La luz del amanecer se filtraba por los ventanales blindados, tiñendo la habitación de un gris metálico que enfriaba el calor de la noche anterior. Me desperté con el peso del brazo de Dante sobre mi cintura, una ancla sólida en un mundo que se caía a pedazos. Por un segundo, me permití ser solo Elena, la mujer que respiraba al compás de un hombre que había arriesgado todo por ella.
Pero la luz roja de la cámara en la esquina superior de la puerta seguía parpadeando. Un recordatorio silencioso de que en esta casa, hasta el deseo era una entrada en el libro contable de mi padre.
Me levanté con cuidado, tratando de no despertar a Dante, y me envolví en una bata de seda negra. Caminé hacia la terminal de mi escritorio. Necesitaba saber qué había confesado Ivonne antes de que el Consejo la "liquidara".
—No vas a encontrar nada en los registros oficiales, Elena —la voz de Dante, ronca y cargada de sueño, rompió el silencio. Estaba sentado en la cama, con las sábanas cubriendo apenas sus piernas, observándome con una intensidad que me hizo apretar los bordes de mi bata.
—Mi padre no deja cabos sueltos, Dante. Si Ivonne habló, hay una huella digital. Solo tengo que encontrar el servidor donde la escondió.
Dante se levantó, ignorando el dolor de su herida, y caminó hacia mí. Se detuvo a mi espalda, colocando sus manos sobre mis hombros. Su tacto todavía enviaba chispas a través de mi piel, pero su rostro estaba serio.
—Ivonne no trabajaba para Viktor. Ni siquiera trabajaba para tu padre como agente doble —dijo él, bajando la voz—. Trabajaba para Moretti Logistics. Mi propia empresa.
Me quedé helada. Mis dedos se detuvieron sobre el teclado. Me giré lentamente para quedar frente a él, buscando en sus ojos una señal de traición que mi lógica no quería aceptar.
—¿Me estás diciendo que la mujer que intentó matarme estaba en tu nómina? —mi voz sonó como un susurro afilado.
—Estaba en la nómina de mi hermano, Marco —Dante apretó la mandíbula—. El hermano que se supone murió en el incendio de los muelles hace cinco años. El hermano cuya herencia yo absorbí para salvar el negocio.
La auditoría mental que hice en ese momento fue devastadora. Si Marco estaba vivo, Dante no era el dueño legítimo de sus rutas. Y si Ivonne trabajaba para él, la emboscada en la carretera y el ataque al ático no eran para ayudar a Viktor, sino para desestabilizar a Dante y obligarlo a entregar el control de los puertos a un fantasma.
—Si Marco está vivo, mi padre lo sabe —concluí, volviéndome hacia la pantalla—. Él no te eligió como mi socio por tu lealtad, Dante. Te eligió porque eres el cebo perfecto para sacar a tu hermano de las sombras.
—Somos peones, Elena. Los dos —Dante golpeó la mesa con frustración—. Tu padre quiere el control total del corredor norte, y la única forma de obtenerlo es eliminando a la competencia... o haciendo que la competencia se mate entre sí.
En ese momento, la pantalla de mi laptop se iluminó con un mensaje urgente. No era de mi padre. Era un video encriptado enviado desde una dirección fantasma.
Al darle play, la imagen mostró un almacén oscuro. En el centro, atada a una silla, estaba Ivonne. Pero no estaba siendo interrogada por los hombres de mi padre. Un hombre joven, con el rostro desfigurado por cicatrices de quemaduras, sostenía un cuchillo cerca de su cuello.
—Hola, hermanito —dijo el hombre a la cámara. Su voz era una versión distorsionada de la de Dante—. Veo que la contadora te tiene muy entretenido. Pero las cuentas no cuadran. Ivonne me dijo dónde guardas el protocolo de emergencia de los muelles. Si no quieres que la mansión Volkov vuele en pedazos en las próximas tres horas, ven al muelle 9. Solo. Sin la chica.
El video se cortó. El silencio en la habitación se volvió asfixiante.
—Es una trampa —dije, cerrando la laptop de un golpe—. Dante, no puedes ir solo. Es lo que él quiere. Es lo que mi padre quiere.
Dante me tomó de los hombros, su mirada llena de una resolución suicida. —Es mi sangre, Elena. Mis deudas. No dejaré que este imperio caiga por un error que cometí hace cinco años.
—No fue un error, fue un siniestro —respondí, poniéndome de pie y buscando mi arma—. Y como tu socia, no voy a permitir que liquides este activo sin mi firma. Si vamos al muelle 9, iremos bajo mis reglas.
Dante me miró, y por un segundo vi al hombre que se había rendido ante mí la noche anterior. Pero el asesino regresó rápido.
—Prepara los códigos de anulación, jefa —dijo, dándome un beso rápido y amargo—. Porque si Marco tiene los planos, la mansión no es lo único que va a arder hoy.
Salimos de la habitación como dos sombras listas para la ejecución. La auditoría final no era contra Viktor, ni contra mi padre. Era contra el pasado que ambos habíamos intentado quemar, y que ahora regresaba para cobrarnos los intereses con sangre.
Editado: 05.04.2026