Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Capítulo 13: Saldo pendiente

El silencio de la mansión tras la tormenta era casi ensordecedor. Habíamos entregado a Ivonne a los hombres de mi padre en el ala de interrogatorios, pero yo no me quedé a escuchar sus súplicas. No necesitaba auditorías de sangre esa noche; mi mente estaba saturada de códigos, pólvora y la presencia constante de Dante a mi espalda.

Subí a mis aposentos privados, una suite blindada que mi padre había rediseñado para mí. Dante me siguió sin decir una palabra, sus pasos pesados sobre la alfombra persa eran el único ritmo que mi corazón parecía reconocer. Al cerrar la puerta tras nosotros, el clic de la cerradura electrónica resonó como un disparo final.

Me quité el blazer manchado de hollín y lo arrojé sobre un diván de terciopelo. Me sentía expuesta, no por la falta de ropa, sino por la forma en que Dante me observaba desde las sombras de la habitación. No había pantallas de seguridad aquí, ni balances que cuadrar. Éramos solo dos activos con una deuda acumulada que ya no podía prorrogarse.

—Dijiste que la auditoría había terminado, Elena —su voz era un murmullo ronco que vibró en la base de mi columna—. Pero veo que tus manos todavía tiemblan.

Me giré para enfrentarlo. Él se había despojado de su propia chaqueta y su camisa blanca, ahora desabrochada hasta la mitad, revelaba el vendaje ensangrentado en su costado. Parecía un dios de la guerra cansado de pelear batallas ajenas.

—No es miedo, Dante. Es... excedente de energía —respondí, tratando de mantener mi tono gélido, aunque mis ojos traicionaban mi resolución al recorrer las cicatrices de su torso.

Dante acortó la distancia en dos zancadas. Me tomó de la cintura con una mano, pegándome a su cuerpo con una brusquedad que me obligó a soltar un jadeo. La otra mano subió por mi cuello, sus dedos enredándose en mi cabello con una posesión que no pedía permiso.

—Mientes —susurró contra mis labios, su aliento con sabor a bourbon y adrenalina—. Tiemblas porque sabes que ya no tienes un plan de contingencia contra lo que siento por ti. Se te acabaron los protocolos, jefa.

—Dante... si hacemos esto, el balance de nuestra sociedad cambiará para siempre —logré decir, aunque mis manos ya estaban subiendo por sus hombros, buscando el contacto de su piel caliente.

—Que cambie —sentenció él antes de capturar mis labios en un beso que no tuvo nada de diplomático.

Fue un beso hambriento, cargado de los días de sospecha y los minutos de peligro compartido. Dante me levantó del suelo como si no pesara nada, sentándome en el borde de mi escritorio de caoba, desplazando carpetas y archivos con un golpe de su brazo. No me importó. Por primera vez en mi vida, los números podían esperar.

Sus manos bajaron por mis muslos, subiendo la falda de mi traje con una urgencia que me hizo arquear la espalda. El frío de la madera contra mi piel contrastaba con el fuego que emanaba de su tacto. Dante se posicionó entre mis piernas, obligándome a rodear su cintura, mientras sus besos bajaban por mi cuello, marcando territorio en cada centímetro de mi piel.

—Eres la mujer más difícil que he tenido que auditar —gruñó él contra mi oreja, su pulgar acariciando mi mandíbula—. Pero eres la única por la que quemaría este imperio entero solo para verte sonreír entre las cenizas.

Me eché hacia atrás, apoyando los codos en el escritorio, dejando que él tomara el control que tanto había ansiado. Verlo así, entregado a su deseo por mí, me dio un poder que ninguna cuenta bancaria podía igualar. No era solo sexo; era la rendición de dos depredadores que finalmente habían encontrado a su igual.

Dante me despojó de la blusa con una destreza que me hizo sonreír entre dientes. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una devoción casi religiosa, antes de volver a mis ojos.

—Dime que eres mía, Elena. No de los Volkov, no del imperio. Mía.

—Nunca he sido de nadie, Dante —respondí, tirando de él hacia mí para volver a besarlo con la misma ferocidad—. Pero esta noche... esta noche el saldo es tuyo. Cóbrate cada deuda.

El resto de la noche se convirtió en un borrón de caricias eléctricas y susurros agitados bajo la luz de la luna que se filtraba por los ventanales blindados. Dante fue metódico, explorando cada una de mis debilidades con la paciencia de un experto, mientras yo descubría que tras la fachada de asesino letal, había un hombre capaz de una ternura que me aterraba más que cualquier amenaza de Viktor.

Cuando finalmente el agotamiento nos venció, nos quedamos entrelazados en la cama, con las sábanas de seda como único refugio. El silencio de la habitación ya no era opresivo; era el silencio de una tregua firmada con la piel.

Sin embargo, justo antes de cerrar los ojos, vi el destello de una luz roja en el marco de la puerta. Una cámara que no debería estar activa. Mi padre seguía auditando nuestras vidas, incluso en la intimidad más profunda.

Me pegué más al pecho de Dante, sintiendo los latidos constantes de su corazón. La guerra no había terminado, pero ahora tenía a mi lado al único socio que valía la pena conservar.




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