Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 6: El santuario de seda y sospechas

El ático de Ivonne era un monumento al exceso y a la falta de escrúpulos. Ubicado en el piso 42 de la torre más exclusiva de la ciudad, el lugar era una burbuja de cristal y mármol negro que ignoraba la suciedad de las calles allá abajo. Al entrar, el olor a jazmín y sándalo me golpeó con la fuerza de un muro físico. Era un aroma diseñado para seducir, para bajar la guardia, pero para alguien que había pasado años analizando patrones de comportamiento, olía a distracción.

Dante caminaba medio paso por delante de mí. Su lenguaje corporal había cambiado; ya no era el socio cínico del apartamento, sino un depredador en territorio hostil. Su mano derecha descansaba sobre el botón superior de su chaqueta, un gesto técnico que le permitiría desenfundar su arma en menos de un segundo si el sensor de movimiento detectaba una amenaza no autorizada.

—Llegan tarde para el té, pero temprano para la ejecución —la voz de Ivonne llegó desde la terraza acristalada antes que su figura.

Apareció envuelta en una bata de seda color perla que se arrastraba por el suelo con un siseo casi orgánico. Ivonne siempre había tenido esa habilidad: la de parecer inofensiva mientras te cortaba el cuello con una sonrisa. Sus ojos recorrieron a Dante con una familiaridad insultante, deteniéndose en la tensión de sus hombros antes de fijarse en mí.

—Déjate de juegos, Ivonne —dije, arrojando mi tableta sobre la mesa de cristal. El golpe seco resonó en el salón minimalista—. Sé que tú filtraste los protocolos de acceso a las cuentas de mi padre. Sé que Viktor no tiene la capacidad técnica para saltarse una encriptación de 256 bits sin ayuda interna. Lo que no he logrado cuadrar en mi balance es tu precio. ¿Poder? ¿O simplemente miedo?

Ivonne soltó una risa cristalina que no llegó a sus ojos. Se acercó a la barra de bar, sirviéndose un licor ambarino con una parsimonia irritante. Luego, caminó hacia Dante. Con una lentitud calculada, le puso una mano en el pecho, justo sobre el esternón, sintiendo el latido de su corazón a través de la tela fina de su traje.

—Dante sabe que en este mundo, el miedo es la mejor moneda de cambio, ¿verdad, cariño? —ronroneó ella, ignorándome por completo—. Él sabe lo que se siente estar en la mira de un Volkov.

Dante no se movió, pero su mandíbula se tensó tanto que pude ver una vena latir en su sien. Sus ojos oscuros, sin embargo, permanecieron clavados en los míos. Era una prueba. Quería ver si mi máscara de frialdad administrativa se rompía ante la proximidad de otra mujer.

—No me metas en tus deudas, Ivonne —la voz de Dante fue un latigazo de hielo puro. Le apartó la mano con una brusquedad que hizo que ella perdiera el equilibrio por un instante—. Elena no vino a recordar viejos tiempos. Vino por sus códigos. Dáselos ahora, o me aseguraré de que tu próxima inversión sea un ataúd de seda.

Ivonne se recompuso, su expresión endureciéndose. El juego se había acabado. —Los códigos están protegidos por una capa biométrica que tu padre instaló hace meses, Elena —dijo ella, caminando hacia una terminal oculta tras una pintura abstracta—. Viktor tiene el acceso a la red, pero no puede mover ni un centavo sin tu huella dactilar y tu escaneo de retina. Por eso te emboscó en la carretera. No quería matarte en ese momento; quería convertirte en su llave personal para vaciar las cuentas antes de que el Consejo lo descubra.

Me acerqué a la terminal, mi cerebro procesando la información a toda velocidad. Si Viktor necesitaba mi biometría, yo era el activo más valioso y, a la vez, el más vulnerable del tablero.

—Si él tiene el acceso a la red, significa que ya sabe dónde estamos —dije, mirando a Dante.

Él asintió, sacando su arma con un movimiento fluido. —Él y cualquier mercenario que haya contratado con el dinero que ya logró desviar.

—Ivonne, ¿quién más está en el trato? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en la base del estómago—. Viktor no tiene los contactos para contratar francotiradores de élite. ¿Quién lo respalda?

Ivonne abrió la boca para responder, pero el sonido de un cristal estallando cortó el aire. Un punto rojo, minúsculo y letal, bailó sobre la seda blanca de su pecho antes de subir hacia su frente.

—¡Al suelo! —rugió Dante.

Me tacleó con la fuerza de un camión, envolviéndome con sus brazos mientras nos estrellábamos contra el suelo de mármol. El impacto me sacó el aire, pero no tuve tiempo de recuperarlo. El sonido rítmico de los disparos de alta precisión empezó a convertir el ático de lujo en una zona de guerra. Los cristales estallaban en mil pedazos, convirtiéndose en diamantes letales que volaban por toda la habitación.

—¡Quédate pegada a mí! —gritó Dante cerca de mi oído.

Sentí su cuerpo proteger el mío, su calor mezclado con el olor a pólvora que ya empezaba a llenar el salón. En medio del caos, vi a Ivonne arrastrarse hacia una habitación de seguridad, sangrando por un corte en el hombro.

—¡Dante, la terminal! —grité, señalando la pantalla que aún parpadeaba con los datos de mi padre.

—¡Olvida la terminal, Elena! ¡Si no salimos de aquí en treinta segundos, no habrá nadie vivo para usar esos códigos!

Dante se levantó lo suficiente para devolver el fuego hacia las ventanas rotas, dándome cobertura. Tomé mi bolso, asegurando la Beretta, y lo miré. Sus ojos estaban inyectados en sangre, llenos de una determinación salvaje. Por un segundo, la administrativa y el socio desaparecieron; solo quedaban dos supervivientes en el epicentro de un terremoto de balas.

—¡Ahora, corre! —ordenó.

Salimos disparados hacia la salida de incendios mientras el ático de Ivonne se convertía en una tumba de cristal tras nosotros. La guerra ya no era una posibilidad estadística; era nuestra realidad inmediata.




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