La puerta del gran salón se cerró, dejando el eco de la amenaza de Dante flotando en el aire. Estábamos solos. La luz de las lámparas de cristal se reflejaba en la madera de la mesa, justo donde mi daga seguía clavada.
—¿Ivonne? —repetí, soltándome de su agarre con una firmeza que ocultaba el hormigueo en mi brazo—. Ella y yo crecimos juntas. Conoce mis debilidades, pero yo conozco sus ambiciones. Si ayudó a Viktor, no fue por lealtad, fue por supervivencia.
Dante se sentó en el borde de la mesa, observándome con esa intensidad depredadora que lo caracterizaba. Se desabrochó el primer botón de la camisa, revelando la tensión en su cuello.
—En este negocio, Elena, la supervivencia y la traición son sinónimos —dijo, cruzando los brazos—. Viktor es un peón, pero Ivonne es la que mueve los hilos en las sombras. Si ella le dio los códigos, es porque alguien le ofreció algo que tu padre no pudo: protección total.
Caminé hacia el ventanal que daba a los jardines oscuros de la mansión. Mi reflejo en el vidrio me devolvía la imagen de una mujer que parecía tener el control, pero por dentro, mi mente de analista estaba calculando mil variables por segundo.
—Si Ivonne está con ellos, mis cuentas en el extranjero no están seguras —sentencié, girándome hacia él—. Necesito entrar en el sistema central de la mansión. Mi padre tenía una terminal privada en el sótano, blindada contra hackeos externos.
Dante se levantó y se acercó a mí. Su sombra me envolvió por completo. Era más alto de lo que recordaba, y el calor que desprendía su cuerpo era una distracción que no podía permitirme.
—El sótano está custodiado por los hombres de Viktor —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oído—. Si bajamos ahí, no habrá protocolos ni consejos que te protejan. Será sangre contra sangre. ¿Estás lista para ensuciar ese traje de diseñador, jefa?
—Ya lo ensucié esta tarde salvándote la vida, Dante —respondí, clavando mis ojos en los suyos—. No me subestimes de nuevo. Es agotador.
Él sonrió, una curva peligrosa y lenta en sus labios. Por un segundo, el tiempo se detuvo. La tensión entre nosotros no era solo profesional; era una chispa a punto de convertirse en incendio. Dante acortó la distancia, su mano subió por mi cuello, rozando mi mandíbula con el pulgar.
—Me gusta cuando te pones autoritaria —murmuró.
Estábamos a milímetros de distancia cuando la puerta se abrió de golpe. Nos separamos con la rapidez de dos sombras. Ivonne entró, caminando con la elegancia de una pantera, sosteniendo una tableta digital en sus manos. Su vestido rojo destacaba contra la sobriedad del salón.
—Siento interrumpir el... entrenamiento —dijo Ivonne, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero Elena, tienes una visita que no puede esperar.
—¿Quién? —pregunté, recomponiendo mi postura profesional.
—El contador jefe de la familia, el señor Rossi —respondió Ivonne, aunque su tono tenía una nota extraña—. O lo que queda de él. Lo encontraron en el muelle hace diez minutos. Vivo, pero por poco tiempo.
Miré a Dante. Él ya estaba revisando su arma.
—Es una trampa de Viktor —dijo él—. Quiere sacarte de la mansión para terminar lo que empezó en la carretera.
—O —intervine, tomando mi bolso con determinación— es la única forma de recuperar las claves antes de que Rossi muera. Si él muere, mi herencia se bloquea para siempre.
Caminé hacia la puerta, pero al pasar junto a Ivonne, me detuve. Le acerqué el rostro, bajando la voz para que solo ella me escuchara.
—Sé lo que hiciste con los códigos, Ivonne. Si Rossi muere antes de que yo hable con él, la próxima daga no irá a una mesa de madera. Irá directo a tu garganta de seda.
Ivonne no parpadeó, pero vi un destello de duda en sus ojos.
—Suerte en el muelle, Elena —susurró ella—. La vas a necesitar.
Salimos de la mansión a toda velocidad. Dante conducía el deportivo negro esta vez, sorteando el tráfico de la ciudad con una destreza suicida.
—Si esto es una emboscada, no habrá blindaje que nos salve esta vez —advirtió Dante, acelerando al máximo.
—Entonces asegúrate de disparar primero —respondí, revisando el cargador de mi Beretta—. Porque no pienso perder mi imperio por un contador moribundo y un primo envidioso.
Llegamos al muelle 4. El olor a salitre y metal oxidado inundaba el aire. Todo estaba en penumbra, excepto por una pequeña luz al fondo de un almacén abandonado. Bajamos del coche, las armas en alto, moviéndonos en perfecta sincronía.
Al entrar, vimos a Rossi atado a una silla, ensangrentado. Pero no estaba solo.
Desde las sombras, una voz chillona y llena de odio nos dio la bienvenida.
—Sabía que vendrías, primita. Eres tan predecible con tus números y tu lealtad —Viktor salió a la luz, rodeado por cinco hombres armados—. Pero llegas tarde. Rossi ya me dio lo que quería. Y ahora, solo sobran ustedes.
En ese momento, las luces del almacén se apagaron por completo.
—¡Elena, al suelo! —gritó Dante.
El estruendo de los disparos rompió la noche. Pero en medio del caos, sentí una mano fría cerrarse sobre mi muñeca y una voz de mujer susurrarme al oído:
—No confíes en Dante, Elena. Él fue quien le pagó a Rossi para traicionar a tu padre.
Era la voz de Ivonne.