El ascensor privado subía con un zumbido casi imperceptible, pero para mí, cada piso era un latido sordo en las sienes. A mi lado, Dante revisaba el cargador de su arma con una calma que me resultaba envidiable. Sus nudillos todavía estaban rozados por la pelea en el sótano, y el aroma a su piel, mezclado con el metal del ascensor, me recordaba el beso que acabábamos de compartir. Un beso que se sentía como un pacto sellado antes de la ejecución.
—Recuerda, Elena —susurró Dante, sin mirarme—. Viktor es un animal acorralado. No lo ataques donde es fuerte; atácalo donde es pobre.
—En este mundo, Dante, nadie es más pobre que alguien que ha perdido su crédito —respondí, ajustando el cuello de mi blazer manchado de ceniza.
Las puertas se abrieron directamente al gran salón. El ruido de las risas y el chocar de las copas de cristal se cortó en seco, como si alguien hubiera pasado una cuchilla por el aire. Siete miembros del Consejo y una docena de hombres armados se quedaron petrificados.
En la cabecera, Viktor tenía una pierna cruzada sobre el brazo de la silla de mi padre. Parecía un rey de opereta, con la corona demasiado grande para su cabeza pequeña.
—¿Pero qué ven mis ojos? —Viktor se puso de pie, su risa sonando forzada, aguda—. La prima ha vuelto de entre los muertos. Y trae a su perro faldero con ella.
Dante dio un paso al frente, su sola presencia haciendo que los guardias de Viktor retrocedieran un centímetro. Pero yo le puse una mano en el brazo. No era el momento de las balas. Todavía no.
—No estoy muerta, Viktor. Solo estaba haciendo una auditoría externa de tus movimientos —caminé hacia la mesa, ignorando las armas que me apuntaban—. Y debo decir que tus números son... deplorables.
—¿De qué hablas, estúpida? Tengo al Consejo. Tengo las llaves. ¡Tengo el control! —gritó él, golpeando la mesa.
—Tienes una ilusión de control —saqué un pequeño dispositivo de mi bolsillo y lo conecté a la terminal de la mesa de conferencias. En segundos, las pantallas gigantes del salón mostraron gráficos de flujo de efectivo en rojo brillante—. Hace exactamente tres minutos, ejecuté una orden de embargo sobre las cuentas puente que usaste para pagar a tus mercenarios. He desviado los fondos a una cuenta de fideicomiso bloqueada.
Los hombres armados de la habitación intercambiaron miradas nerviosas. El brillo de la lealtad en sus ojos empezó a apagarse al ver que sus pagos electrónicos estaban siendo revertidos.
—¡Mientes! —rugió Viktor, sacando su propia tableta. Sus dedos temblaban mientras intentaba acceder al sistema SIGAT. Su rostro se puso gris al ver el mensaje de "Acceso Denegado".
—También he notificado al Consejo sobre tu desfalco de 12 millones de dólares del fondo de pensiones de la organización —continué, acercándome a los ancianos del Consejo, que me miraban con un respeto renovado y aterrado—. Viktor no es un Don. Es un parásito que está desangrando su propia herencia para cubrir sus deudas de juego en Macao.
—¡Basta! —Viktor sacó su arma, apuntándome directamente al rostro—. ¡Un disparo y todo esto se acaba! ¡No necesito dinero si tengo el trono!
Dante se movió más rápido de lo que el ojo podía seguir. En un parpadeo, tenía su cañón debajo de la barbilla de Viktor. La frialdad en el rostro de Dante era absoluta; era el ángel de la muerte esperando una señal.
—Atrévete a apretar ese gatillo, Viktor —siseó Dante, su voz vibrando con una violencia contenida que me hizo estremecer—. Y te juro que te mantendré vivo lo suficiente para que veas cómo quemo cada billete que alguna vez tocaste.
El silencio en el salón era tan denso que podía oírse el goteo de sudor de Viktor. Él miró a su alrededor, buscando apoyo, pero sus guardias ya habían bajado las armas. Nadie pelea gratis, y menos por un perdedor.
—El Consejo ha escuchado suficiente —dijo el miembro más antiguo, poniéndose de pie—. Elena Volkov ha demostrado tener la visión y la sangre fría que este negocio requiere. Viktor... has fallado en la auditoría.
—¿Qué significa eso? —balbuceó Viktor, soltando el arma.
—Significa que eres un activo tóxico —dije, quitándole la silla de mi padre con un empujón—. Y los activos tóxicos se liquidan.
Dante tomó a Viktor por el cuello y lo arrastró hacia el centro del salón. Viktor gritaba, suplicando, pero nadie lo escuchaba. Lo llevaron hacia el sótano, el lugar donde las deudas de la mafia se pagaban con algo más que dinero.
Me quedé sola en el salón con el Consejo. El peso de la mansión parecía descansar ahora sobre mis hombros. Miré mis manos; estaban limpias, pero sentía el peso de la llave de oro en mi bolsillo.
Dante regresó unos minutos después. Su camisa estaba un poco más desarreglada y sus ojos buscaban los míos con una intensidad que me hizo olvidar dónde estábamos. Se acercó a mí, deteniéndose a centímetros. El aire entre nosotros volvió a cargarse de esa electricidad que habíamos estado ignorando para sobrevivir.
—Ya está hecho, Elena —dijo, su voz volviendo a ser ese murmullo que me erizaba la piel—. Eres la dueña de todo. ¿Cómo se siente el poder?
—Se siente... pesado —admití, dejando caer mi máscara de analista por un segundo—. Dante, mi padre está abajo. Nos está observando. Todo esto fue un examen.
Dante me tomó de la cintura, atrayéndome hacia él. Esta vez no había peligro inmediato, solo nosotros dos en medio de la victoria. —Entonces démosle algo que observar —susurró.
Me besó, pero esta vez no fue un beso de guerra. Fue un beso de posesión, de alivio y de una promesa oscura. Sus manos bajaron por mi espalda, reclamando cada centímetro, recordándome que, aunque yo tuviera los números, él tenía mi lealtad... y algo más.
—Elena —me llamó una voz desde el intercomunicador de la mesa. Era mi padre—. No te pongas cómoda. Ivonne acaba de desaparecer de la enfermería. Y se llevó los planos de la ruta logística de Moretti.
Editado: 05.04.2026