Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 4: Sombras en el muelle

La oscuridad en el almacén era absoluta, rota solo por los fogonazos de las armas. Me arrojé tras unos contenedores metálicos, sintiendo el silbido de las balas de Viktor pasando a centímetros de mi cabeza. El olor a salitre se mezclaba con el de la pólvora quemada.

—¡Elena! —el grito de Dante se escuchó por encima del caos. Estaba a unos metros de mí, respondiendo al fuego con una precisión que daba miedo.

Pero la voz de Ivonne seguía vibrando en mi oído como un veneno: "Él le pagó a Rossi para traicionar a tu padre".

No tenía tiempo para procesarlo. Si me quedaba quieta, moriría con la duda. Saqué mi Beretta, ajusté la postura y esperé al siguiente fogonazo de los hombres de Viktor. Uno, dos, tres disparos. El grito de un hombre al caer me confirmó que mi puntería seguía intacta.

—¡Viktor, eres un cobarde! —grité, moviéndome entre las sombras para flanquearlo—. ¡Atacar a un contador anciano es lo único que tu limitada inteligencia te permite!

Escuché un gruñido de rabia desde el fondo del almacén. Viktor siempre fue fácil de provocar.

—¡Vas a morir en este agujero, prima! —rugió él—. ¡Dante solo te está usando para llegar a las cuentas!

Dante se deslizó hacia mi posición, cubriéndome mientras recargaba su arma. Sus ojos brillaban con una intensidad salvaje bajo la luz de emergencia que acababa de encenderse parpadeando.

—Tenemos que movernos, Elena. Están rodeándonos —dijo él, tomándome del hombro.

Le aparté la mano de un sacudón, apuntándole directamente al pecho con mi arma por un segundo antes de volver a dirigirla hacia los hombres de Viktor. El gesto no pasó desapercibido para él. Su mandíbula se tensó.

—¿Qué diablos haces? —siseó Dante.

—Mantengo mis opciones abiertas —respondí con voz gélida—. Cubre la derecha. Yo me encargo de Rossi.

Me arrastré hacia la silla donde el contador jefe estaba desplomado. Rossi respiraba con dificultad, con la camisa empapada en sangre. Me arrodillé a su lado, ignorando los disparos que impactaban contra la madera a mi alrededor.

—Rossi, mírame —le ordené, sosteniendo su rostro—. Soy Elena. Necesito la clave de la terminal privada. Ahora.

El anciano abrió los ojos, nublados por el dolor. Sus labios temblaron. —Él... él lo compró todo, Elena. Tu padre confió en el hombre equivocado...

—¿Quién, Rossi? ¿Fue Viktor? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

Rossi intentó hablar, pero una ráfaga de metralleta destrozó la silla y lo hizo caer al suelo. Dante se lanzó sobre mí, cubriéndome con su cuerpo mientras las balas rebotaban en el metal del contenedor que nos servía de refugio.

—¡Tenemos que irnos ya! —rugió Dante al oído—. ¡Vienen refuerzos de la marina y no son amigos!

—¡Rossi tiene la clave! —grité, tratando de zafarme.

—¡Rossi está muerto, Elena! —Dante me obligó a mirarlo. Sus ojos oscuros estaban llenos de una furia protectora que me confundía—. Si no salimos ahora, Viktor ganará por defecto.

Me obligué a mirar el cuerpo inerte del contador. El hombre que manejaba los números de mi padre, el que conocía cada secreto financiero, se había llevado la verdad a la tumba. O peor, se la había entregado a Viktor.

Dante me tomó de la mano y corrimos hacia la salida trasera. Los hombres de Viktor nos pisaban los talones. Llegamos al coche, los neumáticos chirriaron sobre el asfalto mojado mientras escapábamos de la zona industrial a toda velocidad.

El silencio dentro del coche era más pesado que el tiroteo. Miré mis manos; estaban manchadas con la sangre de Rossi. Saqué un pañuelo de seda y empecé a limpiarlas con una calma metódica, la misma que usaba para corregir un balance descuadrado.

—¿Qué te dijo Ivonne antes de que empezaran los disparos? —preguntó Dante, sin quitar la vista de la carretera. Su voz era sospechosamente tranquila.

—Me dijo que tuviera cuidado con las sombras —mentí, guardando el pañuelo—. Y que en este muelle, nadie es quien dice ser.

Dante apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. —Ivonne juega para sí misma, Elena. Si intentó sembrar dudas entre nosotros, es porque sabe que juntos somos imparables. No dejes que sus juegos mentales arruinen nuestra estrategia.

—Mi estrategia es simple, Dante —dije, mirándolo fijamente—. No confío en nadie que no pueda auditar. Y ahora mismo, tus cuentas no me cuadran.

Él soltó una risa seca, sin rastro de humor. —Bien. Entonces mantén tus ojos en mí. Pero recuerda: mientras tú sospechas, Viktor está celebrando que ya tiene la llave de tu imperio.

Llegamos a un apartamento seguro en el centro de la ciudad, un lugar que ni siquiera mi padre conocía. Entramos y cerré la puerta con tres cerrojos. Me quité el blazer manchado y lo arrojé al sofá.

—Rossi dijo que mi padre confió en el hombre equivocado —dije, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Tú eras su socio más cercano. Tú conocías cada movimiento de su capital.

Dante se acercó lentamente, acortando el espacio hasta que pude sentir el calor de su aliento. Me quitó la Beretta de la mano con una suavidad que me desarmó más que su fuerza, y la dejó sobre la mesa de centro.

—Si yo quisiera tu imperio, Elena, te habría dejado morir en esa carretera —susurró, su rostro a centímetros del mío—. Tu padre era mi amigo, pero tú... tú eres algo que no vi venir.

Su mano rozó mi mejilla, subiendo hasta enredarse en mi cabello. La tensión eléctrica entre nosotros era insoportable. Por un momento, olvidé las auditorías, a Viktor y la sangre. Pero justo cuando sus labios estaban a punto de rozar los míos, mi teléfono vibró en el bolsillo.

Era un mensaje de un número desconocido. Solo tenía una foto.

Era una captura de pantalla de una transferencia bancaria de la cuenta privada de mi padre. El destinatario era una empresa fantasma a nombre de Dante Moretti.




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