El almacén cuatro del mercado de Izmaylovo olía a grasa de motor y a metal frío. La luz de las dos laptops militares que Pavel nos había facilitado era la única fuente de iluminación en medio de la penumbra. El segundero en la pantalla parpadeaba de forma implacable: la ventana de noventa minutos que Pavel nos había concedido se consumía rápido.
—Si atacamos las cuentas del Don directamente, los sistemas de seguridad del FSB en el distrito financiero saltarán en segundos —dijo Dante, recargando uno de los fusiles cortos que encontramos entre el equipamiento. Sus movimientos eran precisos, metódicos, los de un hombre acostumbrado a la guerra.
—No vamos a atacar sus cuentas bancarias principales, Dante —respondí, sin despegar los ojos de la cascada de líneas de código verde que cruzaban la pantalla—. Mi padre no guarda su fortuna real en bancos comerciales. Eso es para la fachada. Su verdadero capital operativo fluye a través de una red de empresas fantasma en la Bolsa de Moscú que mueven cargamentos en el puerto de San Petersburgo.
Dante se acercó por detrás y apoyó una mano en mi hombro. Su calor corporal era un contraste brusco contra el aire gélido de la bodega.
—Dime dónde tenemos que apretar el gatillo, Elena.
—En el balance de Volkov Logistics Central —dije, esbozando una sonrisa fría—. Si congelo sus letras de cambio mediante el uso de los códigos del Libro Negro, los compradores en Turquía y China no recibirán las garantías. El cargamento de armas y gas natural comprimido que sale mañana al amanecer quedará retenido por las autoridades aduaneras.
—Le estás quitando el aire antes de darle el golpe en el pecho —murmuró Dante, acariciando la curva de mi cuello con el pulgar—. Me gusta tu estilo, socia.
—Es contabilidad básica, Dante. Sin liquidez, no hay paga para sus mercenarios. Y un mercenario sin paga es un enemigo en potencia.
Mis dedos volaron sobre el teclado. Utilizando la clave maestra que le había arrebatado a las bases de datos de mi padre antes de nuestra huida, accedí al nodo central. La orden de congelación de fondos tomó apenas tres minutos en procesarse.
En la pantalla, el gráfico de activos de la red Volkov cayó en picada, teñiéndose de un rojo sangriento. Una pérdida neta de más de cuarenta millones de dólares en tiempo real.
De repente, la pantalla parpadeó. Una ventana emergente en rojo fuego bloqueó la terminal. Una señal de rastreo inversa se había activado desde el edificio principal de los Volkov en el centro de Moscú.
—Nos detectaron —dije, sintiendo un escalofrío en la nuca—. La señal no viene del sistema automático. Es una intromisión manual.
Una voz distorsionada por filtros digitales salió por los altavoces de la laptop:
—Sabía que vendrías por las cuentas de San Petersburgo, Elena —la voz de Viktor Volkov, mi padre, resonó en la bodega con una frialdad absoluta—. Siempre fuiste demasiado predecible con tus algoritmos de riesgo.
Dante reaccionó al instante, desenfundando su arma y cubriéndome con su cuerpo mientras examinaba las sombras del almacén.
—Padre —dije, manteniendo el tono firme ante el micrófono—. Tu balance está en números rojos. Los compradores ya cancelaron las entregas. En doce horas no tendrás con qué pagarle a tu guardia personal.
—Cometes un error al pensar que el dinero es mi único activo, hija mía —respondió la voz de Viktor con una leve risa desprovista de emoción—. Mientras tú jugabas con las pantallas en Izmaylovo, mis hombres rodearon el mercado. Pavel ya cobró sus diez millones de rublos por darme su ubicación exacta.
La conexión se cortó de golpe.
En ese mismo instante, el sonido de frenos bruscos y el impacto de puertas metálicas al abrirse afuera del almacén rompieron el silencio de la noche. Luces de bengala tácticas iluminaron los ventanales superiores, inundando el lugar de un humo denso y rojizo.
—¡Pavel nos vendió! —gritó Dante, tomándome de la cintura y arrastrándome detrás de una pila de contenedores de acero justo cuando las primeras ráfagas de disparos atravesaron el techo de lámina.
—¡Nos usó como carnada para cobrar la recompensa! —respondí, tosiendo por el humo mientras sacaba la pistola que me había dado Dante.
—No saldrán vivos de aquí si nos quedamos a pelear su guerra —dijo Dante, mirándome a los ojos con una determinación feroz—. Tengo una granada de fragmentación en el chaleco. Voy a volar la pared trasera que da hacia las vías del tren subterráneo.
—Dante, si la estructura cede, este almacén se nos vendrá encima —advertí, aferrándome a su solapa.
—Prefiero quedar enterrado contigo bajo las ruinas de Moscú que entregarte a tu padre —respondió, besándome con una pasión salvaje antes de quitar el seguro del explosivo.
Dante lanzó la granada contra la base de la pared posterior. El estruendo fue ensordecedor; el suelo tembló y una lluvia de concreto y chispa se desató sobre nosotros. El humo nos rodeó por completo mientras la pared colapsaba, dejando al descubierto el túnel de servicio del ferrocarril.
Tomados de la mano, saltamos hacia la oscuridad del túnel justo cuando los hombres de élite de Viktor irrumpían en el almacén. La guerra ya no era por el control del imperio: era una cacería brutal en las entrañas de la capital rusa.
Editado: 23.08.2026