El agua del río Moscova no te mojaba; te mordía. Era un frío que perforaba la piel y buscaba los huesos como agujas de hielo. Al emerger a la superficie, el aire de Moscú me golpeó los pulmones con una violencia que me recordó que seguía viva. Arriba, en el muelle industrial, la explosión todavía iluminaba las estructuras de hierro, pero el helicóptero de mi padre —un halcón negro con el escudo de los Volkov— ya se alejaba, creyéndonos sepultados bajo la corriente helada.
Dante me arrastró hacia una de las escaleras de servicio oxidadas que subían hacia el malecón. Sus dedos estaban azules, y su respiración salía en nubes blancas y espesas.
—No... no te detengas, Elena —balbuceó, su voz temblando por el inicio de una hipotermia—. Si nos quedamos quietos, el frío nos matará antes que los hombres de tu padre.
Caminamos por las calles empedradas del distrito de Basmanny, evitando las cámaras de seguridad del gobierno que mi padre controlaba mediante sobornos y favores. Mis botas de diseño estaban destrozadas y mi abrigo de piel, empapado, pesaba como una armadura de plomo. Pero mi mente, esa calculadora que nunca descansaba, estaba procesando la traición.
—Él no quería a Marco —dije, mi voz sonando como el crujir del hielo—. Quería limpiar el balance. Un Don no puede tener una heredera que cuestiona sus métodos y un socio que tiene más lealtad a ella que a la organización.
Dante me detuvo en un callejón oscuro, ocultos tras una fila de contenedores de basura. Me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre, pero la chispa de protección seguía ahí.
—Elena, escúchame. En Rusia, un Volkov muerto es solo una estadística. Pero un Volkov vivo y traicionado es una maldición —susurró, su aliento cálido rozando mi mejilla—. No podemos ir a ninguna de mis casas de seguridad. Ivonne las habrá marcado todas en el mapa de tu padre.
—Lo sé. Por eso vamos a mi refugio de estudiante —respondí, tiritando—. Un pequeño apartamento cerca de la Universidad Estatal de Moscú. Mi padre cree que lo vendí hace años. Es el único activo que no declaré en mi auditoría personal.
Llegamos al edificio de ladrillo gris, una reliquia de la era soviética que pasaba desapercibida entre los rascacielos modernos. Al entrar y cerrar la puerta con tres cerrojos de acero, el silencio de la habitación se sintió como una tregua bendita. El lugar olía a polvo y a los libros de contabilidad que yo solía estudiar antes de que mi padre me obligara a mancharme las manos con la sangre del imperio.
Dante se desplomó en el suelo, su espalda contra la puerta. Su herida del costado, bañada por el agua sucia del río, tenía un aspecto deplorable.
—Elena... la laptop —dijo, señalando mi bolso táctico que milagrosamente seguía conmigo—. Revisa lo que Marco intentó cargar en la red antes de la explosión. Necesito saber si el daño es reversible.
Me senté en el suelo de madera vieja, encendiendo el equipo. Mis dedos, entumecidos por el frío, volaron sobre el teclado. Entré en los servidores ocultos de los Volkov, navegando por las capas de encriptación que yo misma había ayudado a fortalecer.
—No se llevó dinero, Dante —dije, mi voz volviéndose gélida al ver los archivos—. Se llevó el "Libro Negro". La lista de todos los ministros, jueces y generales del FSB que mi padre tiene en su nómina. Es el inventario de la corrupción de toda Rusia.
Dante soltó una risotada amarga que terminó en un quejido de dolor. —Eso no es un libro, Elena. Es un detonador nuclear. Si esa lista sale a la luz, tu padre no solo pierde el trono; pierde la cabeza en una ejecución pública en la Plaza Roja.
—Y si él cree que nosotros la tenemos... —concluí, cerrando la pantalla.
Me acerqué a él. Dante me observaba con una intensidad que me hizo olvidar el frío. Estábamos en saldo negativo: sin armas, sin ejército y con el hombre más poderoso de la mafia rusa buscándonos para eliminarnos.
—Estamos fuera del sistema, socia —dijo Dante, tomando mi mano con la suya, que seguía temblando—. ¿Cuál es el plan de la contadora para alguien que ya no tiene nada que perder?
Le devolví la mirada, sintiendo cómo una nueva resolución, mucho más letal y oscura, se apoderaba de mi juicio. Ya no era la hija del Don ni la administradora eficiente. Era una mujer que acababa de ver su propio funeral desde el agua fría de un río.
—El plan es simple, Dante —respondí, inclinándome hacia él hasta que nuestros labios casi se tocaron—. Vamos a declarar a los Volkov en quiebra total. Y nosotros seremos los encargados de liquidar cada uno de sus activos. Empezando por la vida de mi padre.
Nos besamos en la penumbra del apartamento, un beso que sabía a sal, a hierro y a una promesa de venganza que incendiaría todo Moscú. La auditoría de sangre acababa de comenzar.
Editado: 05.04.2026