Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 5: Auditoría de piel

El apartamento seguro se sentía de pronto demasiado pequeño. El calor que desprendía el cuerpo de Dante era una presencia física, una presión que me obligaba a retroceder hasta que mi espalda golpeó la pared fría. Su mano seguía enredada en mi cabello, y sus ojos oscuros buscaban algo en los míos que ni siquiera yo estaba lista para entregar.

Mi teléfono vibró en el bolsillo. Ese pequeño zumbido fue como un balde de agua helada sobre mi nuca.

—Dante... —mi voz salió más quebrada de lo que pretendía.

—Dime que no quieres que te bese, Elena —susurró él, acortando los últimos milímetros—. Dímelo y me aparto ahora mismo.

Quería decírselo. Quería usar mi lógica de administradora y decirle que un socio no se mezcla con el capital emocional. Pero mi cuerpo no seguía las reglas de mi cerebro. El aroma a sándalo y pólvora de su piel me estaba nublando el juicio.

Sin embargo, la imagen de la transferencia bancaria a su nombre seguía quemando en mi memoria.

Le puse una mano en el pecho, no para empujarlo, sino para crear una frontera de carne y hueso. Sentí el latido de su corazón, fuerte y rítmico, bajo la tela fina de su camisa.

—No puedo —dije finalmente, recuperando mi tono gélido—. No ahora. Rossi ha muerto y yo tengo una empresa que recuperar. El deseo es una variable que no puedo incluir en mi balance hoy.

Dante me miró fijamente durante unos segundos que parecieron eternos. Una sonrisa amarga, casi imperceptible, cruzó sus labios. Se apartó lentamente, dándome el aire que mis pulmones reclamaban a gritos.

—Eres una mujer de negocios hasta cuando te tiemblan las manos, Elena —dijo, dándose la vuelta para servirse un trago de bourbon en la barra del apartamento—. Me gusta. Pero no olvides que el exceso de control también puede asfixiarte.

Saqué el teléfono y miré de nuevo la foto de la transferencia. 5 millones de dólares de la cuenta personal de mi padre a "Moretti Logistics & Co.". La fecha era de apenas tres días antes del asesinato.

—Dante, hablemos de logística —solté, caminando hacia la barra pero manteniendo una distancia de seguridad—. Ivonne dice que tú le pagaste a Rossi. Y ahora recibo pruebas de que mi padre te transfirió una fortuna antes de morir. ¿Qué compraste exactamente con ese dinero?

Dante dejó el vaso de cristal sobre la madera con un golpe seco. Se giró, y esta vez no había deseo en su mirada, solo una frialdad profesional que me recordó por qué era el socio más temido de la ciudad.

—Esa transferencia fue el pago por un cargamento de armas que tu padre pidió para defenderse de Viktor —respondió sin pestañear—. Él sabía que su propio sobrino estaba conspirando. Yo cumplí mi parte. Las armas están en un almacén en el puerto, pero solo yo tengo el código de acceso.

—¿Y por qué no las usaste para salvarlo? —mi voz subió de tono.

—Porque tu padre nunca me dio la orden —Dante se acercó un paso, recuperando su dominio del espacio—. Era un hombre orgulloso, Elena. Pensó que podía manejar a su familia. Se equivocó. Ahora, esas armas son tuyas... si confías en mí lo suficiente para ir a buscarlas.

Me quedé en silencio, procesando la información. Como analista, sabía que una transferencia no siempre significa traición; puede ser una inversión. Pero en este mundo, las inversiones se pagan con vidas.

—Si esas armas existen, las necesitaremos para entrar en la mansión —dije, cerrando el teléfono—. Pero no iremos ahora. Viktor espera que reaccionemos con rabia. Vamos a darle silencio.

Caminé hacia el único dormitorio del apartamento. Me detuve en el umbral y lo miré por encima del hombro.

—Tú duermes en el sofá, socio. Mañana a primera hora iremos a ver a Ivonne. Si ella tiene los códigos de mi padre, quiero saber qué precio le puso a su lealtad.

—Elena —me llamó él cuando estaba a punto de cerrar la puerta.

—¿Qué?

—Ten cuidado con las auditorías nocturnas. A veces, cuando buscas demasiado un error, terminas creándolo.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella, sintiendo cómo mi corazón finalmente bajaba de revoluciones. Me quité los tacones y me miré al espejo. Tenía el labio inferior ligeramente hinchado y el cabello revuelto. Parecía cualquier cosa menos una fría administradora de empresas.

Me acosté vestida, con la Beretta bajo la almohada. A través de la puerta, escuchaba el movimiento de Dante en la sala, el roce de su ropa, el hielo chocando contra el cristal. La tensión no se había ido; solo se había transformado en un hilo invisible que nos mantenía conectados en la oscuridad.

Mañana, la caza empezaba de verdad. Y si Dante me estaba mintiendo, me aseguraría de que fuera el error más caro de su vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.