El frío de Moscú no perdonaba la debilidad. A través de los cristales sucios del apartamento en Basmanny, las luces de la ciudad se difuminaban como manchas de tinta sobre nieve. Teníamos un techo temporal, pero no teníamos tiempo.
Dante estaba sentado en el suelo, apoyado contra el borde de la cama, intentando limpiar su herida con una solución antiséptica caducada que encontré en el botiquín del baño. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas tensas.
—Si el "Libro Negro" está en la red oscura —dijo Dante, respirando con dificultad mientras yo le colocaba un vendaje improvisado—, la primera persona a la que tu padre acudirá para rastrearlo no será a los analistas del FSB. Buscará a Pavel.
El nombre flotó en el aire con un peso incómodo. Pavel "El Tuerto" no pertenecía a la mafia ni a la oligarquía. Era un corredor de información que operaba desde los subterráneos del mercado de Izmaylovo; un hombre que vendía secretos al mejor postor y que no tenía lealtad a ninguna bandera.
—Pavel me debe dos favores —continué, cerrando el botiquín—. Pero en nuestro estado actual, un favor no vale nada. Pavel solo entiende el lenguaje de las garantías.
—Entonces le daremos una garantía —respondió Dante, poniéndose de pie con evidente esfuerzo. Se ajustó una chaqueta negra gastada que encontramos en el armario—. No podemos esperar a que las patrullas de tu padre rodeen este bloque. Nos movemos ya.
Salimos al aire gélido de la noche. El trayecto hacia el norte de la ciudad lo hicimos combinando tramos a pie y viajes en líneas secundarias del metro, evitando las estaciones principales donde los controles biométricos podían alertar a la red de los Volkov. Éramos dos fantasmas moviéndose entre millones de habitantes.
El mercado de Izmaylovo de noche parecía un cementerio de madera y neón apagado. Nos adentramos por los pasillos traseros, donde el olor a carne asada y combustible quemado sustituía al aire limpio de la ciudad. Pavel operaba desde el sótano de una antigua tienda de antigüedades soviéticas.
Al bajar las escaleras, el sonido de dos armas al ser amartilladas resonó en la penumbra. Dos hombres corpulentos salieron de entre las sombras, apuntándonos con escopetas de cañón recortado.
—Tranquilos —dijo Dante, levantando las manos despacio, manteniéndome detrás de él—. Venimos a hacer un balance con el viejo.
Una voz carrasposa surgió desde el fondo del pasillo, tras una puerta de hierro reforzado. —Déjalos pasar. Pero si el hombre de la cicatriz mueve un solo dedo fuera de lugar, me dejas su otro ojo como pago.
Entramos en una habitación saturada de pantallas, servidores ruidosos y cajas de puros. Pavel estaba sentado tras un escritorio de roble, observándonos con su único ojo sano a través del humo de un cigarrillo.
—Elena Volkov y Dante Moretti —dijo Pavel, dejando salir una nube de humo gris—. Las noticias vuelan rápido en el río Moscova. Se dice que el Don ofreció una recompensa de diez millones de rublos por sus cabezas. Vivos o muertos... aunque prefiere la segunda opción.
—Mi padre está desesperado, Pavel —dije, dando un paso al frente y apoyando las manos sobre su escritorio con serenidad impostada—. Y tú sabes que cuando un hombre como Viktor Volkov actúa por desesperación, suele liquidar a todos los testigos. Incluidos los que guardan sus servidores.
Pavel entornó el ojo, evaluándome. —¿Qué quieren?
—Equipamiento, identidades limpias y acceso a un nodo satelital no rastreable —intervino Dante, con tono firme—. A cambio, te daremos acceso exclusivo a la primera filtración del Libro Negro antes de que llegue a la red pública.
Pavel soltó una risa seca, que reveló varios dientes de oro. —El Libro Negro... Es un activo peligroso, Moretti. Quien toque esa información se convierte en un objetivo de la inteligencia rusa.
—Pero también en el hombre más rico de Europa si sabe a quién vendérselo a tiempo —repliqué, mirándolo fijamente—. Tienes dos horas para decidir si quieres ser el hombre que ayudó a los nuevos dueños del imperio o la primera víctima de la limpieza de mi padre.
El silencio en la habitación se volvió denso. Pavel miró las pantallas a su alrededor, luego a Dante y finalmente a mí. Sabía que la contabilidad del poder en Moscú estaba cambiando de manos, y que quedarse al margen ya no era una opción.
—Tienen noventa minutos —dijo finalmente Pavel, abriendo un cajón y sacando dos teléfonos satelitales encriptados y una llave metálica—. El equipo está en el almacén cuatro. Pero si la red de Volkov detecta la señal desde mi nodo... los entregaré yo mismo para salvar mi pellejo.
—Trato hecho —dijo Dante, tomando la llave.
Salimos del sótano con nuestros primeros recursos en semanas. Teníamos una ventana de tiempo reducida y las herramientas necesarias para empezar el ataque. La guerra contra el imperio Volkov dejaba de ser una huida para convertirse en una cacería.
Editado: 23.08.2026