El resplandor anaranjado del televisor iluminaba la habitación del motel, proyectando sombras alargadas que bailaban sobre el torso desnudo de Dante. Yo no podía apartar la vista de las llamas que consumían mi oficina en la pantalla. Mis títulos, mis archivos de clientes legales, el pequeño escritorio de roble donde había pasado noches enteras cuadrando balances para empresas de logística... todo se estaba convirtiendo en carbón.
Viktor no solo quería mi herencia; quería borrar mi identidad. Quería que la Elena que sabía leer un estado de cuenta desapareciera para que solo quedara la Elena que él podía controlar.
—Él cree que me ha dejado sin nada —dije, mi voz sonando extrañamente tranquila, con esa calma gélida que me invadía cuando encontraba un desfalco millonario—. Cree que mi poder estaba en esos papeles y en ese edificio.
Dante se acercó a mí por la espalda. No me tocó, pero pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una presencia sólida que anclaba mi rabia.
—Viktor siempre ha sido un estratega de corto alcance, Elena —su voz era un murmullo profundo en la penumbra—. Quema lo que ve porque no entiende lo que no puede tocar. No sabe que el verdadero libro contable de los Volkov está guardado en tu memoria.
Me giré para enfrentarlo. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de respeto y algo mucho más peligroso. Me di cuenta de que Dante no estaba allí solo por el dinero de mi padre; estaba fascinado por la forma en que mi mente funcionaba bajo presión.
—Él acaba de darme la variable que me faltaba —continué, caminando hacia la pequeña mesa de noche donde había dejado mi computadora portátil de alta seguridad—. Si quemó mi oficina civil, significa que tiene miedo de lo que yo pueda rastrear desde afuera. Pero cometió un error técnico básico: el servidor de respaldo de la familia no está en la oficina. Está en el sótano de la mansión, camuflado bajo el sistema de climatización.
Dante arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre su pecho marcado por las cicatrices. —¿Me estás diciendo que tenemos que entrar en la boca del lobo para obtener los datos que necesitamos para destruirlo?
—No solo los datos, Dante —me senté frente a la pantalla, mis dedos volando sobre el teclado con una agilidad mecánica—. Necesito entrar físicamente a la terminal para liberar el bloqueo biométrico que Ivonne mencionó. Una vez que mi huella esté en ese sistema, puedo congelar cada cuenta bancaria que Viktor esté usando para pagar a sus mercenarios. Lo dejaré sin fondos en menos de diez minutos. Un ejército que no cobra es un ejército que deserta.
Dante soltó una risa seca, cargada de una admiración oscura. —Eres letal, Elena. Usas los números como si fueran balas de calibre 50. Pero para llegar a ese sótano, tenemos que atravesar el jardín principal y la guardia personal de tu primo. Ellos no pelean con hojas de cálculo.
Me puse de pie y caminé hacia él, acortando la distancia hasta que mis dedos rozaron la tela de su pantalón, justo donde guardaba su arma de repuesto. —Por eso te tengo a ti, socio. Tú pones el fuego, yo pongo la estrategia. Pero antes de ir a la mansión, tenemos que recoger el cargamento que mi padre pagó. Las armas del muelle 4.
Dante me tomó de la cintura, atrayéndome hacia él con una brusquedad que me cortó el aliento. Sus manos eran grandes, cálidas, y su tacto quemaba a través de mi blusa de seda. —Si entramos en ese muelle, no habrá vuelta atrás. Estaremos declarando la guerra oficialmente. ¿Estás lista para dejar de ser la auditora y convertirte en la Reina del Caos?
—La auditoría ha terminado, Dante —susurré, subiendo mis manos por sus hombros, sintiendo la tensión de sus músculos—. Ahora empieza la liquidación de activos. Y voy a empezar por cobrarle a Viktor hasta el último centavo de lo que me debe.
El ambiente en la habitación cambió. El deseo, que habíamos estado conteniendo desde el apartamento, estalló en una tensión eléctrica que hacía que el aire pesara. Dante inclinó su cabeza, su nariz rozando la mía. Podía oler el sándalo, el tabaco y esa nota metálica de la adrenalina. Sus labios buscaron los míos con una urgencia contenida, pero justo antes de que el contacto se sellara, me aparté con una sonrisa de suficiencia.
—No te distraigas, Dante —le dije, dándole un golpecito suave en el pecho—. Tenemos un imperio que recuperar. Guarda esa energía para cuando estemos en el despacho de mi padre.
Él soltó un suspiro pesado, una sonrisa peligrosa bailando en sus labios. —Eres una tortura necesaria, Elena Volkov. Pero te lo advierto: cuando esto termine, no habrá auditoría que te salve de lo que te voy a hacer.
Salimos del motel bajo el amparo de la madrugada. El cielo de la ciudad estaba teñido de un rojo artificial por el incendio de mi oficina, pero mientras Dante aceleraba el deportivo hacia la zona industrial, yo solo sentía una claridad absoluta.
Llegamos al muelle 4. El olor a salitre y metal oxidado nos recibió. Dante detuvo el coche a una distancia segura y sacó un rifle de asalto del maletero, revisando el cargador con una destreza que me recordó que él era el socio más letal de mi padre por una razón.
—Quédate detrás de mí —me ordenó, su voz volviendo al tono profesional de combate—. Si escuchas un disparo que no sea mío, corre al coche y no mires atrás.
—Dante —lo llamé antes de que avanzara hacia las sombras del almacén.
Él se giró. —¿Qué?
—Asegúrate de no morir. Todavía tengo que revisar tus cuentas personales después de esto.
Él me guiñó un ojo, una chispa de diversión salvaje en su mirada, y desapareció entre los contenedores de carga. Yo saqué mi Beretta, ajusté el seguro y me preparé. No era solo una cuestión de dinero o de un apellido. Era el momento de demostrar que una Volkov, incluso armada con una calculadora, era la criatura más peligrosa del mundo.