Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 12: Activos en fuga

El silencio que siguió a la advertencia de mi padre por el intercomunicador fue más pesado que el estruendo de los disparos en el muelle. Miré a Dante; su rostro, habitualmente una máscara de control absoluto, se contrajo en una expresión de furia pura. Ivonne no solo se había ido; se había llevado el mapa de las rutas de suministro de Moretti, el sistema circulatorio de su poder.

—Esa maldita nos usó a todos —siseó Dante, golpeando la mesa de caoba con el puño—. Usó su herida para que bajáramos la guardia. Usó tu compasión, Elena.

—Mi compasión no existe, Dante. Fue un error de cálculo —respondí, aunque por dentro sentía el aguijón del engaño—. Ella no escapó sola. Para burlar la seguridad de la enfermería de esta mansión se necesita un código de anulación que solo mi padre o Viktor conocían.

—O alguien que haya estado auditando el sistema desde las sombras mucho antes que tú —Dante me tomó del brazo, obligándome a caminar hacia el garaje privado—. Si llega al puerto y entrega esos planos a los carteles del sur, tu herencia no valdrá ni el papel en el que está impresa. Tus números se volverán cero en cuestión de horas.

Bajamos al garaje en un silencio tenso. El olor a gasolina y neumáticos nuevos llenaba el espacio. Dante se subió al deportivo negro, el motor rugiendo como una bestia despertada a la fuerza. Me senté a su lado, abriendo mi laptop sobre las rodillas mientras él quemaba caucho al salir hacia la autopista.

—Estoy rastreando la señal de su GPS —dije, mis dedos volando sobre el teclado con una precisión frenética—. Ella cree que desactivó el rastreador del coche de la enfermería, pero no sabe que el sistema SIGAT tiene un respaldo pasivo en el chasis. Está a diez kilómetros, moviéndose hacia el sector industrial viejo.

—Va hacia el aeródromo privado —Dante cambió de marcha, la aguja del velocímetro subiendo peligrosamente—. Si despega, la habremos perdido.

La velocidad del coche nos pegaba a los asientos. La ciudad pasaba a nuestro lado como un borrón de luces de neón y sombras. En medio de la adrenalina, la mano de Dante bajó de la palanca de cambios y se posó sobre mi muslo, apretando con una firmeza que me hizo contener el aliento. No era un gesto de consuelo; era una conexión eléctrica, un recordatorio de que, a pesar del caos, seguíamos siendo dos cuerpos orbitando uno alrededor del otro.

—Elena —su voz era un murmullo profundo que competía con el rugido del motor—. Si esto sale mal, si Ivonne escapa...

—No va a escapar, Dante. He bloqueado los permisos de vuelo del aeródromo desde el servidor central. Nadie despega sin mi firma digital.

Él soltó una risa ronca, una chispa de admiración salvaje volviendo a sus ojos. —Eres una mujer implacable. Me pregunto si eres tan meticulosa en la cama como lo eres con tus protocolos de seguridad.

—Concéntrate en la carretera, socio —respondí, aunque sentía que el calor subía por mi cuello—. Tendrás toda la noche para descubrirlo si logramos recuperar esos planos.

Llegamos al aeródromo justo cuando un pequeño jet privado empezaba a rodar por la pista. Dante no frenó; aceleró, cruzando la valla de seguridad y posicionando el deportivo justo delante del morro del avión, obligando al piloto a frenar en seco.

Bajamos del coche con las armas en alto. La puerta del jet se abrió lentamente y Ivonne apareció, impecable a pesar de su supuesta herida, sosteniendo un maletín de aluminio. A su lado, dos hombres que no reconocí como parte de la organización Volkov le cubrían las espaldas.

—Elena, querida —dijo Ivonne, su voz amplificada por la calma de la noche—. Siempre tan predecible. Viniste a salvar tus numeritos.

—Vine a cobrar una deuda, Ivonne —dije, dando un paso al frente mientras Dante se posicionaba para flanquearlos—. Los planos que tienes no te sirven de nada. He cambiado los códigos de encriptación mientras veníamos hacia aquí. Lo que tienes en ese maletín es solo ruido digital.

Ivonne palideció, su máscara de confianza agrietándose. Miró el maletín y luego a mí. —¡Mientes! ¡No pudiste hacerlo tan rápido!

—Soy la mejor auditora que este imperio ha visto jamás —sentencié—. Y tú acabas de cometer un error de bulto: pensaste que este negocio se ganaba con seducción, cuando se gana con logística.

Dante se movió como un relámpago, desarmando al primer guardia antes de que pudiera parpadear. Se desató un breve pero intenso intercambio de disparos. Me cubrí tras el motor del deportivo, disparando dos veces con mi Beretta para mantener a raya al segundo hombre. Dante terminó el trabajo con una frialdad letal.

Ivonne cayó de rodillas cuando Dante le arrebató el maletín. Él la miró con un desprecio absoluto, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, le puse una mano en el hombro.

—No, Dante. Ella sabe quién la contrató. Necesitamos esa información para cerrar el balance.

Dante me miró, la sangre todavía hirviendo en sus venas, pero asintió. La tomó por el brazo y la lanzó hacia el asiento trasero de nuestro coche como si fuera un activo devaluado.

El regreso a la mansión fue diferente. Teníamos los planos. Teníamos a la traidora. Pero mientras Dante conducía con una mano y la otra volvía a buscar la mía, la atmósfera en el coche ya no era de guerra. Era de una victoria compartida que pedía a gritos ser celebrada.

—Padre —dije por el manos libres—. Tenemos a Ivonne. Prepárate. La auditoría final está por comenzar.

Pero mientras miraba de reojo a Dante, supe que la auditoría más importante de la noche ocurriría a puerta cerrada, lejos de los ojos de mi padre y de los números del imperio.




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