El eco de los disparos del ático de Ivonne todavía zumbaba en mis oídos cuando Dante frenó en seco frente a un motel de las afueras. El cartel de neón, una estructura oxidada que apenas lograba deletrear "Paradise", parpadeaba con un zumbido eléctrico que me crispaba los nervios. Era el tipo de lugar donde la gente va a desaparecer o a morir, y en nuestro caso, ambas opciones estaban sobre la mesa.
—Baja la cabeza y no sueltes esa bolsa —ordenó Dante, su voz era un gruñido bajo, cargado de una adrenalina que todavía no terminaba de drenar.
Entramos en la habitación 104. El olor a humedad, tabaco viejo y desinfectante barato me revolvió el estómago, un contraste violento con el lujo al que estaba acostumbrada. Dante cerró la puerta, echó los tres cerrojos y se apoyó contra la madera, cerrando los ojos por un segundo. Fue entonces cuando lo vi: una mancha oscura y viscosa se extendía rápidamente por el costado derecho de su camisa blanca de seda.
—Estás herido —dije, dando un paso hacia él. Mi instinto de auditora, el de detectar fallos en el sistema, tomó el mando.
—Es un roce, Elena. He tenido peores en mañanas aburridas —respondió él, aunque su respiración era pesada.
Se despojó de la chaqueta con un movimiento que le arrancó una mueca de dolor y empezó a desabrocharse la camisa. Me quedé inmóvil, observando cómo la tela empapada se despegaba de su piel. Al quitársela por completo, la luz amarillenta y parpadeante de la lámpara de mesa reveló un mapa de guerra que no esperaba ver. Su torso y su espalda estaban cubiertos de cicatrices: marcas de balas, cortes de cuchillo que cruzaban sus costillas y una quemadura antigua en el hombro.
Cada marca era un registro de una traición o una batalla que yo no conocía. Dante no era solo un socio con dinero; era un hombre que había pagado su asiento en la mesa con pedazos de su propia piel.
—Siéntate en la cama. Voy a limpiar eso —dije, recuperando la firmeza. Saqué el botiquín de emergencia de mi bolso.
—No tienes que hacerlo, jefa. Puedo solo.
—No es una pregunta, Dante. Es una orden directa del 50% de la sociedad —le sostuve la mirada hasta que él, con una sonrisa amarga, cedió y se sentó.
Me arrodillé en el suelo, justo entre sus piernas, para quedar a la altura de la herida. La cercanía era abrumadora. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, un calor que contrastaba con el frío del aire acondicionado viejo. Tomé una gasa con antiséptico y la presioné contra el corte en su costado.
Dante soltó un gruñido profundo, un sonido que vibró en el aire y que me hizo apretar los dientes. Sus manos se cerraron sobre el borde del colchón, tensando sus bíceps.
—Cuidado, Elena —susurró, su voz ahora era un hilo de seda peligroso—. Si sigues tocándome con esa delicadeza, voy a olvidar que estamos huyendo de un escuadrón de la muerte.
—Estoy haciendo una auditoría de daños, Dante. No te desvíes del tema —respondí, aunque sentía que mi propio pulso se aceleraba de una forma que ningún balance financiero podría explicar.
Le limpié la sangre con movimientos lentos, meticulosos. Mi mano rozó accidentalmente su abdomen, firme como el mármol, y sentí una descarga eléctrica recorrer mis dedos. Levanté la vista y me encontré con sus ojos oscuros fijos en los míos. Ya no había rastro de la frialdad del socio; había un hambre contenida, una tensión sexual que amenazaba con devorar la poca lógica que me quedaba.
Dante soltó una mano del colchón y me tomó de la barbilla, obligándome a mantener el contacto visual. Su pulgar acarició mi labio inferior, un toque tan ligero que pareció una alucinación.
—Huyes de la mafia porque quieres paz, Elena. Pero tus ojos dicen que te mueres por el caos —su rostro se inclinó hacia el mío, acortando la distancia hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Y yo soy el caos personificado.
Estuvimos a milímetros. Mis labios ardían por el contacto, mi mente gritaba que este era el error más grande de mi carrera, pero mi cuerpo pedía a gritos que él terminara de cerrar la brecha. Justo cuando sus labios rozaron la comisura de los míos, el viejo televisor de la habitación, que estaba encendido con el volumen en cero, mostró una imagen que rompió el hechizo.
Era una toma aérea de un incendio. Reconocí el edificio de inmediato.
—Dante... mira —susurré, apartándome con el corazón en la garganta.
Se giró hacia la pantalla. Era mi oficina de auditoría en el centro. El lugar donde guardaba mis títulos, mis archivos civiles, la prueba de que podía ser alguien más allá del apellido Volkov. Estaba envuelta en llamas devoradoras.
—Viktor —dijo Dante, su voz volviendo a ser de acero—. No solo quiere las cuentas, Elena. Quiere borrar a la mujer que construiste fuera de la familia. Quiere que no tengas a donde volver.
Me puse de pie, sintiendo una furia gélida recorrer mis venas. La tristeza por mis cosas quemadas duró apenas un segundo antes de ser reemplazada por una resolución absoluta. Viktor había cometido el error de pensar que mi poder estaba en esos papeles.
—Él cree que me dejó sin nada —dije, mirando mis manos, que aún conservaban el rastro de la sangre de Dante—. Pero no entiende que los números no se queman. Mi padre me enseñó a destruir imperios antes de que aprendiera a caminar, y Viktor acaba de darme la excusa perfecta para usar todo lo que sé.
Dante se levantó, ignorando el dolor de su costado. Se puso a mi espalda, su sombra cubriéndome por completo.
—Entonces se acabó el tiempo de las auditorías, Elena. Es hora de hacer que Viktor pague por el fuego con sangre.
El gancho estaba echado. Ya no era una cuestión de herencia. Era personal.