tenemos un primo que poner en su lugar.

Llegamos a la mansión Volkov diez minutos después. En la entrada nos esperaba Ivonne, con un vestido rojo que parecía advertir del peligro. Miró la camioneta baleada y luego la mirada de respeto, casi eléctrica, que Dante me lanzaba.

—Llegas tarde, Elena —dijo Ivonne—. Tu primo ya abrió el champán.

—Dile que guarde la botella —respondí, pasando por su lado sin detenerme—, porque la va a necesitar para limpiar la sangre cuando lo saque de mi silla.

Diganme, que les parecio? lxs leoooooooo




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