Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 2: La silla vacía

La mansión Volkov olía a historia y a sangre vieja. Crucé el umbral del gran salón con Dante a mis espaldas, sintiendo su mirada fija en mi nuca. Su presencia era como un escudo, pero también como un desafío; él no caminaba detrás de mí por sumisión, sino para ver cómo me despedazaban los lobos.

Dentro, el aire estaba saturado de humo de habano y el tintineo del cristal. Los siete miembros del Consejo —hombres que habían visto nacer a mi padre y que ahora esperaban enterrar su legado— estaban sentados alrededor de la mesa de caoba.

Y en la cabecera, en la silla que aún conservaba el aroma del perfume de mi padre, estaba Viktor.

Tenía una copa de champán en la mano y una sonrisa que me revolvió el estómago. Se veía cómodo, demasiado cómodo para alguien que estaba robando una corona.

—¡Pero miren quién decidió aparecer! —exclamó Viktor, sin levantarse—. La pequeña Elena. Pensamos que estarías demasiado ocupada contando centavos en tu oficina como para venir al funeral de un gigante.

Los hombres del Consejo intercambiaron miradas. Algunos con lástima, otros con pura ambición.

—Vine a ocupar mi lugar, Viktor —dije, caminando hacia la mesa con una calma que pareció tensar los hombros de mi primo—. Y a asegurarme de que el champán con el que brindas no sea lo último que pase por tu garganta hoy.

Viktor soltó una carcajada seca y dejó la copa sobre la mesa. —Este no es lugar para contadoras, prima. Aquí se necesita mano dura, no hojas de cálculo. El Consejo ya ha decidido. Sin un heredero capaz, el mando pasa al varón más cercano. O sea, a mí.

Miré a Dante de reojo. Él permanecía recostado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observando el espectáculo como si fuera una función de teatro. No iba a intervenir. Quería ver si yo era capaz de ganar esta batalla sola.

—Tienes razón en algo, Viktor —dije, sacando una carpeta de piel negra de mi bolso y arrojándola sobre la mesa. Se deslizó hasta detenerse justo frente a él—. Se necesita capacidad. Y según las auditorías que realicé esta mañana en el servidor privado de mi padre, tú has estado desviando el 15% de las rutas de suministro de Dante hacia mercados secundarios.

El silencio que siguió fue absoluto. La mención de Dante hizo que los miembros del Consejo se pusieran rígidos. Robarle a la familia era una cosa; robarle a un socio como Moretti era una sentencia de muerte.

—¿De qué hablas? Eso es mentira —balbuceó Viktor, su rostro perdiendo el color.

—Hablo de que eres un administrador mediocre —continué, acercándome a él hasta que solo la mesa nos separaba—. No solo le robaste a Dante, sino que dejaste un rastro digital que un niño de diez años podría seguir. Si el Consejo te elige a ti, Moretti cortará los suministros mañana mismo y esta familia estará en quiebra antes del viernes. ¿Verdad, Dante?

Dante despegó la espalda de la pared. Sus ojos se clavaron en Viktor con una frialdad aterradora. —Mis negocios son sagrados, Viktor. Si Elena dice que falta dinero, más vale que tengas una explicación muy buena. O una tumba muy honda.

Viktor se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo. —¡No puedes confiar en ella! Huyó. Nos abandonó por una vida normal.

—Huí de tu mediocridad, no del negocio —le espeté. En un movimiento rápido, saqué la daga que llevaba oculta y la clavé en la mesa, a milímetros de su mano—. Esa silla no es para el que tiene más testosterona, es para el que sabe mantener el imperio en pie. Sal de ahí ahora mismo, antes de que decida que tu sangre se ve mejor en esta alfombra que en tus venas.

Viktor miró la daga, luego a Dante y finalmente a los hombres del Consejo, que ya no lo miraban con respeto, sino con duda. Lentamente, retrocedió un paso, apartándose de la cabecera.

Me senté en la silla de mi padre. El cuero estaba frío, pero se sentía como el hogar.

—Se acabó el brindis —anuncié al Consejo—. Mañana a primera hora quiero un balance de daños. Y Viktor... —lo miré mientras él caminaba hacia la salida con los puños apretados—. No te vayas lejos. Tenemos que hablar de lo que le pasó realmente a mi padre.

Cuando el salón quedó casi vacío, solo Dante se acercó. Se apoyó en la mesa, mirándome con una intensidad que hizo que mi pulso se acelerara.

—Fue un buen movimiento, Elena —susurró, inclinándose hacia mí—. Pero acabas de declarar una guerra que no puedes ganar solo con carpetas y dagas. Viktor no es el único que quiere ese trono.

—Lo sé —respondí, sosteniéndole la mirada—. Por eso te necesito a ti. No como mi guardaespaldas, Dante. Como mi socio.

Él sonrió de una forma peligrosa. —Ser socio de una Volkov suele terminar en boda o en un funeral. ¿Cuál de los dos prefieres?

—Prefiero el que me deje viva al final del día —dije, levantándome—. Ahora, dime quién más en esta sala estaba ayudando a mi primo.

Dante me tomó del brazo, su tacto quemando a través de la tela de mi blazer. —No fue nadie de esta sala. Fue Ivonne. Ella le dio los códigos a Viktor. Y si ella lo hizo, es porque alguien más arriba se lo ordenó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.