Este es el capítulo de la confrontación definitiva. Aquí, la frialdad de Elena como estratega y la fuerza bruta de Dante se fusionan para enfrentar un pasado que se niega a morir. La lluvia de Maracaibo, pesada y eléctrica, sirve como el telón de fondo perfecto para el Muelle 9.
Capítulo 15: Activos en llamas
El Muelle 9 era un esqueleto de hierro y hormigón que se adentraba en el lago como un dedo acusador. La tormenta de Maracaibo castigaba el asfalto, y los relámpagos del Catatumbo iluminaban el horizonte con fogonazos silenciosos que hacían que las sombras de las grúas parecieran monstruos mecánicos.
Dante conducía con una mano en el volante y la otra apretando la culata de su fusil. Yo, en el asiento del copiloto, tenía la laptop abierta, monitoreando la frecuencia de radio de la mansión y el temporizador que Marco nos había enviado.
01:42:15.
—Si mi padre no ha evacuado la mansión, es porque confía en que nosotros detendremos esto —dije, mi voz apenas un susurro por encima del rugido del motor—. O porque prefiere que la casa vuele con nosotros dentro si fallamos.
—Tu padre no confía en nadie, Elena. Solo apuesta al caballo que tiene más probabilidades de ganar —Dante frenó el coche a cien metros del almacén principal. Me miró, y por un segundo, vi al hombre que me había poseído en la oficina, no al guerrero—. Quédate en el coche. Si el contador llega a cero, huye hacia la costa. No mires atrás.
—Soy tu socia, Dante. No tu herencia —respondí, cargando mi Beretta con un movimiento seco—. Y los socios no abandonan el barco cuando el balance da pérdidas.
Bajamos del coche bajo la lluvia torrencial. El agua nos empapó en segundos, pegando la ropa a nuestros cuerpos y haciendo que el agarre de las armas fuera resbaladizo. Entramos en el almacén por el muelle de carga lateral. El olor a ozono y a madera podrida era asfixiante.
En el centro, bajo un círculo de luz mortecina, estaba Ivonne. Su rostro estaba pálido, casi traslúcido, y el vendaje de su hombro estaba empapado de una mezcla de agua y sangre. Pero no estaba sola.
Desde las sombras, un hombre caminó hacia la luz. Tenía la misma estructura ósea que Dante, la misma altura, pero su rostro era una pesadilla de injertos de piel y tejido cicatrizado. Marco Moretti.
—Llegas tarde, hermanito —la voz de Marco era un raspado metálico, como si hablara a través de cristales rotos—. Y veo que traes a la contadora. ¿Es ella la que te ayudó a olvidar que me dejaste arder en aquel muelle?
—Te saqué de ese incendio, Marco. Te puse en un hospital y te di una identidad nueva —Dante dio un paso al frente, bajando ligeramente el arma en un gesto de tregua—. Pero elegiste el camino de la traición. Te aliaste con Viktor.
—Viktor era un idiota con ínfulas —Marco escupió al suelo—. Yo quería lo que es mío por derecho. Los puertos. El nombre. Todo lo que tú me robaste mientras yo aprendía a respirar de nuevo.
—Marco, detén el temporizador —intervine, dando un paso al frente. El frío de la lluvia no era nada comparado con la mirada de ese hombre—. Si la mansión vuela, el Consejo de los Volkov borrará el apellido Moretti de la faz de la tierra. No quedará nada por lo que pelear.
Marco se rió, un sonido seco que terminó en una tos violenta. —El Consejo ya no importa. Mi cliente en el sur ha pagado lo suficiente para que yo pueda reconstruir mi propio imperio lejos de aquí. Solo necesito los códigos que tú tienes, Elena.
En ese momento, vi el detonador en su mano. Era un dispositivo rudimentario pero efectivo, conectado a un receptor satelital.
—Los códigos están encriptados —mentí, ganando tiempo mientras mi mano izquierda buscaba discretamente la tableta en mi bolsillo táctico—. Necesito acceso a la red local para liberarlos.
—Hazlo ahora —ordenó Marco, apuntando a la cabeza de Ivonne con una pistola—. O la primera baja de esta noche será tu pequeña espía.
Miré a Dante. Él asintió casi imperceptiblemente. Empecé a teclear en la tableta, no para liberar los códigos, sino para ejecutar el protocolo de sobrecarga que mi padre me había enseñado. Si lograba freír los servidores del muelle, el receptor satelital de la bomba perdería la señal por unos segundos críticos.
—¡Ya casi está! —grité por encima del trueno.
El aire se cargó de electricidad. Un relámpago impactó en una antena cercana y aproveché el estruendo para activar el virus. Las luces del almacén parpadearon y se apagaron.
—¡Ahora! —rugió Dante.
Se desató el infierno. Dante se lanzó hacia Marco mientras yo me cubría tras una fila de barriles de aceite. El intercambio de disparos fue breve pero brutal. Ivonne logró zafarse y rodar hacia la oscuridad.
Dante y Marco se enredaron en una pelea cuerpo a cuerpo, dos versiones de una misma furia chocando entre los escombros. Marco era errático, movido por el odio; Dante era metódico, impulsado por la necesidad de protegerme.
Logré llegar a la terminal central del almacén. Mis dedos volaban sobre la pantalla empapada. 00:05... 00:04...
—¡Vamos, maldita sea! —grité.
Introduje el código de anulación final: VOLKOV-ZERO.
El temporizador se detuvo en el último segundo. 00:01.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia y el jadeo de los dos hombres peleando en el suelo. Dante finalmente logró desarmar a su hermano, inmovilizándolo contra el cemento frío.
—Se acabó, Marco —dijo Dante, su voz cargada de un cansancio infinito—. La deuda está saldada.
Pero Marco sonrió, con los dientes manchados de rojo. —Crees que ganaste... pero tu suegro es el que tiene la última palabra. Mira hacia arriba, Dante.
Un helicóptero negro, sin insignias, apareció sobre el muelle. No era para rescatarnos. Era la guardia de élite de mi padre.
Ivonne salió de las sombras, sosteniendo un teléfono satelital. Miró a Dante y luego a mí con una expresión de lástima que me revolvió el estómago.
Editado: 05.04.2026