El muelle 4 era un cementerio de metal oxidado bajo la lluvia persistente de la madrugada. El sonido del agua golpeando los contenedores de carga creaba una estática natural que camuflaba nuestros pasos, pero no lograba calmar el zumbido de alerta en mi nuca. Dante se movía con una fluidez aterradora, una sombra negra que se fundía con la estructura del puerto. Yo lo seguía, manteniendo el dedo fuera del gatillo de mi Beretta, mi mente registrando cada ángulo muerto como si fuera un error en un balance general.
—La seguridad perimetral ha sido vulnerada —susurró Dante, deteniéndose junto a la puerta principal del almacén—. No hay guardias. No hay cámaras activas. Alguien limpió el camino antes de que llegáramos.
—O nos están esperando dentro —respondí, sintiendo el frío del metal del arma filtrarse por mis guantes de piel.
Dante me miró por encima del hombro. La luz de un poste lejano iluminaba la mitad de su rostro, endurecido por la concentración. —Si esto es una emboscada, Elena, corre hacia el contenedor azul a las diez en punto. Tiene un doble fondo. No intentes ser una heroína de oficina.
—Ahorra tus consejos tácticos, socio. Abre la puerta.
Con un movimiento seco, Dante forzó la cerradura electrónica. La pesada puerta de metal se deslizó con un chirrido que cortó el silencio de la noche. Entramos con las armas en alto, barriendo el espacio con las linternas tácticas. El olor no era a pólvora ni a aceite de armas, como esperaba. Era el olor metálico y dulzón de la sangre fresca.
En el centro del inmenso almacén, iluminado por una sola bombilla que parpadeaba desde el techo, no había cajas de armamento. No había fusiles ni chalecos. Solo había una silla de madera solitaria.
Y sobre la silla, un sobre de papel crema, inconfundible, sellado con la cera roja que llevaba el escudo de armas de los Volkov. El mismo sello que mi padre usaba solo para las comunicaciones que no debían dejar rastro legal.
—Dante, espera —dije, deteniéndolo cuando intentó acercarse.
—Es una trampa de presión, Elena. Aléjate.
—No lo es —caminé hacia la silla, ignorando sus protestas. Mis manos temblaban ligeramente mientras tomaba el sobre. El peso del papel era familiar, una constante en mi infancia de informes y secretos.
Al abrirlo, una llave de oro macizo cayó al suelo con un tintineo limpio. Pero fue la nota lo que hizo que el mundo se detuviera. La caligrafía era firme, elegante y con esa inclinación hacia la derecha que yo había imitado durante años para firmar mis primeros cheques escolares.
"El trono no se hereda, Elena. Se arrebata con la misma frialdad con la que se audita una quiebra. Te espero en el lugar donde guardamos el primer secreto. No decepciones mi legado."
—Está vivo —susurré, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones.
Dante se acercó, leyendo la nota por encima de mi hombro. Su mandíbula se tensó tanto que pude escuchar el crujir de sus dientes. Su mano se cerró sobre mi brazo, no con delicadeza, sino con una urgencia que me quemó.
—¿Cómo es posible? —su voz era un rugido contenido—. Yo vi el informe forense. Yo vi el cuerpo en la morgue antes de que Viktor tomara el control.
—¿Viste el cuerpo o viste lo que querían que vieras, Dante? —me giré hacia él, clavando mis ojos en los suyos. La sospecha, esa vieja amiga de la auditoría, volvió a surgir—. Tú eras su socio. Tú manejabas la logística de su seguridad. Si él fingió su muerte, ¿cómo es que tú no sabías nada?
Dante me acorraló contra uno de los pilares de acero del almacén. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, atrapándome en su espacio personal. El calor que emanaba de él chocaba con el frío de la lluvia que aún goteaba de mi ropa.
—No te atrevas a dudar de mí ahora, Elena —siseó, su rostro a centímetros del mío—. He arriesgado mi imperio y mi vida por sacarte de esa carretera. Si tu padre me engañó, es porque quería que yo también fuera una pieza en su tablero para ponerte a prueba a ti.
—O porque sabía que tú eras el único lo suficientemente ambicioso para intentar quedarte con todo si él desaparecía —respondí, mi respiración acelerada por la proximidad y la desconfianza.
La tensión entre nosotros estalló. Dante no me besó, pero tomó mi rostro con una mano, sus dedos hundiéndose en mi cabello. Fue una caricia posesiva, violenta y cargada de una frustración que no podíamos expresar con palabras. Estábamos en medio de un almacén vacío, rodeados de enemigos invisibles, y lo único real era la electricidad que vibraba entre nosotros.
—Si él está vivo, Elena, entonces esta guerra acaba de cambiar de bando —murmuró él, su frente contra la mía—. Ya no peleamos contra Viktor. Peleamos contra el fantasma de tu padre. Y él juega para ganar, sin importar quién caiga en el proceso.
En ese momento, un gemido débil llegó desde las sombras al fondo del almacén. Corrimos hacia el origen del sonido. Allí, oculta tras unas lonas, estaba Ivonne. Estaba herida, con un vendaje improvisado en el hombro y los ojos inyectados en sangre.
—Elena... —susurró ella, intentando levantarse—. No fue Viktor quien me atacó en el ático. Fue... fue la guardia negra. La guardia personal de tu padre.
—¿Por qué, Ivonne? —me arrodillé a su lado, buscando respuestas en sus ojos vidriosos.
—Porque él necesitaba que tú y Dante estuvieran solos —ella tosió, un rastro de sangre manchando sus labios—. Necesitaba que se volvieran aliados antes del final. El trono... el trono requiere un Don y una mano derecha que no se traicionen. Él los está observando, Elena. Siempre lo estuvo.
Dante me miró, y por primera vez vi una sombra de duda en el hombre que parecía invencible. Estábamos siendo auditados por un maestro del engaño.
—Tenemos que ir a la mansión —dije, levantándome y guardando la llave de oro en mi bolsillo—. Si él nos espera en el "primer secreto", sé exactamente dónde está. Pero no entraremos como su hija y su socio. Entraremos como los dueños del juego.